El legado de Don Porfirio


Sábado 19 de septiembre de 2026
Cuando pensamos en las obras del Porfiriato, seguramente pensamos en grandes edificios, teatros y monumentos.
Pero hubo una obra que transformó mucho más que el paisaje de las ciudades: el ferrocarril.
Cuando Porfirio Díaz llegó nuevamente a la presidencia en 1884, México tenía alrededor de 5,700 kilómetros de vías férreas.
Para 1910, la red había alcanzado cerca de 19,800 kilómetros. En poco más de dos décadas, México pasó de tener líneas ferroviarias aisladas a contar con una red que comunicaba buena parte del territorio.
El ferrocarril conectó a la Ciudad de México con Ciudad Juárez y Nuevo Laredo, en la frontera norte; con Veracruz y Tampico, en el Golfo; y con Manzanillo y otros puntos del Pacífico.
También hubo conexiones hacia ciudades del interior y uno de los proyectos más ambiciosos buscó unir los dos océanos a través del Istmo de Tehuantepec, comunicando Coatzacoalcos con Salina Cruz.
Y el cambio no fue solamente para quienes podían viajar. El tren permitió transportar mercancías, productos agrícolas, materias primas y minerales a distancias que antes eran mucho más difíciles de recorrer. Las nuevas estaciones y rutas también impulsaron el crecimiento de ciudades y regiones enteras.
Pero esta expansión tuvo también sus contradicciones. Buena parte de la construcción se realizó mediante concesiones a compañías privadas y con una importante participación de capital extranjero. El crecimiento de la infraestructura y de la economía no significó que sus beneficios se distribuyeran de manera uniforme.
Después de la caída de Díaz, el ferrocarril siguió siendo fundamental para México durante buena parte del siglo XX.
Las compañías originales fueron desapareciendo y las líneas se integraron al sistema de Ferrocarriles Nacionales de México.

Con el tiempo, el automóvil, los autobuses y el avión fueron restándole pasajeros al tren.
El gran cambio llegó en los años noventa. A partir de 1997 comenzaron las concesiones de las principales líneas ferroviarias y en 1999 Ferrocarriles Nacionales de México dejó de operar.
Con ello prácticamente desapareció el servicio regular de trenes de pasajeros que durante décadas había conectado numerosas ciudades del país.
Pero aquí viene lo interesante: las vías no desaparecieron.
Muchas de aquellas rutas continuaron formando parte de la red ferroviaria y actualmente son utilizadas principalmente por trenes de carga.
Algunas de las vías que hoy atraviesan México tienen sus antecedentes en los grandes corredores ferroviarios construidos durante el Porfiriato.
Las compañías cambiaron, los trenes cambiaron y también cambió su función, pero una parte de aquellos caminos sigue ahí.
Y algunos de los antiguos trenes y locomotoras tampoco desaparecieron por completo. Piezas del patrimonio ferroviario fueron conservadas en museos, especialmente en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, en Puebla, donde todavía pueden verse locomotoras, coches de pasajeros, vagones de carga y otros equipos que cuentan esa historia.
Por eso, cuando hablamos del ferrocarril del Porfiriato, no estamos hablando solamente de trenes antiguos.
Estamos hablando de una infraestructura que ayudó a cambiar la manera en que México se movía, comerciaba y se comunicaba, y cuyos caminos todavía forman parte del país actual.
Y queda una pregunta que solamente podemos imaginar: ¿cómo sería México hoy si aquella enorme red de trenes de pasajeros hubiera continuado creciendo y modernizándose en lugar de desaparecer prácticamente en 1999?
