Religión

EL ERROR RADICAL DEL CONCILIO VATICANO II

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Viernes 10 de julio de 2026

Por Monseñor Alfredo Ottaviani

Si me preguntan cuál es la “esencia” de los errores y ambigüedades del Concilio Vaticano II, responderé lo siguiente: aunque se mantuvo el objeto material de la fe, se cambió su objeto formal; éste ya no fue Dios, sino el mundo.

Según la sana doctrina, el objeto material primario de la fe es Dios; y secundariamente, su obra, es decir, toda la realidad creada.

No hay problema, pues, para que el Magisterio o la teología se ocupen de las realidades temporales, porque éstas forman parte del contenido material de la fe, aunque de modo secundario.

Si no fuese así, no podría elaborarse una teología moral, por ejemplo, sobre los actos humanos, encuadrados en diversas circunstancias humanas y sociales contingentes.

Sin embargo, lo más importante de la fe es su objeto formal, o sea, la perspectiva a través de la cual debe abordarse el objeto material.

Así pues, Dios (objeto material) puede contemplarse en sí mismo por lo que Él ha revelado de sí mismo (objeto formal).

En un segundo momento, también pueden tratarse las realidades mundanas (objeto material) “sub ratione Dei”, o sea, bajo la razón de Dios (objeto formal).

Sin embargo, el Concilio Vaticano II cambió sutilmente el objeto formal de la fe.

Digo que este cambio fue “sutil”, porque lo grosero y ostentoso hubiera sido el reemplazo del objeto material primario (Dios) por el objeto material secundario (el mundo).

En efecto, el Vaticano II no hizo esto; habló de Dios y de la realidad mundana, pero lo hizo bajo una perspectiva diferente: ya no trató del objeto material bajo la razón de Dios, sino “sub ratione hominis”, bajo la razón del hombre, considerado éste en su finitud, historicidad y mundanidad.

Dicho de otro modo, la Iglesia, mediante este Concilio, habló al mundo como si fuese éste el que hablase a la Iglesia.

En definitiva, éste fue el principio antropocentrista fundamental que terminó contaminando la teología posconciliar, especialmente con el giro antropológico de Karl Rahner, famoso e influyente perito teólogo del Concilio, por cierto.

Si se hubieran respetado los excelentes esquemas preparatorios que había elaborado el Santo Oficio, no se hubiera caído en el error fundamental del antropocentrismo doctrinal, cierto, pero sobre todo el Concilio habría sido teocéntrico y sin errores si hubiera sido de naturaleza dogmática; en este caso, habría gozado del carisma de la infalibilidad, como reclamaban los padres conciliares del Coetus Internationalis Patrum.

No obstante, por su carácter meramente pastoral, sus puntos heterodoxos y su lenguaje anfibológico, nos vimos privados de un concilio que hubiera dado gloria a Dios y podido superar al Concilio de Trento.

Por el contrario, con el Vaticano II se abrió la caja de Pandora y todavía hoy se oyen los ecos de esa “revolución conciliar”.

Por lo tanto, no nos engañemos: todos los errores antropocentristas y mundanos del sinodalismo actual no suponen una “corrupción” del Concilio Vaticano II, sino su evolución homogénea y natural despliegue.

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