Historia

Escape y retorno de la Virgen de Guadalupe a la Basílica

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Jueves 6 de agosto de 2026

El 14 de noviembre de 1921, un soldado llamado Luciano Pérez Carpio entró a la antigua Basílica de Guadalupe portando un ramo de flores.

Lo que nadie sabía era que el arreglo ocultaba dinamita. Aprovechando un descuido del sacristán, dejó las flores en el altar. La explosión fue devastadora: destruyó el altar de mármol, voló los candelabros y la fuerza fue tal que dobló un pesado crucifijo de bronce de 34 kilos.

Sin embargo, ocurrió algo que muchos consideraron inexplicable: la imagen de la Virgen y el vidrio que la protegía quedaron absolutamente intactos.

Cinco años después, la tensión entre la Iglesia y el Estado llegó a un punto de quiebre. Ante el inminente estallido de la Guerra Cristera y la entrada en vigor de la «Ley Calles» (programada para el 31 de julio de 1926), los ataques a los templos se multiplicaron.

El abad de la Basílica, don Feliciano Cortés, sabía que no podían arriesgarse a un segundo atentado.

Se orquestó un plan de máximo sigilo. El abad contrató al maestro pintor Rafael Aguirre para crear una copia al óleo de la Virgen.

La réplica era hermosa, pero tenía un problema: los colores eran más encendidos y el óleo brillaba de una forma muy distinta a la técnica de la Sagrada Tilma original.

La noche del 29 de julio de 1926, a solo dos días del cierre de cultos, se hizo el intercambio en el altar principal.

Para que nadie notara el engaño al ver la nueva pintura, los encargados tuvieron que ahumar el cristal protector utilizando humo de periódico, matando así el brillo delator del óleo.

Con la copia ya en el altar, venía la parte más peligrosa: sacar la imagen original. El ejército ya rondaba y vigilaba la Basílica, por lo que salir por la puerta frontal era arriesgado.

La Sagrada Tilma fue envuelta cuidadosamente en telas de seda y cubierta con una jerga gruesa. Después, fue introducida en el escondite perfecto: el doble fondo de un pequeño ropero de estilo chino, un mueble que parecía haber sido fabricado a la medida exacta para esta misión.

Para evadir a los militares, abrieron un boquete en el muro que colindaba con el convento de las Capuchinas.

A través de ese agujero pasaron el ropero. Por la parte trasera del convento, cargaron el mueble en una vieja carreta o camión de mudanzas desvencijado, camuflándolo entre tiliches, trebejos y objetos viejos del colegio de niños cantores.

Así, envuelta en secreto y rodeada de basura, la imagen pasó frente a la guardia militar sin levantar la más mínima sospecha.

El viejo camión de mudanzas llegó a su destino en el centro de la Ciudad de México: la casa de la familia Murguía.

El abad les impuso una orden de absoluto y estricto silencio. El secreto era tan grande que ni siquiera los hijos de la familia sabían que el tesoro más grande de la fe mexicana estaba escondido en su propia casa.

Durante los tres años que duró el conflicto, la señora de la familia Murguía se convirtió en una guardiana silenciosa.

Cuando alguna persona llegaba con la señora buscando consuelo en tiempos difíciles, ella los invitaba a rezar diciendo: «Pídanle a la Virgen con fe, que ella los está escuchando».

Solo ella sabía lo literal que era esa frase. Durante ese encierro, la familia llegó a documentar varios milagros ocurridos en su hogar.

Finalmente, en 1929, con el fin de la Guerra Cristera, la imagen pudo salir de su escondite. El protocolo fue estricto: antes de sacar la tilma, un notario público certificó que los sellos de seguridad del ropero chino no habían sido violados en ningún momento.

La Virgen de Guadalupe regresó a la Basílica y, como un profundo gesto de agradecimiento por su valentía y devoción, las autoridades eclesiásticas le regalaron a la familia Murguía tanto la copia pintada por Rafael Aguirre como el ropero chino que sirvió de escudo para la imagen original durante sus años de exilio.

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