Opinión

MALDITO MAL MENOR


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Martes 12 de mayo de 2026

Por Monseñor Jaime Mercant Simó

Imaginemos el siguiente caso hipotético: un ejército invasor está asediando una ciudad y exige a ésta que, para salvarse, entregue a un hombre inocente para ser ejecutado.

El malminorista nos diría que hay que ser «realistas», no quedando más remedio que ceder al chantaje y entregar en sacrificio a este pobre hombre.

Por el contrario, aquí los escolásticos enseñan que nunca será lícito entregar a este inocente para salvar la ciudad, ni siquiera toda la república.

El homicidio de un inocente, aunque sea solo uno, siempre será un mal intrínseco y nunca un medio lícito para salvar el conjunto de la república o comunidad política.

Nunca puede elegirse un mal menor moral, como es éste; sólo podría elegirse lícitamente un mal menor físico, pero esta necesaria distinción entre mal físico y mal moral, frecuentemente brilla por su ausencia en las falacias malminoristas.

Al respecto, la ley abortiva llamada «ley de supuestos» no es otra cosa que esto, un mal moral.

Sin embargo, los «apóstoles del malminorismo», siempre repugnantemente «posibilistas», nos quieren hacer creer sofísticamente que una ley restrictiva que permite el aborto de niños con síndrome de Down, por ejemplo, no es un «mal menor», sino un «bien posible» y, por lo tanto, un medio lícito para que, en un futuro ideal e indeterminado, se consiga la abolición total del aborto.

Mientras tanto, para estos sofistas, sería lícito —aunque no se atreven a decirlo explícitamente así— sacrificar a estos niños con discapacidad para salvar a un gran número de «sanos», presentando este medio ilícito como si fuese una suerte de «reducción» o debilitamiento del «mal mayor».

Únicamente el católico íntegro luchará por el verdadero bien moral —no por un falso bien aparente— y no cederá ni un milímetro, como sí hace el hombre mediocre malminorista, ante los chantajes de los politicastros oportunistas que se presentan demagógica y cínicamente como políticos provida.

Nosotros, porque defendemos realmente la vida del inocente, somos «proverdad» y «probien», y detestamos profundamente la elección intrínsecamente perversa del mal menor moral, al contrario que los malminoristas, que son simplemente colaboracionistas con el mal y, que para huir de Escila, terminan siempre cayendo en Caribdis.

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