Viviré más que todos ustedes…

Domingo 19 de julio de 2026

William Isaac Purvis les dijo a los hombres que lo habían condenado a muerte que viviría más que todos ellos.
Primero falló la horca. Décadas después, aquella frase terminó pareciendo una profecía.
El caso comenzó en 1893, en Misisipi, con el asesinato de Will Buckley.
Tanto Buckley como Purvis estaban relacionados con los White Caps, una organización supremacista blanca semejante al Ku Klux Klan.
Buckley había amenazado con revelar ante un gran jurado la agresión sufrida por un trabajador negro a manos de miembros del grupo y poco después, fue emboscado y asesinado.
Purvis no era una figura moralmente intachable: había formado parte de aquella organización violenta. Pero pertenecer al grupo no demostraba que hubiera participado en el asesinato.
Varios testigos afirmaron que estaba en otro lugar cuando ocurrió el crimen, mientras la acusación dependía principalmente de Jim Buckley, hermano de la víctima, quien aseguró haberlo reconocido entre los atacantes.
El jurado lo declaró culpable y, según los relatos conservados, Purvis respondió: “Viviré más que todos ustedes”.
El 7 de febrero de 1894 fue conducido al patíbulo ante una multitud. La trampa se abrió, pero el nudo se deslizó y Purvis cayó hasta el suelo sin morir.
El sheriff intentó preparar una segunda ejecución, pero parte del público protestó y Purvis fue llevado nuevamente a la cárcel.
La justicia volvió a condenarlo a muerte en 1895. Poco después escapó con ayuda de simpatizantes, permaneció oculto durante varios meses y finalmente se entregó cuando un nuevo gobernador asumió el cargo y conmutó su pena por cadena perpetua.
La primera gran grieta en el caso apareció cuando Jim Buckley reconoció que podía haberse equivocado al identificarlo.
Como su testimonio había sido decisivo, el gobernador Anselm McLaurin concedió a Purvis un indulto completo el 19 de diciembre de 1898.
Salió de prisión después de aproximadamente cinco años, pero todavía no podía demostrar quién había cometido el crimen.
La respuesta llegó en 1917. Joe Beard confesó en su lecho de muerte que había participado en la emboscada y señaló a Louis Thornhill, ya fallecido, como el hombre que disparó contra Buckley.
La confesión confirmó que Purvis no había intervenido en el asesinato y la legislatura de Misisipi terminó concediéndole 5.000 dólares como compensación por su condena y encarcelamiento injustos.
Purvis rehízo su vida, formó una familia y trabajó como agricultor. Murió el 13 de octubre de 1938, a los 66 años. Según la tradición conservada alrededor del caso, el último miembro del jurado que lo había condenado falleció apenas tres días antes.
La cuerda no demostró que William Purvis fuera inocente. Lo demostraron el derrumbe del testimonio que lo condenó y la confesión de quienes conocían la verdad.
Pero aquella ejecución fallida dejó una imagen difícil de olvidar: un hombre cayó desde la horca, se levantó y vivió lo suficiente para ver cómo la sentencia que casi lo mató terminaba desmoronándose.

