Religión

La historia de sor Briege McKenna

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Sábado 29 de agosto de 2026

¡LE DIJERON QUE TERMINARÍA EN SILLA DE RUEDAS… PERO EL 9 DE DICIEMBRE DE 1970 GRITÓ: «¡JESÚS, DE VERDAD ESTÁS AQUÍ!»

Tenía solo 24 años. Era una joven religiosa irlandesa de las Hermanas de Santa Clara. Llevaba años sufriendo una artritis reumatoide severa que deformaba su cuerpo y la hacía vivir con dolores terribles.

A sor Briege McKenna le habían puesto las piernas y los pies enyesados durante largos periodos intentando detener la deformación. Tomaba alrededor de 30 pastillas al día, recibía cortisona y otros tratamientos.

Pero los médicos fueron claros: su enfermedad avanzaba.

La sentencia que recibió era terrible: «Acabarás en una silla de ruedas».

Y ella, en vez de pedir un milagro, aceptó lo que pensaba que sería su destino: «Esta será mi cruz».

Pero Dios estaba preparando algo que cambiaría su vida para siempre.

«JESÚS, POR FAVOR, REVÉLATE A MÍ»

El 9 de diciembre de 1970, sor Briege participó en un retiro espiritual en Orlando, Florida.

En el momento de la oración, cuenta que primero pensó que, si el sacerdote rezaba por ella, quizá recibiría alguna gracia. Pero entonces escuchó interiormente una frase que la sorprendió: «No, Briege, búscame a mí».

Cerró los ojos. Y no pidió riquezas. No pidió una vida fácil. Ni siquiera pidió expresamente la curación.

Simplemente suplicó: «Jesús, por favor, revélate a mí. Quiero conocerte».

Entonces ocurrió algo que jamás olvidaría. Sor Briege sintió una mano sobre su cabeza. Pensó que era el sacerdote. Abrió los ojos…

¡Pero el sacerdote estaba al otro extremo del auditorio!

Y entonces —según su propio testimonio— una fuerza recorrió todo su cuerpo. Miró sus manos. La rigidez había desaparecido. Miró su cuerpo. Las heridas habían desaparecido. Miró sus pies. ¡Ya no estaban deformados!

Y, de repente, aquella religiosa que esperaba terminar en una silla de ruedas… ¡SE PUSO DE PIE DE UN SALTO! Y gritó ante todos: «¡JESÚS! ¡DE VERDAD ESTÁS AQUÍ!»

Aquella fue, según su propio relato, la fecha que dividió su vida en dos.

Ella misma ha contado que, además de experimentar una curación física, ocurrió algo todavía más profundo:

«Mi sanación no fue solo física, sino también espiritual. Por primera vez comprendí que Él era real, estaba vivo y era profundamente personal».

EL MÉDICO SE ECHÓ A LLORAR

Cuando regresó para ser examinada, el médico quedó asombrado.

Sor Briege contó lo sucedido.

Según su testimonio, el médico terminó llorando y le dijo:

«Ojalá pudiera atribuirme el mérito de esta curación, pero, al igual que tú, sé que Jesús puede hacer lo imposible».

La joven religiosa que había llegado a necesitar decenas de medicamentos diarios afirmó que pudo dejarlos.

Pero la historia apenas comenzaba.

«BRIEGE, TE DOY EL DON DE LA SANACIÓN»

Meses después, mientras estaba sola rezando en la capilla, contemplando el sagrario, cuenta que escuchó interiormente una voz:

«Briege, te doy el don de la sanación. Ve y úsalo».

¿Y qué hizo ella?

¡Se asustó!

No quería convertirse en una figura pública. No quería abandonar la tranquilidad del convento. Temía pedir por la curación de alguien… y que nada ocurriera. Así que decidió no contárselo a nadie.

Según relató después, pensó algo así como: «No quiero que me encierren en un hospital psiquiátrico».

Pero poco después ocurrió una anécdota todavía más sorprendente. En una conferencia, un sacerdote anglicano, al que prácticamente no conocía, se acercó a ella y le dijo: «Hermana, debo decirle esto: usted tiene el don de la sanación, y lo sabe. ¿Cuándo piensa usarlo?»

