La paradoja de Skorzeny


Domingo 23 de agosto de 2026
Cuando se tomó esta fotografía en 1960, Otto Skorzeny todavía no trabajaba para Israel.
Pocos años después ocurriría algo mucho más difícil de imaginar: el antiguo oficial de las SS terminaría colaborando con el Mossad.
Skorzeny había alcanzado notoriedad durante la Segunda Guerra Mundial. Con el rango de SS-Obersturmbannführer, participó en operaciones especiales alemanas y su nombre quedó especialmente asociado al rescate de Benito Mussolini en el Gran Sasso en septiembre de 1943.
Después de la guerra fue juzgado por un tribunal militar estadounidense por acciones relacionadas con la Operación Greif, en la que soldados alemanes utilizaron uniformes aliados durante la ofensiva de las Ardenas.
Fue absuelto de aquellos cargos en 1947, aunque continuó detenido mientras se desarrollaban otros procedimientos. En 1948 escapó.
Terminó instalándose en la España de Franco, donde desarrolló negocios, cultivó contactos internacionales y mantuvo relaciones con antiguos militares alemanes. En 1959 compró además Martinstown House, una finca cerca de The Curragh, en Irlanda.
Era precisamente esa red de contactos la que acabaría interesando a un enemigo inesperado.
A comienzos de los años sesenta, Israel estaba preocupado por un programa egipcio de desarrollo de misiles en el que trabajaban científicos y técnicos alemanes.
El Mossad necesitaba saber quiénes eran, qué estaban construyendo y hasta dónde había avanzado el proyecto. Skorzeny conocía a personas dentro de aquel mundo.
Según investigaciones basadas en archivos israelíes desclasificados, agentes del Mossad se pusieron en contacto con él en Madrid en 1963. Uno de los hombres que participó en la operación fue Avraham Ahituv.
La paradoja era difícil de ignorar. Una agencia creada para defender al Estado judío estaba reclutando a un antiguo alto oficial de una organización central del régimen nazi.
Skorzeny aceptó colaborar. Utilizó su prestigio entre antiguos camaradas para facilitar contactos y ayudar a obtener información sobre los alemanes que trabajaban para Egipto.
Los datos permitieron al Mossad conocer nombres, relaciones y detalles internos del programa de armamento.
Durante años circularon versiones todavía más espectaculares, incluida la afirmación de que Skorzeny asesinó personalmente al ingeniero alemán Heinz Krug por orden israelí.
Investigaciones posteriores han puesto en duda esa parte y atribuyen la muerte de Krug directamente a un equipo del Mossad.
La colaboración de Skorzeny, en cambio, está mucho mejor respaldada. Por eso esta fotografía resulta extraña incluso sin exagerar su contexto.
En 1960 muestra a un antiguo comandante de las SS apuntando una pistola hacia la cámara.
Apenas unos años después, algunos de los secretos que consiguió mediante sus viejas conexiones alemanas terminarían sobre los escritorios del servicio de inteligencia israelí.


