Historia

Renato Leduc, un cirenaico del Siglo XX

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Lunes 3 de agosto de 2026

Hablar de Renato Leduc es evocar a un personaje irrepetible —»cabrón», como bien lo define Pepe Alcaraz—, un poeta inmenso, un periodista implacable y un hombre libre que supo vivir a su manera.

Nació un 16 de noviembre de 1895, precisamente ahí, en el corazón de Tlalpan, en la emblemática cantina La Jalisciense.

Llevaba en la sangre una mezcla fascinante: era nieto de un militar francés que llegó con las tropas de la Segunda Intervención e hijo del periodista Alberto Leduc.

Renato fue un hombre de grandes pasiones. Se casó tres veces —la última con Amalia Romero, madre de su hija Patricia, lo que lo convirtió en abuelo de Renata—, e incluso se dio el lujo, según se dice, de desdeñar como novia a la mismísima María Félix.

De ella fue un entrañable amigo y padrino en dos de sus bodas; sin embargo, cuando ocurrió la petición amorosa, quizá a manera de broma, él le contestó fiel a su estilo: «No, María, yo no seré tu padrote».

Leduc vivió en carne propia los grandes sismos del siglo veinte. Con el telégrafo en mano, se unió a la Revolución Mexicana para trabajar bajo las órdenes del Centauro del Norte, el general Pancho Villa.

Fue ahí, entre el polvo y el fragor de la guerra, donde cruzó caminos con el mítico John Reed, el gringo autor de México Insurgente.

Ese mismo oficio le permitió costearse la carrera en la antigua Escuela de Jurisprudencia.

En esas aulas convivió con futuros presidentes, como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, y forjó una amistad inquebrantable con Alejandro Gómez Arias.

Este último fue una figura histórica que lideró la autonomía de la UNAM en 1929 y el primer amor de juventud de Frida Kahlo; a él le dedicaría el poema «Oda a la ciudad», publicado en su libro El aula, etc. (1929).

Pero caminar junto a estos gigantes jamás lo mareó. A Renato el poder le tenía sin cuidado; lo suyo era, simple y sencillamente, vivir a su manera.

Cuando Monsiváis intentaba coronarlo como «el último bohemio» de México, Renato lo atajaba de inmediato: «No la chingues, Carlos… no soy Bohemia, soy de barril».

Y fue justamente esa autenticidad y su afición a los toros lo que llevó a un amigo suyo —un alto funcionario de Hacienda asiduo a la plaza— a mandarlo becado a París por seis meses… ¡y Leduc, con su sabia virtud, alargó el viaje a ocho años!

En París perfeccionó su pluma y se rodeó de genios de la talla de Picasso, Dalí y Bretón. En ese círculo conoció a Leonora Carrington, con quien pactó un matrimonio para salvarle la vida y sacarla de Europa.

Forjaron un vínculo tan inquebrantable que, décadas después, la pintora confesaría: «No tuve ningún amor más que él».

Las cinco reglas de oro del periodista

De regreso a México, intentó ser burócrata en Gobernación y hasta candidato testimonial al Senado por el Frente Electoral del Pueblo.

Sin embargo, su verdadera vocación —y la que realmente le dio de comer— fue el periodismo.

Trabajó en casi todos los medios de la época: desde su icónica columna Banqueta en Excélsior, hasta sus célebres crónicas taurinas en El Sol de México.

Como maestro de nuevas generaciones, Leduc dictó cinco reglas de oro inquebrantables para ejercer este oficio:

i) No ser pendejo

II) darse cuenta de las cosas;

iii) analizar de dónde vienen los sucesos y su peso real;

IV) escribir con total objetividad y sinceridad, y

V) llamar a las cosas por su nombre: si un tipo es un auténtico hijo de la chingada, hay que decirlo como tal.

El legado del Gran Jefe Pluma Blanca

Premio Nacional de Periodismo en 1977, Leduc fue un faro para jóvenes periodistas de izquierda como Jorge Meléndez, Humberto Musacchio, José Reveles, Rogelio Hernández, Miguel Ángel Granados Chapa y Antonio Tenorio Adame.

Su liderazgo gremial fue indiscutible: junto a ellos fundó la Unión de Periodistas Democráticos (UPD) y se convirtió orgullosamente en su primer presidente entre 1975 y 1977.

Leduc ¿mal hablado?

(Alusión obligada a su obra de juventud, aquel Prometeo sifilítico escrito en su juventud -años 30-, , donde el titán desafía la solemnidad del Olimpo y responde con la más pura irreverencia mexicana al mensajero Hermes, cerrando el texto con una frase lapidaria: «¡Mensajero fatal, chinga a tu madre!»).

Si bien su lenguaje cotidiano era deliciosamente procaz, su escritura resultaba de una pulcritud impecable.

Elena Poniatowska recuerda que su amigo Renato integraba la malicia y la grosería como algo natural, rompiendo sin pudor con las reglas de «la gente decente» y la buena educación.

Leduc soltaba albures y majaderías con la cadencia de quien recita un poema, rematando a menudo sus frases con una sonora mentada de madre.

En el fondo, el poeta buscaba reivindicar la vitalidad del lenguaje popular. Como bien señala el poeta chiapaneco Roberto López Moreno, Leduc supo quitarle el almidón a la poesía.

Estaba convencido de que la riqueza y el constante movimiento del habla de la calle le quitaban la rigidez a la literatura.

«Los idiomas solo se renuevan si están moviéndose constantemente», argumentaba, advirtiendo que cuando se escribe con un lenguaje fino, rígido y encorsetado, «nadie lo lee».

Por su parte, Carlos Monsiváis entendió que el uso frontal de estas «malas palabras» tenía en el tlalpense un propósito mucho más profundo y letal: servían para «crear los anticuerpos para devastar su odio predilecto: la cursilería».

Y aunque Octavio Paz quiso definirlo como el «poeta del arrabal», Renato fue, en esencia, un sabio cirenaico del siglo XX; un hombre libre que supo ser exactamente quien quiso ser.

Renato Leduc escribió uno de los poemas más sabios y dolorosamente verdaderos de la lengua española.

Un poema sobre el tiempo… pero no ese tiempo del reloj, sino el tiempo emocional: el que te cura, te rompe, te aleja, te despierta.

Él lo llamó “El tiempo” y dejó una lección que todos aprendemos tarde:

Hay amores que llegan a destiempo. Hay dolores que solo el tiempo acomoda y hay errores que solo el tiempo te enseña a no repetir.

Leduc confesó que amó fuera de tiempo, que se aferró cuando debía soltar y que se quedó cuando la vida ya le pedía irse.

Que ese amor “a destiempo” lo martirizó tanto, que jamás sintió el paso del tiempo tan cruelmente como entonces.

Porque eso hace el amor cuando llega mal: Te encierra. Te confunde. Te roba meses, años, vida y ni cuenta te das.

“Ignoraba yo aún que el tiempo es oro – cuánto tiempo perdí, ay, cuánto tiempo”, escribió.

Y es hasta después, cuando ya no tienes tiempo para amar igual, cuando el cuerpo ya no late como antes, cuando la juventud se va sin avisar, que entiendes lo que quiso decir:

La dicha inicua de perder el tiempo.
Eso que uno añora, aun sabiendo que dolió.

Porque así es el tiempo: se desperdicia cuando se tiene, se valora cuando se va y se llora cuando no vuelve.

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