EL AROMA DE LA VIRGEN


Domingo 10 de mayo de 2026
Los pastorcitos de Fatima, luego de haber sido liberados de las manos del alcalde de Ourém, que pretendía asustarlos y hacerlos negar lo que vivían, regresaron a casa entre abrazos y lágrimas, envueltos por la alegría de sus familias.
Sin embargo, en su interior sentían una tristeza profunda: habían perdido la cita con la Virgen del 13 de agosto. El anhelo de volver a verla no les daba descanso.
Pero el cielo no se quedó en silencio. Días después, el 19 de agosto, en un lugar cercano llamado Valinhos, la Virgen volvió a presentarse.
En un árbol similar al de la Cova de Iría. Fue una aparición íntima, sin multitudes.
La Señora les habló con dulzura, pidió que rezaran el Rosario y les recordó el valor del sacrificio por los pecadores, dijo que el milagro prometido para octubre sería menos estrepitoso, a causa de que nos les habían dejado ir a lugar de las apariciones.
Sin embargo les dejó una señal muy especial. A diferencia del público que con frecuencia arrancaba flores y hojas de la encina de la Cova de Iría sin ningún recato, los tres videntes siempre se habían abstenido de hacerlo por respeto y devoción.
Sin embargo, en esta ocasión, tras la aparición del 19 de agosto, no dudaron en tomar la rama exacta donde los pies inmaculados de la Virgen se habían posado, y la llevaron a casa con profundo cuidado.
Al llegar, la tía de Jacinta y Francisco se encontraba en la puerta conversando con algunas personas.
—¡Tía! —gritó Jacinta, agitándola con entusiasmo—. ¡Hemos visto a la Virgen otra vez!
—¡Cuántas historias! —replicó la mujer con dureza—. No hacen otra cosa que decir que ven a la Virgen. ¡Qué mentirosos! ¿No les bastó con la lección que les dio el alcalde?
—¡Pero si la vimos de verdad! —insistió la niña
—. Mire tía, tenía un pie aquí… y el otro aquí… —señaló las ramas, cuyas hojas estaban torcidas en ángulo recto, como si alguien hubiera descansado suavemente sobre ellas por un buen rato.
—¡Embusteros!… ¡Déjenme ver!
Apenas doña María Rosa tomó el ramito en sus manos, todos los presentes percibieron un perfume dulcísimo y celestial que se desprendía de él. Fue tan evidente, tan real, que hasta la tía más incrédula quedó impactada y pensativa.
Desde ese momento, doña María Rosa nunca más molestó a Lucía, y tampoco permitió que otros lo hicieran. Solía decir:
«No sabemos qué tanto de esto es verdad, pero menos aún podemos asegurar que sea falso. En ciertas cosas, es mejor ser prudentes… sobre todo cuando están de por medio los santos y cosas del cielo.»

