Religión

El milagro del perro

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Martes 28 de julio de 2026

Solo para un perro, la caridad de San Martín de Porres obtuvo de la Omnipotencia de Dios un verdadero milagro.

Este perro había pertenecido a fray Juan de Picuña, el procurador del convento, durante dieciocho años.

Dieciocho son muchos años para un perro, y no es difícil imaginarse el estado en el que debía estar el animal; además de la vejez, padecía sarna. Por esto, despedía un olor nauseabundo.

Considerándolo todo, el procurador pensó que no se podía pedir por más tiempo a la comunidad que continuara soportando la presencia de aquella pobre bestia, y ordenó a uno de los esclavos que lo matara.

El esclavo fue a buscar al perro y lo encontró durmiendo en el jardín. Cogió una piedra gruesa y la dejó caer sobre la cabeza del animal, el cual murió al instante.

Satisfecho de haberlo matado tan pronto, el esclavo se encaminaba a echarlo al río cuando Martín lo detuvo y lo reprendió muy severamente.

Le quitó de las manos el perro y, cogiéndolo en sus brazos (repugnante como estaba), lo llevó a su celda y lo dejó en el suelo.

Apenas el perro sintió el pavimento de la celda, se irguió y, levantando el hocico hacia Martín, comenzó a mover despacio su pobre cabeza herida.

Martín la cogió en sus manos y al momento se puso a limpiarle el amasijo de tierra y sangre que la cubría.

El santo pidió a fray Laureano, que había asistido a toda la escena, que fuera al refectorio por un poco de vino.

En el tiempo que el hermano Laureano tardó en ir al refectorio y volver, Martín cosió todas las heridas de la cabeza del perro, de modo que, cuando llegó, el vino sirvió para dar el último toque a la obra con una buena desinfección externa de las partes restablecidas.

Como de costumbre, hizo echarse al perro en un cubil preparado en un rincón, y allí se durmió inmediatamente, aturdido por la pedrada.

—¿Cómo está el perro? —preguntó fray Lorenzo a Martín apenas lo encontró por la mañana.
—No sé, aún no le he visto.

Fueron juntos, provistos de una chuletita. El perro dormía profundamente, pero al darle Martín un par de golpecitos en el vientre, suspiró.

—¡Ea! que no te vas a morir por tan poca cosa —dijo Martín.

El perro se estiró un poco sobre las patas y bostezó. Por fin, al percibir el olor de la carne, abrió los ojos y se levantó sobre las cuatro patas, meneando la cola. Cuando Martín le dio la chuleta, la comió con buen apetito.

Tres días después, el perro estaba perfectamente curado, no solo de la herida, sino también de la sarna, y, por consiguiente, podía mostrarse en público sin temor a otras tristes aventuras.

Y, como había estado dieciocho años con fray Juan de Vicuña, volvió a estar con él.

Fray Juan se regocijó al volver a encontrar a su viejo perro curado y rejuvenecido, porque, después de todo, únicamente por consideración a los hermanos se había decidido a que el esclavo lo matara.

San Martín, «con palabras mansas, humildes y llenas de compasión», le dijo a Fray Juan «que no había hecho bien mandando que matasen a un compañero de tantos años».

Del hecho del perro fueron testigos oculares, además de fray Lorenzo, el Padre José de Villarsbia y el Padre Fernando de Aragones, y los tres atestiguaron que el perro, matado por el esclavo, volvió a vivir por Martín.

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