Religión

Grandes frases del Cura de Ars

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Viernes 4 de agosto de 2023

El santo cura de Ars vivía su sacerdocio especialmente al celebrar la misa cada día. La Eucaristía era para él el centro y el sentido de su vida. Decía: Todas las obras buenas reunidas no equivalen a una misa, porque ellas son obras de hombres y la misa es obra de Dios

¡Qué felicidad sentía al celebrar la misa! Después de la consagración, se le veía resplandeciente de alegría y, sobre todo, antes de la comunión, cuando él tenía la hostia entre sus manos. Él hacía una pausa para mirar la hostia y lo hacía con una sonrisa tan dulce que se podría decir que veía a Nuestro Señor con sus ojos corporales.

En la misa, Dios obedece al sacerdote. Él dice dos palabras y Nuestro Señor desciende del cielo a su voz y se encierra en una pequeña hostia. Dios dirige sus miradas al altar y dice: “Ahí está mi Hijo amado en quien tengo puestas todas mis complacencias”. Él no puede negar nada por los méritos de esta víctima divina. Si tuviéramos fe, veríamos a Dios oculto en el sacerdote como una luz detrás de un vaso o como el vino mezclado con agua… Si se nos dijera que a tal hora iba a resucitar un muerto, correríamos a ver ese acontecimiento, pero la consagración, que transforma el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, ¿no es un milagro mucho mayor que resucitar un muerto?

Cuando se preparaba para la misa, estaba de rodillas ante el altar con los ojos, fijos ante el sagrario, las manos juntas, y nada era capaz de distraerlo. Cuando celebraba la misa, decía: “Hasta la consagración voy bastante aprisa, pero después de la consagración me olvido de todo al tener en mis manos a Nuestro Señor”.

Y decía: “Si tuviéramos fe viva como los santos, veríamos como ellos a Nuestro Señor en la Eucaristía. Hay sacerdotes que lo ven todos los días en la misa”. Parece que esto lo decía por él. Por eso, un día en que creía estar solo en la casa, dijo en voz alta: Desde el domingo no he visto al buen Dios. Juana María Chanay, que lo oyó, le contestó: ¿Desde el domingo no ha visto a Nuestro Señor? Y él, sorprendido, no respondió nada.

Y recalcaba: Si se supiera lo que es la misa, se moriría. No se comprenderá la felicidad que hay en celebrar la misa sino en el cielo. ¡Oh, mi Dios, qué lamentable es que un sacerdote celebre la misa como una cosa ordinaria!206.

Un buen pastor según el Corazón de Dios es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de su misericordia divina2.

Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola en la sangre de Cristo? El sacerdote. Siempre el sacerdote. Y, si esta alma llegase a morir (a causa del pecado), ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo! ¡Él mismo sólo lo entenderá en el cielo!.

Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos, no de pavor sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor Jesucristo no servirían de nada. El sacerdote continúa la Obra de la Redención sobre la tierra. ¿De qué nos serviría una casa llena de oro, si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo. Él es quien abre la puerta, es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán hasta las bestias.

¡Qué gran poder tienen el sacerdote! La lengua del sacerdote transforma un pedazo de pan en Dios. Eso es más que crear el mundo. Si yo encuentro un sacerdote y un ángel, saludaré primero al sacerdote y después al ángel. El ángel es un amigo de Dios, pero el sacerdote ocupa su lugar. Cuando vean un sacerdote, digan: “Un sacerdote me ha hecho hijo de Dios y me ha abierto el cielo por el bautismo, me ha perdonado mis pecados (por la confesión) y me da el alimento para el alma (en la comunión)” El sacerdote tienen el lugar de Dios. Es un hombre que está revestido de los poderes de Dios.

Para celebrar bien la misa, habría que ser un serafín. Pero nos hace falta reflexión, oración y unión con Dios. ¡Qué desgraciado el sacerdote que no tiene vida interior! Para ello hace falta silencio, tranquilidad, retiro. Es en la soledad donde habla Dios. Yo le he dicho alguna vez a mi obispo: “Si quiere convertir la diócesis, es necesario hacer santos a todos los sacerdotes. Es tremendo ser sacerdote. ¡Qué responsabilidad!”.

Él era obediente al obispo y a las normas de la iglesia. Amaba mucho el rezo del breviario y lo llevaba siempre bajo el brazo. Una vez, el padre Tailhades le preguntó el porqué y respondió: “El breviario es mi fiel compañía.No podría ir a ninguna parte sin él”.

