SABER SUFRIR ES SABER AMAR


Martes 19 de mayo de 2026
Por Monseñor Jaime Mercant Simó
La expresión más alta del amor humano se encuentra en el sacrificio; no hay amor más grande que el amor oblativo, como enseña el Señor y como Él mismo puso en práctica en la cruz.
Dicho sacrificio comporta sufrimiento, y éste es un medio de salvación. De hecho, todo bautizado participa espiritualmente del sacerdocio de Cristo en la medida que ofrece sus propios dolores, asociándolos a los sufrimientos redentores de Cristo en el Calvario.
El seguimiento de Cristo implica necesariamente la negación de uno mismo y el hecho de abrazar la cruz.
Esto conviene recordarlo en unos tiempos en los que el mundo nos ofrece la vana ilusión de poder erradicar para siempre todo género de sufrimiento —e. g. la enfermedad o el peso de los años—, como si su existencia vulnerase la dignidad humana.
No hace falta decir que este modo mundano y hedonista de pensar es radicalmente incompatible con la mística y ascética cristianas; únicamente desde una visión sobrenatural podemos descubrir la grandeza en la humillación del “Ecce homo”, del Crucificado, del Siervo sufriente.
Ahora bien, esto no quiere decir que el cristiano deba tener una actitud insensatamente masoquista y rigorista, considerando el dolor como si fuese una especie de fin en sí mismo.
Tenemos, sin duda, el deber moral de evitar todo aquello que pueda perjudicar nuestra salud y es legítimo buscar los remedios para mitigar nuestras dolencias.
Sin embargo, resulta absurdo, infantil y poco realista el deseo morboso de hacer desaparecer totalmente de nuestra vida cualquier tipo de aflicción.
En realidad, es soportando con paciencia y constancia las pruebas y tribulaciones como el carácter se fortalece y nuestro ser personal se perfecciona con el auxilio de la gracia divina.
Al respecto, el papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe Salvi” (2007), nos da una excelente lección:
«Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (“Spe Salvi”, n. 37).
Dr. Mn. Jaime Mercant Simó

