Espectáculos

Terapia de risa


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Miércoles 24 de junio de 2026

Mientras dirigía una de las películas más dolorosas de su carrera, Steven Spielberg esperaba cada semana una llamada capaz de devolverle la risa. Al otro lado del teléfono estaba Robin Williams.

En 1993, Spielberg se encontraba en Polonia rodando La lista de Schindler, la historia de Oskar Schindler y de los judíos que logró salvar durante el Holocausto.

La filmación tuvo lugar en Cracovia, cerca de escenarios donde habían ocurrido algunos de los hechos representados.

Cada jornada obligaba al director, a los actores y al equipo a recrear deportaciones, asesinatos, separaciones familiares y la liquidación del gueto.

Para Spielberg, que había sufrido antisemitismo durante su infancia y tenía familiares afectados por el Holocausto, el proyecto no era simplemente otra producción cinematográfica. La carga emocional lo acompañaba incluso después de terminar el trabajo.

Robin Williams sabía lo que su amigo estaba atravesando. Ambos habían trabajado juntos en Hook, estrenada en 1991, y habían desarrollado una amistad que continuó fuera de los estudios.

Durante el rodaje de La lista de Schindler, Williams comenzó a llamarlo una vez por semana, siempre en un horario acordado. No eran conversaciones normales.

Durante unos quince minutos, Robin improvisaba una función privada por teléfono. Inventaba voces, personajes y situaciones absurdas sin seguir un guion, utilizando la misma rapidez mental que mostraba ante el público.

Spielberg escuchaba hasta terminar riendo a carcajadas. Robin tenía una forma particular de cerrar aquellas llamadas. Esperaba a escuchar la risa más fuerte de su amigo y, en ese preciso momento, colgaba. No se despedía ni permitía que la conversación perdiera fuerza.

Simplemente dejaba a Spielberg riendo.

Años después, el director recordó que necesitaba aquella liberación. Pasaba sus días inmerso en una historia marcada por el sufrimiento y las llamadas le ofrecían unos minutos en los que podía respirar emocionalmente.

Williams no podía cambiar lo que Spielberg debía representar frente a las cámaras. Tampoco podía quitarle el peso de contar una historia sobre millones de vidas destruidas.

Lo que sí podía hacer era acompañarlo de la manera que mejor conocía: transformando durante unos minutos la angustia en risa.

La lista de Schindler se estrenó en 1993 y terminó convirtiéndose en una de las obras más importantes de Spielberg.

Detrás de ella también quedó una historia más íntima: La de un amigo que llamaba cada semana, improvisaba hasta escuchar una carcajada y colgaba justo entonces, convencido de que, por aquella noche, había cumplido su misión.

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