Sor Briege quedó completamente atónita. Comenzó a darle excusas. Entonces aquel sacerdote le respondió: «Jesús nunca obliga a nadie, pero nos da a conocer su voluntad. Usted es libre de decir sí o no».

LA MUJER CIEGA LLAMADA NORA

Una de las historias que más impactó a sor Briege fue la de una mujer llamada Nora.

Nora había sufrido un derrame cerebral y había quedado ciega. Estaba desesperada y, según el relato, incluso enfadada con Dios. Sor Briege tenía miedo de ir.

¡Ella misma confesaba que era muy escéptica ante la posibilidad de que ocurrieran curaciones!

Finalmente fue y oró por aquella mujer.

Durante la oración sintió un hormigueo en las manos, pero no quiso decir nada para no crear falsas expectativas.

Se marchó.

Dos días después recibió una llamada: «Hermana, tiene que volver a ver a Nora».

Temiendo que algo hubiera ocurrido, preguntó:

—¿Qué pasa?

La respuesta la dejó sin palabras: «¡Está curada!»

Nora le contó que, durante la noche, sintió como si «una fina capa» fuera retirada de sus ojos.

Y afirmó que podía volver a ver.

UN NIÑO QUEMADO… Y LA HOSTIA EN EL ALTAR

Otra de las anécdotas más impresionantes que sor Briege ha relatado ocurrió en Juárez, México. Un sacerdote la llevó a celebrar entre personas que vivían en condiciones miserables, rodeadas de basura.

Antes de la Misa, una mujer se acercó con una bolsa. Sor Briege pensó que traía alguna ofrenda.

Pero cuando abrió la bolsa…

había dentro un niño pequeño con graves quemaduras.

La mujer preguntó:

«Padre, ¿podría hacer algo por él?»

El sacerdote y sor Briege oraron.

El niño permaneció cerca del altar durante la Misa, llorando de dolor.

Pero, según el testimonio de sor Briege, en el momento de la consagración ocurrió algo que ella nunca olvidó.

Miró la Hostia y afirmó haber contemplado una visión de Jesús con los brazos extendidos, diciendo:

«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados».

La multitud exclamaba:

«¡VIVA CRISTO REY!»

Al terminar la Misa, sor Briege se dio cuenta de algo:

¡Ya no escuchaba llorar al niño!

Buscó alrededor.

Y la mujer apareció con él.

Según su testimonio, el niño estaba de pie y completamente curado.

Pero para sor Briege, el centro de aquella historia no era ella.

Era Jesús en la Eucaristía.

Y dice que después entendió el sentido de su misión:

«Quiero que recorras el mundo enseñando a mi pueblo, recordándoles que estoy presente en los sagrarios de todas las iglesias del mundo».

SU GRAN MISIÓN: CURAR LAS HERIDAS DEL SACERDOCIO

Desde entonces, sor Briege ha recorrido el mundo durante más de cinco décadas, especialmente acompañando y predicando a sacerdotes, obispos y seminaristas.

Su gran mensaje es profundamente católico y eucarístico.

Ella insiste:

«La persona viva que está en ese sagrario te escucha, te ama y desea que le hables».

Y a los sacerdotes les recuerda que la adoración no es perder el tiempo:

«Es como sentarse al sol. Puede que no sientas nada, pero saldrás transformado».

También suele decir:

«Vivo con el Santísimo Sacramento… Ese es el secreto: aprender a amar su presencia».

Su vida ha estado marcada por retiros para sacerdotes en numerosos países y por un ministerio dedicado especialmente a recordarles la grandeza de su vocación.

Y su mensaje para ellos es contundente:

«No fueron ordenados para el activismo social, sino para la salvación de las almas».

¡REZAR!

Quizá, la vida de sor Briege McKenna pueda resumirse en una sola frase:

«Jesús es real. Él escucha. Él ama. Y espera que le hablemos tal como somos».

Sor Briege McKenna, gracias por recordarnos que Jesús no es un recuerdo del pasado.

¡ESTÁ VIVO!

¡ESTÁ REALMENTE PRESENTE EN LA EUCARISTÍA!

Y SIGUE DICIENDO: «VENGAN A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁN CANSADOS Y AGOBIADOS».

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