Historia

Leonardo Márquez, El Tigre de Tacubaya

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Martes 7 de julio de 2026

Por Eduardo Soriano Duverney

Casi puedo escucharlo cabalgar y gritar: «¡Religión y fueros!», «¡Mueran los yanquis!» o «¡Viva el Emperador!», con toda la fuerza de su estrecha caja torácica, con las mandíbulas tan abiertas como se lo permitía la espantosa cicatriz de su mejilla derecha.

Esa profunda marca, recuerdo de un balazo recibido en Morelia, era el reflejo perfecto de un soldado forjado enteramente por la pólvora y el odio.

«Allí donde hay desolación y lágrimas, donde la barbarie se ha cebado en alguna víctima, por allí, sin duda, ha pasado el general Márquez», escribió sobre él su antiguo jefe, el general Félix Zuloaga.

Es difícil contar la vida de un personaje por quien no se siente ninguna simpatía. Su trayectoria no pertenece a una historia de bronce, ni requiere de una satanización o una apología, sino de un análisis de la vida, tanto interior como exterior, del también llamado —por su afinidad con la sangre y la ejecución— «Leopardo» o «Tigre de Tacubaya».

Se ganó este último alias (así como el de «El Carnicero») tras la Batalla de Tacubaya del 11 de abril de 1859.

Tras vencer a las fuerzas liberales de Santos Degollado, Márquez ordenó fusilar no solo a los oficiales enemigos caídos, sino también a civiles, médicos ambulantes y enfermeros que atendían a los heridos.

En virtud de estos hechos sangrientos que lo dieron a conocer, el propósito es entender la complejidad de un hombre que combinaba una disciplina militar impecable con una brutalidad fanática, yendo más allá del simple «traidor» de la historia oficial liberal.

Leonardo Teófilo Guadalupe Ignacio del Corazón de Jesús nació el 8 de enero de 1820. Quien fuera el único general conservador que escapó tanto de la causa liberal como de Porfirio Díaz —su enemigo acérrimo—, se hizo llamar a sí mismo un «soldado del clero».

Combatiente muy joven en las campañas de Texas y Tamaulipas, se ganaría sus grados militares arremetiendo con bizarría ante el ejército invasor norteamericano.

Acérrimo enemigo de la causa liberal y personalmente responsable de las ejecuciones de Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle durante la Guerra de Reforma, se unió al intento de restablecer una monarquía y ofreció sus servicios al emperador Maximiliano I.

Sin embargo, después del fusilamiento de sus correligionarios Miguel Miramón, Tomás Mejía y el mismo Maximiliano en 1867, y a pesar de ser el enemigo público número uno del liberalismo triunfante, logró esconderse y luego huir al exilio en La Habana.

Pasaría 27 años en el destierro hasta que un Porfirio Díaz conciliador aceptó su indulto; sin embargo, al estallar la revolución en 1910 y salir Díaz exiliado, Leonardo cargaba sobre sus hombros el pesado lastre del desprecio.

No estaba dispuesto a ver a su patria sucumbir ante las guerras fratricidas, ni quería ver a su país hecho pedazos una vez más ni ponerse en riesgo; por ello, con más de 90 años encima, incontables muertos a cuestas y mucha más discreción que el propio ex presidente, «El Tigre» decidió exiliarse por voluntad propia, embarcando de nuevo hacia La Habana sin comité de despedida, guardia de honor, tricornio, discursos ni pañuelos blancos agitándose al viento.

Leonardo Márquez murió en La Habana el 5 de julio de 1913. ¡A los 93 años! Probablemente en su cama, durmiendo el sueño de los que se van sin arrepentirse de nada.

Fue uno de los personajes clave de la historia del México del siglo XIX. Como militar y católico fervoroso, el «Tigre» participó en varios de los momentos históricos del México decimonónico: desde la Guerra de Intervención estadounidense —entre 1846 and 1848—, hasta como partidario de Antonio López de Santa Anna, Miguel Miramón y Félix María Zuloaga durante los turbulentos años de guerras internas entre 1849 y 1861.

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