RUMBO A LOS CIEN AÑOS DEL MARTIRIO DE DON JOSÉ GARCÍA, PROTOMARTIR DE LA PERSECUCIÓN CRISTERA EN MÉXICO


Lunes 18 de mayo de 2026
Don José García Farfán había nacido en el estado de Tlaxcala, en 1860.
Era un hombre de recia complexión, fuerte y activo a pesar de sus sesenta años.
Católico sincero y piadoso, había luchado toda su vida contra su carácter impetuoso e irascible, que en ocasiones lo hacía caer en arrebatos de violencia e ira, de los cuales se arrepentía de inmediato, pidiendo humildemente perdón a quien hubiera ofendido con su difícilmente contenible vehemencia.
Pese a sus exabruptos, vecinos y clientes del barrio lo estimaban mucho. Sabían que, bajo aquel exterior áspero, se ocultaba un corazón de oro; y él mismo era el primero en dolerse de sus arranques.
Movido por su fe, don José llevó a Puebla varios letreros impresos por la Liga de Defensa de la Libertad Religiosa con consignas como: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva la Virgen de Guadalupe!” y “¡Sólo Dios no muere!”. Los colocó en el aparador de revistas de su tienda.
Al decretarse el cierre de los templos, Farfán sacó aún más letreros de “¡Viva Cristo Rey!” y cubrió completamente el aparador de su negocio con ellos.
El 28 de julio de 1926, tras asistir a misa y comulgar, alrededor de las once de la mañana, se detuvo un automóvil frente a su tienda.
En él iban el general Juan Gualberto Amaya, el general Daniel Sánchez, un chofer y otro soldado.
Por orden de Amaya, el asistente ingresó al local y le dijo a Farfán:
— Por orden del general Amaya, que salga usted a verlo.
— ¿Dónde está?
— En su automóvil, ahí en la puerta.
— Pues dígale usted al general, que hay la misma distancia de su coche a mi mostrador, que de mi mostrador a su coche. Y que si quiere hablarme, venga él aquí, donde estoy a sus órdenes.
Furioso ante tal respuesta, Amaya, acompañado de Sánchez, entró en la tienda colmando de improperios a Farfán, quien los esperaba firme y sereno.
— ¡Viejo imbécil, tal por cual! ¡A ver cómo, pero ya!, quita usted todos esos letreros subversivos.
— ¿Que los quite? Estoy en mi casa, y en mi casa no manda nadie sino Dios, y después yo. Ninguno de ustedes, por muy general que sea, me puede obligar a retirarlos. Si tanto empeño tiene, quítelos usted mismo y aténgase a las consecuencias.
Amaya desenfundó su pistola y le disparó a quemarropa, pero ya fuera por error o por la ira que lo embargaba, la bala sólo atravesó el costado del saco del anciano sin herirlo.
Sin siquiera verificar el resultado, el general se volvió, abrió el aparador y comenzó a arrancar furiosamente los letreros.
Farfán sintió que toda su naturaleza se encendía. Jamás había conocido el miedo, y al ver cómo el militar devastaba su propiedad, se llenó de indignación.
Tomó lo que tenía más a mano: un frasco de cristal con chiles en vinagre, y lo lanzó con fuerza contra el atacante.
Sánchez interpuso el brazo para proteger a su compañero, y el frasco estalló en su muñeca, causándole una herida.
Al ver la sangre, don José recuperó la serenidad. Como tantas veces después de un arrebato, se acercó al herido y le dijo:
— Perdóneme usted… ¡Estaba ciego de ira!
Tomó una botella de alcohol de un anaquel y, con gran cuidado, limpió la herida, vendándola con un pañuelo limpio. Sánchez, perplejo, no atinaba a responder.
Mientras tanto, Amaya continuaba destrozando todo lo que quedaba en el aparador.
Sólo un letrero quedó en lo alto, quizá por estar fuera de su vista, que decía claramente: «¡Dios no muere!»
Terminado el acto de vandalismo, Amaya ordenó al soldado que aprehendiera a Farfán y lo llevara al cuartel de San Francisco.
Una multitud se había reunido ya afuera, alertada por los gritos y el disparo. Cuando apareció don Pepito escoltado por los generales, una pobre anciana de la vecindad gritó con angustia:
— ¿Por qué se lo llevan? ¡No sean cobardes! ¡No lo maten! ¡Él no ha hecho nada malo!
Sánchez, encolerizado, cruzó el rostro de la mujer con un latigazo.
La noticia corrió como pólvora por el barrio. Un abogado interpuso de inmediato un amparo. Pero, ¿de qué servían los amparos frente a la furia de los perseguidores?
A la mañana siguiente, 29 de julio, el mismo Amaya formó un cuadro de soldados para ejecutar a Farfán. Ya preparados para el fusilamiento, entre burlas y groserías, le dijo:
— ¡A ver viejo imbécil, muéstrame cómo mueren los católicos!
— Así —respondió el anciano.
Y estrechando contra su pecho el pequeño crucifijo de su Rosario, lanzó con voz firme y estridente su grito final:
— ¡Viva Cristo Rey!
Cayó atravesado por las balas. Fue el primer mártir de la persecución… Y allá, en lo alto del aparador destrozado de su tienda, permanecía el letrero que Amaya había olvidado:
¡Dios no muere!

