Religión

EL QUE ABUSA DE LA MISERICORDIA DE DIOS MERECE CAER EN LAS MANOS DE SU JUSTICIA

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Martes 21 de julio de 2026

Preparación para la muerte o Consideraciónes sobre las Verdades Eternas – San Alfonso María de Ligorio

Refiérese en la vida del Padre Luis de Lanuza que cierto día dos amigos estaban paseando juntos en Palermo, y uno de ellos, llamado César, que era
comediante, notando que el otro se mostraba pensativo en extremo, le dijo:

«Apostaría a que has ido a confesarte, y por eso estás tan preocupado… yo no quiero acoger tales escrúpulos…

Un día me dijo el Padre Lanuza que Dios me daba doce años de vida y que si en ese plazo no me enmendaba, tendría mala suerte.

Después he viajado por muchas partes del mundo; he padecido varias enfermedades, y en una de ellas estuve a punto de morir…

Pero en este mes, cuando van a terminar los famosos doce años, me hallo mejor que nunca…».

Y luego invitó a su amigo a que fuese, el sábado inmediato, a ver el estreno de una comedia que el mismo César había compuesto…

En aquel sábado, que fue el 24 de noviembre de 1668, cuando César se disponía a salir a escena, dióle de improviso una congestión y murió repentinamente en brazos de una actriz.

Así acabó la comedia.

Pues bien, hermano mío; cuando la tentación del
enemigo te mueva a pecar otra vez, si quieres condenarte puedes libremente cometer el pecado; mas no digas que deseas tu salvación, mientras quieras pecar, date por condenado, e imagina que Dios decreta su sentencia, diciendo:

«¿Qué más puedo hacer por ti, ingrato, de lo que ya hice?» (Is,, 5. 4).

Ya que quieres condenarte, condénate, pues… tuya es la culpa.

Dirás, acaso, que en dónde está ese modo de misericordia de Dios…

¡Ah, desdichado! ¿No te parece misericordia el haberte Dios sufrido tanto tiempo con tantos pecados?

Prosternado ante Él y con el rostro en tierra debieras estar dándole gracias y diciendo:

«Misericordia del Señor es que no hayamos sido
consumidos» (Lm., 3, 22).

Al cometer un solo pecado mortal incurriste en
delito mayor que si hubieras pisoteado al primer soberano del mundo.

Y tantos y tales has cometido que si esas ofensas de Dios las hubieses hecho contra un hermano tuyo, no las hubiera éste sufrido…

Mas Dios no sólo te ha esperado, sino que te ha llamado muchas veces y te ha ofrecido el perdón.

¿Qué más debía hacer? (Is., 5, 4).

Si Dios se a mostrado más clemente contigo?

Así, pues, si de nuevo volvieras a ofenderle, harías que su divina misericordia se trocara en indignación y castigo.

Si aquella higuera hallada sin frutos por su dueño no los hubiera dado tampoco después del año de plazo concedido para cultivarla, ¿quién osaría
esperar que se le diese más tiempo y no fuese cortada?

Escucha, pues, lo que dice San Agustín:

«¡Oh árbol infructuoso!, diferido fue el golpe de la segur.

¡Mas no te creas seguro, porque serás cortado!

Fue aplazada la pena —expresa el Santo—, pero no suprimida.

Si abusas más de la divina misericordia, el castigo te alcanzará: serás cortado.»

¿Esperas, por tanto, a que el mismo Dios te envíe al infierno?

Pues si te envía, ya lo sabes, jamás habrá remedio para ti.

Suele el Señor callar, mas no por siempre.

Cuando llega la hora de la justicia, rompe el silencio. Esto hiciste y callé. Injustamente creíste que sería tal como tú.

Te argüiré y te pondré ante tu propio rostro (Sal. 49, 21).

Te pondrá ante los ojos los actos de divina misericordia, y hará que ellos mismos te juzguen y
condenen.

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