Religión

DOS SOLDADOS SE NEGARON A MARTIRIZAR A UN SACERDOTE

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Domingo 11 de octubre de 2026

San Tranquilino Ubiarco fue un destacado ejemplo del apostolado católico en México. Nació en Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán, Jalisco) en 1899 y, desde niño, sintió el llamado al sacerdocio.

A pesar de las dificultades económicas y de la persecución religiosa, perseveró en su vocación con el apoyo de su madre y de algunos benefactores.

Fue ordenado sacerdote en 1923 y sirvió en varias parroquias, distinguiéndose por su santidad, firmeza moral y entrega al apostolado social.

El 4 de octubre de 1928, el padre Tranquilino Ubiarco realizó una de sus entradas clandestinas en Tepatitlán.

Una de las principales familias de la población lo había invitado a celebrar la misa de matrimonio de dos jóvenes católicos.

Algunos, al enterarse de que el padre Ubiarco había decidido celebrar aquellas bodas —que no eran un secreto para los habitantes de Tepatitlán—, intentaron disuadirlo, temiendo que sufriera algún atropello por parte de Lacarra, militar callista que por aquellos días andaba de muy mal humor, como solía ocurrir cuando se embriagaba y cometía toda clase de tropelías.

El padre Tranquilino respondió a sus amigos:

—«Pero ¿cómo quieren ustedes que no vaya? Si me tienen que ahorcar… y yo falto, no podrán hacerlo».

Lo dijo en tono de broma, sin imaginar que estaba haciendo una verdadera profecía.

Aquella noche, su hermana Timotea salió a las afueras de la población para acompañarlo hasta la casa donde lo esperaban, dejándolo allí a salvo para la misa del día siguiente.

Pero Dios, que ya deseaba premiar la vida santa y los celosos trabajos de su apóstol con la corona del martirio, permitió que un enemigo socialista del sacerdote reconociera a los dos hermanos.

Sin dudarlo, corrió al cuartel cercano y dio aviso al centinela. Este, que era un hombre de buen corazón, le respondió con indignación:

—«¡A ver cómo dejas en paz al padrecito, sinvergüenza!».

El informante, seguro de que el padre pasaría allí la noche, acudió directamente a la casa de Lacarra, quien, como de costumbre, estaba ebrio, y le comunicó lo sucedido. Incluso se ofreció a guiar a los soldados hasta el lugar.

Lacarra, sin perder tiempo, ordenó a una patrulla que aprehendiera al sacerdote. Algunos soldados entraron por una casa contigua, deshabitada, para subir a la azotea y evitar una posible fuga, mientras otros irrumpieron en la vivienda ya adornada para la boda.

El padre Tranquilino tuvo tiempo de esconderse detrás de un ropero, mientras la dueña de la casa intentaba impedir la entrada de los soldados. Estos la apartaron, pero su primera búsqueda resultó infructuosa.

Cuando ya se retiraban, encontraron un sombrero que llevaba el nombre del padre. Entonces registraron la casa con mayor detenimiento hasta descubrirlo.

Lo sacaron de su escondite y lo abofetearon. La señora intentó defenderlo, pero el padre Ubiarco la apartó suavemente y le dijo:

—«Déjalos, hija; tú no eres para mártir». Y se dejó aprehender mansamente.

Ya en la cárcel, varios presos, despiertos y asustados por el ruido, lo escucharon hablar con fervor. Muchos le pidieron confesarse, y él comenzó a hacerlo en un rincón de la prisión.

Cerca de la una de la madrugada, se presentó Lacarra y lo encontró ejerciendo su ministerio:

—«Cura tal por cual, ¿qué estás haciendo?».

—«Confesando a estos cristianos».

—«¿Me confesarías a mí?».

—«Cuando usted guste… ahora mismo, si quiere».

Lacarra, furioso, consideró aquella respuesta una ofensa, como si se tratara de una burla, y exclamó:

—«¡Pues por eso te voy a ahorcar ahora mismo!».

—«Hágalo usted. No tengo miedo a la muerte, porque sé que muero por Cristo. Eso será para mí un honor y una dicha».

Entonces, el general, bajo los efectos de la embriaguez, ordenó que sacaran al padre Ubiarco y lo ahorcaran en la alameda de Tepatitlán.

Eran las primeras horas del 5 de octubre. Una patrulla conducía al sacerdote por las calles cuando, al pasar frente a la casa donde vivía su hermana Timotea, tosió fuertemente con la esperanza de que ella pudiera oírlo.

Al llegar a la alameda, el jefe ordenó a un soldado que colocara la soga al cuello del sacerdote, pero este se negó, declarando que no mataría a un padrecito.

Otro soldado, inspirado por el gesto de su compañero, exclamó con fuerza:

—«¡Viva Cristo Rey!».

Lacarra, fuera de sí, ordenó fusilar inmediatamente a los dos valientes soldados y mandó a otro que colgara al padre de un árbol.

Y así se hizo.

¡Visión espantosa la de Timotea aquella mañana de octubre! Su hermano, el santo sacerdote, se balanceaba ahorcado en un árbol y, casi a sus pies, yacían los cadáveres ensangrentados de los dos soldados, muertos también por Cristo Rey.

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