LA PENITENCIA


Miércoles 5 de agosto de 2026
Entró a cierto convento un hombre muy rico, honrado y criado entre regalos; y luego que el demonio vio la mudanza de su vida, le acometió representándole la aspereza de la Orden y le tentaba fuertemente para que la abandonase y volviese al siglo.
Tan violenta fue la tentación que el fraile determinó salirse de la Orden; y estando en esta resolución, pasó delante de un crucifijo y se encomendó a su misericordia.
Aparecióle en esto nuestro Señor y le preguntó:
— ¿Por qué te vas hijo?
— Señor, respondió, yo me crié en el mundo entre muchos regalos y delicadezas, y por culpa de ello, no puedo sufrir la aspereza de esta Religión, especialmente en el comer y vestir.
EI Señor, levantando el brazo derecho, mostróle la llaga de su costado manando sangre y díjole:
— Extiende el brazo, y pon aquí tu mano, y úntala con la sangre de mi costado, y cuando te viniere a la memoria algún rigor o aspereza, mójala con esta sangre, y todo, por dificultoso que sea, se te hará fácil y suave.
Y haciendo el novicio lo que el Señor le mandó, a cualquier tentación que le venía, traía a su memoria la pasión de Cristo, y luego se le convertía todo en gran suavidad y dulzura.
¿Qué cosa puede parecer áspera a un hombrecillo y vil gusano, mirando a Dios coronado de espinas y enclavado en una cruz por su amor?
¿Qué no sufrirá y padecerá por sus pecados el que ve padecer tanto por los ajenos al Señor de la majestad?
— San Pedro de Alcántara, uno de los santos más penitentes, se apareció después de muerto a Santa Teresa de Jesús y le dijo: ¡Oh dichosa penitencia, que tanta gloria me ha valido!
Los que no quieren hacer penitencia en este mundo, tendrán que hacerla, de mal grado y a su pesar, en el otro mundo, por toda la eternidad.
Como dice el Evangelio: “Si no hiciéreis penitencia, todos pereceréis” Luc. Xlll, 5).

