Religión

Los lectores en misa


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Sábado 6 de junio de 2026

Hoy vemos a una persona acercarse al ambón, proclamar una lectura y regresar a su lugar.

Es algo tan habitual que pocos se preguntan cuánto valor otorgaba la Iglesia antigua a ese ministerio.

Pero hubo un tiempo en que no cualquiera podía hacerlo.

De hecho, convertirse en lector era considerado una responsabilidad tan seria que requería preparación, formación y una vida coherente con la fe que se proclamaba.

¿Por qué tanta exigencia?

Porque los primeros cristianos comprendían algo que nosotros corremos el riesgo de olvidar.

La Palabra de Dios no es un texto cualquiera. No es una simple lectura pública. No es un discurso humano. Es la voz de Dios que sigue hablando a su pueblo.

Por eso, en la Iglesia primitiva, el lector ocupaba un lugar reconocido dentro de los ministerios eclesiales.

Su tarea no consistía solamente en leer correctamente. Debía conocer las Escrituras. Debía comprender la importancia de su misión. Y, sobre todo, debía esforzarse por vivir aquello que anunciaba.

Los obispos examinaban cuidadosamente a quienes aspiraban a este servicio. La claridad de la lectura era importante. Pero la integridad de vida lo era aún más. Porque resultaba inconcebible proclamar las palabras de Cristo mientras se vivía de espaldas a ellas.

Había una profunda conciencia de que quien subía al ambón no representaba sus propias opiniones. Prestaba su voz a la Palabra eterna de Dios.

Qué diferente sería nuestra actitud si recordáramos esto cada vez que escuchamos las lecturas durante la Misa.

Con frecuencia esperamos con atención la homilía. Esperamos las explicaciones del sacerdote. Esperamos sus reflexiones. Pero olvidamos que Dios ya nos ha hablado antes.

Nos ha hablado en la primera lectura. Nos ha hablado en el salmo. Nos ha hablado en la epístola. Y culmina hablándonos en el Santo Evangelio.

Cada lectura es una invitación divina. Cada versículo es una llamada a la conversión. Cada proclamación es una oportunidad para que el Señor transforme el corazón de quienes escuchan.

La próxima vez que oigas la epístola durante la Misa, recuerda que no estás escuchando simplemente a un lector. Estás escuchando una voz que atraviesa siglos de historia para traerte un mensaje eterno.

Y quizás el verdadero examen no sea el que debía pasar quien subía al ambón. Quizás el verdadero examen sea preguntarnos si estamos dispuestos a vivir aquello que acabamos de escuchar.

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