Historias de Pitbulls


Martes 11 de noviembre de 2025
Sé que, si el destino me pusiera en un lado de la habitación y un jugoso pedazo de pollo asado en el otro, Rocky lo pensaría, me daría una mirada de disculpa y sin duda se iría directo por el pollo.
Es una realidad que acepto sin rencores. ¡Es un perro!
Pero la cosa es esta: su amor no tiene letra pequeña y jamás he tenido que mendigar por él.
Anoche me quedé hasta tarde, estaba lidiando con ese peso invisible de sentirme insuficiente, entonces me levanté por agua a las tres de la mañana y cuando volvi, la escena me desarmó.
Rocky, que supuestamente duerme en su cama, se había movido. Estaba echado, hecho un ovillo perfecto, justo al lado de mi cama
No estaba cerca por el miedo a la soledad, sino por el deber silencioso de custodiar la tristeza.
Al sentir mi movimiento, alzó la cabeza, me miró, movió la cola una vez, y volvió a acostarse.
Fue como decir: «Aquí estoy. Vuelve a dormir. Si hay algo que enfrentar mañana, lo enfrentamos juntos, pero ahora descansa.»
En ese gesto minúsculo entendí que, aunque su afecto tenga un precio (que es el de todos los snacks de mi nevera), su lealtad es gratuita e innegociable.
Él me da el cien por ciento de su corazón cada segundo, sin pedir explicaciones, sin guardarse nada. Con él, sé que soy suficiente.
Y eso, queridos amigos, vale infinitamente más que cualquier pedazo de pollo.
(Aunque por si acaso, mañana le compraré un buen hueso).
