El chechén y el chacá


Domingo 26 de abril de 2026
En la selva de la península de Yucatán hay dos árboles que casi siempre aparecen juntos, pero no por casualidad.
Uno quema la piel. El otro la cura.
El chechén, produce una savia altamente irritante. Basta con tocarlo para que la piel reaccione con ampollas, inflamación o ardor. Incluso su humo puede causar daño si se quema. Durante siglos, ha sido un árbol temido.
Pero justo a su lado suele crecer el chacá, reconocible por su corteza rojiza que se desprende como si estuviera “mudando de piel”. Y ahí es donde la historia cambia.
Desde tiempos prehispánicos, los pueblos mayas aprendieron que el chacá podía aliviar las reacciones provocadas por el chechén.
No es una coincidencia romántica, es conocimiento acumulado: la selva no solo hiere, también enseña cómo sanar.
Por eso existe una frase que sigue viva hasta hoy:
“Si el chechén te pica, el chacá te cura”.
También hay una leyenda maya que cuenta que existieron dos hermanos guerreros que murieron en un duelo por el amor de una doncella.
Tizic, de carácter duro, y Kinich, de naturaleza bondadosa, pidieron a los dioses regresar después de su muerte.
Los dioses los transformaron en árboles, y desde entonces crecieron juntos para siempre, simbolizando la dualidad entre el bien y el mal.
Con el tiempo, esta relación dejó de ser solo práctica y se volvió simbólica. Para muchos, representan el equilibrio: daño y remedio, peligro y protección, una misma historia contada en dos árboles.
Y aunque no siempre crecen exactamente uno al lado del otro, la gente aprendió a buscarlos juntos.
Porque en la selva, pocas cosas existen solas.

