Un corazón caído del cielo


Domingo 13 de septiembre de 2026
A las tres de la madrugada del 14 de febrero de 1986, el capitán Steven Bruger despegó de Oklahoma con un corazón humano sobre las piernas.
A su lado, el capitán David Lefforge aceleraba un bombardero FB-111A hasta casi 1.100 kilómetros por hora.
En Connecticut, Richard Reinhardt se estaba quedando sin tiempo. Reinhardt tenía 46 años y llevaba semanas hospitalizado esperando un trasplante.
Cuando apareció un corazón compatible, surgió un problema: el donante estaba en Oklahoma City, a unos 2.275 kilómetros del Hospital Hartford.
Los médicos querían implantar el órgano antes de que transcurrieran cuatro horas desde su extracción. Ningún avión comercial o sanitario disponible podía cubrir la distancia con suficiente rapidez.
Entonces llamaron a la Fuerza Aérea. La 509.ª Ala de Bombardeo tenía un avión FB-111A realizando una misión de entrenamiento.
Uno de ellos fue enviado hacia la base aérea de Tinker, acompañado por un KC-135 de reabastecimiento. Otro FB-111A quedó como respaldo.
El avión que normalmente había sido concebido para penetrar rápidamente en territorio enemigo recibió una carga completamente distinta.
Cuando el corazón llegó a Tinker, apareció otro problema: el recipiente necesitaba permanecer en la zona presurizada y apenas había espacio dentro de aquella estrecha cabina para dos tripulantes.
La solución fue colocar el contenedor directamente sobre el regazo de Bruger. Así permaneció durante prácticamente todo el vuelo.
Lefforge llevó el FB-111A hacia Connecticut a una velocidad cercana a las 700 millas por hora. El avión incluso recibió combustible en vuelo mientras atravesaba Estados Unidos.
Poco después de las cinco de la mañana aterrizó en Bradley. Un helicóptero esperaba en tierra. El corazón fue trasladado inmediatamente al Hospital Hartford.
Cuando los cirujanos terminaron de implantarlo y miraron el tiempo transcurrido desde que había sido extraído del donante, habían pasado: 3 horas y 59 minutos.
Cinco semanas después, Reinhardt pudo encontrarse en el hospital con Lefforge y Bruger. Les estrechó la mano. Al día siguiente regresó a casa.
El corazón que había cruzado Estados Unidos sobre las piernas de un navegante continuó latiendo dentro de Richard Reinhardt durante otros 23 años.
Murió en 2009, a los 69 años, dejando esposa, dos hijos y cuatro nietos.
Durante aquella madrugada de San Valentín, un bombardero construido para llevar armas se convirtió durante unas horas en el vehículo que transportaba exactamente lo contrario: la posibilidad de mantener vivo a un hombre.

