El declive de Rod Stewart


Jueves 25 de junio de 2026
Hay algo profundamente extraño en ver a Rod Stewart sentado en un escenario.
No porque tenga 81 años. Tampoco porque haya necesitado oxígeno en pleno concierto en Utah hace unos días.
Extraño porque durante más de medio siglo nos acostumbró a verlo correr, bailar, girar el micrófono, mover esa melena imposible y cantar como si el tiempo fuera un problema de alguien más.
Y de pronto ahí está. Sentado. Pidiendo unos minutos para recuperar el aire.
Y lo digo además desde un lugar muy personal: Rod Stewart es uno de mis cantantes favoritos de toda la vida.
Su voz ha estado conmigo durante décadas. Desde las noches de “The Killing of Georgie”, la elegancia de “Sailing”, la melancolía de “I Was Only Joking” o la energía de los discos con Faces, pocas voces han envejecido conmigo de esa manera.
Muchos artistas desaparecen antes de que el tiempo los alcance. Otros deciden retirarse para conservar intacta la imagen que construyeron.
Rod eligió algo mucho más difícil. Seguir saliendo al escenario.
Seguir cantando aunque el cuerpo ya no responda igual que en los setenta. Seguir recorriendo ciudades aunque hace apenas unas semanas tuvo problemas respiratorios. Seguir mirando a la gente a los ojos y decir: “Denme un momento”.
Algunos verán fragilidad.
Yo veo a uno de los últimos sobrevivientes de una generación que salió a tocar cuando el rock todavía olía a carretera, camerinos pequeños y noches interminables. Una generación que nunca pensó llegar a los 81 años frente a miles de personas.
Y quizá esa imagen de Rod Stewart sentado, respirando con dificultad y negándose a cancelar la noche, termina diciendo mucho más sobre el paso del tiempo que cualquier entrevista.
Las canciones siguen siendo jóvenes. Nosotros no.
Y ver a uno de tus artistas favoritos enfrentarse al tiempo arriba del escenario también te obliga a mirar el tuyo.
Porque de pronto entiendes que las leyendas no son inmortales. Y eso, para los que crecimos escuchándolos, pega más fuerte de lo que imaginábamos.
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