Ray Torres, el rugido eterno


Lunes 11 de mayo de 2026
Por Cris Martínez
Hablar de Raymundo “Ray” Torres no es solo hablar de números, es hablar de emoción, de gritos en las gradas, de noches en las que un solo swing podía cambiarlo todo.
En el corazón de Mérida, con la camiseta de los Leones de Yucatán, Ray no solo bateaba, hacía soñar.
Cada turno al bat era una promesa, cada contacto con la pelota era un estruendo que encendía al público. Su poder no era solo físico, era un espectáculo que se sentía en el alma.
Fue un gigante del diamante, temido por los lanzadores y amado por la afición. Sus 13 grand slams no son solo un récord, son 13 momentos congelados en la memoria colectiva del béisbol mexicano. Porque Ray no jugaba para las estadísticas, jugaba para la gente.
También dejó su huella en el invierno con los Naranjeros de Hermosillo, demostrando que su talento no tenía temporada. Donde se paraba, dejaba historia.
Y como todo grande, su legado quedó inmortalizado: su ingreso al Salón de la Fama del Beisbol Mexicano no fue un premio, fue un destino inevitable.
Su número 18, retirado en el Parque Kukulcán Álamo, no es solo una cifra, es un símbolo que sigue latiendo en cada juego.
Ray Torres no se fue, se quedó en cada jonrón que emociona, en cada niño que sueña con un bat, en cada aplauso que retumba en el Kukulcán.
Porque las leyendas no mueren, se vuelven eternas.

