El Titulus Crucis


Sábado 11 de abril de 2026
En la basílica de Santa Croce in Gerusalemme, en Roma, hay un pequeño fragmento de madera detrás de una reja.
En él, con letras descoloridas en tres idiomas —hebreo, griego y latín—, apenas se pueden distinguir las palabras: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.
Según la tradición de la Iglesia, esta es la inscripción del Titulus Crucis, que Poncio Pilato mandó clavar en la cruz de Cristo el Viernes Santo.
El Evangelio de Juan relata que fue escrita en los tres idiomas para que todo aquel que pasara pudiera leerla.
La historia de cómo llegó a Roma comienza con Helena, madre del emperador Constantino.
Cuando su hijo legalizó el cristianismo en el año 313 d. C. y se propuso transformar la relación del imperio con la nueva fe, Helena, que entonces tenía setenta años, peregrinó a Jerusalén.
Allí supervisó las excavaciones que sacaron a la luz la tumba de Cristo, la Vera Cruz, los clavos de la Crucifixión y el propio Titulo.
Envió las reliquias de vuelta a Roma, donde las guardó en su palacio imperial en la colina Celio.
Ese palacio se convirtió con el tiempo en una iglesia: la Basílica de Santa Croce in Gerusalemme, cuyo nombre refleja la tierra del Calvario que, según se dice, Helena esparció bajo su suelo.
El Titulo fue redescubierto en el interior de una pared de la iglesia en 1492, dentro de una caja de plomo. Ha permanecido allí, más o menos, desde entonces.
Independientemente de si se acepta o no la autenticidad de la reliquia, estar bajo ella en los días posteriores a la Pascua, en una iglesia construida por la mujer que cambió el destino de una religión, es una experiencia extraordinaria.