En una oportunidad habló con gran dolor y abundancia de lágrimas de los sacerdotes que no corresponden a su vocación. Decía: Un sacerdote que no celebra la misa en estado de gracia, ¡qué monstruo! ¡No se puede comprender semejante maldad! Él dijo que tenía costumbre de rezar antes de acostarse siete “Gloria al Padre” en reparación de las ofensas hechas al Santísimo sacramento por los sacerdotes indignos. Y estableció una Fundación de misas con esta intención de reparar por los sacerdotes indignos

Cuando predicaba, estaba tan impresionado por la presencia real de Jesús en la Eucaristía que perdía, a veces, hasta la voz. Su dificultad era visible y, aunque hacía esfuerzos para hablar de otra cosa, no podía.

Decía: Si tuviéramos los ojos de los ángeles para ver a Nuestro Señor, que está presente en el sagrario y nos mira, ¡cómo le amaríamos!. Repetía: Él está en el sagrario y nos espera día y noche ¿Y qué hace en el sagrario? Nos espera. ¡Qué desgracia que nosotros no estemos convencidos de su presencia en el sagrario!. Si estuviéramos convencidos de la presencia real de Jesús en el Santísimo sacramento de la Eucaristía y le oráramos con fe, obtendríamos ciertamente la conversión

Cuando predicaba sobre la Eucaristía, solía hacerlo al costado del altar donde estaba el sagrario. No podía terminar las palabras comenzadas por la emoción. Decía: “Felicidad eterna, cielo”… y sus lágrimas suplían su voz. A veces, se interrumpía de golpe y juntaba las manos y volvía la cabeza al sagrario y, después, continuaba como si hubiera contemplado allí lo que iba a decir.

Exclamaba: Sin la Eucaristía, no habría felicidad en el mundo. La vida sería insoportable. Cuando recibimos la comunión, recibimos nuestra alegría y nuestra felicidad.

A mí no me agrada que después de comulgar se pongan a leer. ¡Oh, no! ¿Para qué sirven las palabras de hombres, cuando está Dios que nos habla?… Cuando recibimos la santa comunión, debemos decir, como san Juan: “Es el Señor”. A los que no sienten nada, debemos compadecerlos

Y decía: Si no se puede recibir la comunión sacramental, reciban la comunión espiritual, que podemos hacer a cada momento, pues debemos estar siempre con el deseo ardiente de recibir a nuestro Dios… Cuando no podamos venir a la iglesia, volvamos nuestra mirada hacia el sagrario. Para el buen Dios no hay muros que nos separen.

Si ustedes amaran a Nuestro Señor, tendrían siempre ante los ojos del espíritu el sagrario, que es la casa del buen Dios. Cuando estén de camino y vean un campanario, deben alegrarse al igual que la vista de la casa de la amada hace alegrar al corazón del esposo.

Visiten a Jesús. ¡Qué agradable es que lo visitemos! Un cuarto de hora que dejemos nuestras ocupaciones para venir a rezar, a visitarlo, a consolarlo de tantas ofensas que recibe, ¡qué agradable le resulta! Cuando ve venir con diligencia a las almas puras, él se sonríe… Cuando se despierten en la noche, vayan en espíritu al sagrario y digan: “Aquí estoy Señor, vengo a adorarte, a amarte y hacerte compañía con los ángeles”. Digan alguna oración y, si no pueden orar, digan a su ángel custodio que rece en su lugar. Si tuviéramos los ojos de los ángeles para ver a Nuestro Señor presente en el altar, no querríamos separarnos de él y querríamos estar siempre a sus pies, pero nos falta fe. Somos pobres ciegos, tenemos una niebla delante de los ojos y sólo la fe puede disipar esta niebla. Pídanle que les abra los ojos. Díganle como el ciego de Jericó: “Señor, haz que vea”.

Y, si pasan delante de una iglesia, entren a saludarlo. ¿Podrían pasar delante de la puerta de un amigo sin saludarlo? Eso sería una ingratitud, si es un amigo que nos ha hecho muchos favores.

A veces, exclamaba: ¡Oh, si yo pudiera ver a nuestro divino Salvador conocido y amado! ¡Si pudiera distribuir todos los días su santísimo Cuerpo a un gran número de fieles! Yo sería feliz.

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