El racismo en el mundo


Miércoles 24 de junio de 2026
Durante buena parte del siglo XX, hombres, mujeres y niños fueron exhibidos ante multitudes como si sus cuerpos y culturas fueran una atracción.
Algunos estaban detrás de cercas. Otros debían representar una versión exagerada de su propia identidad para entretener al público.
En 1905, cincuenta y un personas del pueblo Bontoc, procedentes de la isla filipina de Luzón, fueron llevadas a Coney Island, en Nueva York.
En Luna Park y Dreamland construyeron aldeas simuladas y realizaron ceremonias, bailes y actividades preparadas para los visitantes.
La prensa estadounidense los describía como seres “primitivos” y utilizaba la exhibición para justificar el dominio colonial de Estados Unidos sobre Filipinas.
Entre ellos había familias y niños. El público pagaba para observar cómo vivían, comían y trabajaban. Sus costumbres fueron modificadas, exageradas y convertidas en espectáculo. Trabajaban durante largas jornadas, recibían una alimentación deficiente y tenían restringida su libertad para abandonar el recinto.
Más de medio siglo después, Europa volvió a contemplar una escena inquietantemente parecida.
En 1958, la Exposición Universal de Bruselas presentó una aldea congoleña rodeada por una cerca de bambú.
Bélgica todavía gobernaba el Congo y utilizó aquella sección para mostrar al público europeo una imagen cuidadosamente construida de su colonia.
Hombres, mujeres y niños congoleños permanecían dentro del recinto mientras los visitantes los observaban.
Algunos espectadores les lanzaban comida, imitaban sonidos de monos y los trataban como si formaran parte de un zoológico.
Los participantes protestaron por las humillaciones y exigieron respeto. Varios abandonaron la exposición antes de que terminara.
Una de las imágenes más conocidas muestra a una niña congoleña detrás de la cerca, extendiendo la mano hacia los visitantes.
No pertenece a un pasado remoto. Fue tomada apenas dos años antes de que el Congo consiguiera su independencia.
En 2005, el nombre “Aldea Africana” volvió a provocar indignación, esta vez en el zoológico de Augsburgo, Alemania.
El evento era un mercado con puestos de artesanía, alimentos, música y presentaciones culturales realizadas por vendedores y artistas que participaban voluntariamente. Pero el lugar elegido cambió el significado de todo.
Presentar personas y culturas africanas dentro de un zoológico, junto a animales procedentes del continente, recuperaba una asociación colonial que Europa llevaba generaciones utilizando: África como territorio exótico, salvaje y ajeno a la modernidad.
Organizaciones afroalemanas, académicos y activistas protestaron. Un estudio del Instituto Max Planck concluyó que, aunque no se trataba de personas encerradas, el evento reforzaba entre numerosos visitantes la relación entre africanos, naturaleza y animales.
Los tres episodios no fueron iguales. Pero muestran cómo una misma mirada puede cambiar de forma sin desaparecer completamente.
Primero fueron cercas y aldeas humanas. Después llegaron mercados, espectáculos y campañas presentadas como encuentros culturales, pero construidas desde la idea de que ciertas personas existen para ser observadas como algo extraño.
El racismo no siempre regresa utilizando las mismas palabras. A veces vuelve disfrazado de curiosidad, folclore o entretenimiento familiar.
