LA MONA DIABOLICA


Jueves 30 de abril de 2026
Tomado de Las glorias de María, de San Alfonso María de Ligorio
Cuentan las antiguas crónicas de los Padres Capuchinos que en la ciudad de Venecia vivía un abogado de gran renombre, quien, mediante ardides y bajezas, había logrado amasar una fortuna considerable.
Poco de virtuoso se hallaba en su carácter, a excepción de una devoción inquebrantable: el hábito de rezar diariamente una oración a la Santísima Virgen, gesto que, a la postre, resultaría ser su única ancla frente a la condenación eterna.
Sucedió que este hombre entabló amistad con el ejemplar religioso fray Mateo de Basso, a quien un día convenció para que honrara su mesa con su presencia.
Una vez en la casa, el abogado, henchido de orgullo, comentó al fraile:
«Padre, estáis a punto de presenciar algo extraordinario; poseo una mona tan hábil que causa admiración en toda la ciudad. Me sirve como el más diligente de los criados: abre la puerta, friega en la cocina, dispone la mesa y atiende cualquier menester del hogar».
Ante tal alarde, el capuchino sintió un profundo recelo y advirtió:
«Tened cuidado, no sea que ese animal esconda una naturaleza distinta a la que aparenta. Hacedla venir ahora mismo».
Comenzaron entonces a llamarla con insistencia, buscándola por cada rincón de la mansión, pero la criatura no aparecía por ninguna parte.
Finalmente, la descubrieron agazapada en un cuarto bajo, oculta bajo una cama de donde se resistía ferozmente a salir.
«Vayamos nosotros entonces», sentenció el religioso.
Al encarar al animal, fray Mateo exclamó con autoridad divina: «Sal de ahí, bestia infernal, y te mando, en nombre de Dios, que confieses quién eres».
Ante la fuerza del mandato, la mona habló con voz humana y aterradora, confesando ser en realidad el demonio.
Reveló que permanecía allí agasajando al abogado con la esperanza de que aquel hombre pecador omitiera un solo día su oración a la Virgen; en ese instante de descuido, tenía licencia para ahogarlo y arrastrar su alma a los infiernos.
Al escuchar tan espantosa revelación, el abogado cayó de rodillas, temblando de terror, y se aferró a los pies del siervo de Dios suplicando auxilio.
El padre Mateo, tras confortarlo, ordenó al espíritu maligno abandonar la casa al instante sin dañar a nadie, exigiéndole que, como prueba de su partida, dejase una marca en la estructura del edificio.
Apenas terminó de hablar, un estallido violento sacudió los muros y apareció una grieta profunda en la pared que, por más que se intentó, no pudo ser reparada durante mucho tiempo. En aquel hueco se colocó finalmente la imagen de un ángel.
El abogado, profundamente transformado por el milagro, abrazó una vida de penitencia y rectitud en la que perseveró hasta el fin de sus días.

