Religión

MARTIRIZADO POR LOS PROTESTANTES


Spread the love

Lunes 27 de abril de 2026

San Fidel de Sigmaringa nació en 1577 en Sigmaringen, Alemania. Destacó como un brillante abogado.

Su integridad era tal que el pueblo lo apodó «el abogado de los pobres». Sin embargo, buscando una justicia divina, renunció a todo para unirse a los capuchinos.

En 1622, en plena Guerra de los Treinta Años, Fidel fue enviado por la Congregación de «Propaganda Fide» a la región de los Grisones (Suiza) para predicar ante los seguidores de Zwinglio y Calvino.

Las conversiones numerosas que el santo conseguía a diario se debían, sin duda, tanto a las largas horas de la noche que dedicaba a la oración, como a sus sermones e instrucciones cotidianas.

Encolerizados de sus prodigios, los protestantes empezaron a hostigar al religioso, poniendo a la población en su contra.

En la mañana de su muerte, en Grüsch, ocurrió un hecho asombroso. Mientras predicaba con gran alegría ante un grupo de soldados, Fidel perdió repentinamente la voz y palideció mortalmente.

Alzó la vista al cielo y dijo: «Toda ayuda viene del Señor». Aunque recuperó el habla y terminó el sermón, todos sintieron que era una premonición de su fin.

Unos campesinos herejes, con astucia, le pidieron que les predicara en Sevis. Fidel aceptó, aunque confesó a su compañero: «Me voy a Sevis, aunque sé con certeza que no actúan con sinceridad y que albergan mucha maldad en sus corazones».

El capitán von Fels, temiendo por él, le impuso una escolta de soldados que Fidel tuvo que soportar a regañadiente.

En el púlpito de Sevis, Fidel predicaba paternalmente sobre la unidad: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo».

De repente, un disparo de mosquete mató al guardia exterior. Un rebelde disparó su rifle desde la puerta directamente hacia el púlpito; la bala pasó rozando a Fidel y se incrustó en la pared.

Mientras los soldados austriacos eran masacrados fuera, Fidel se arrodilló ante el altar para encomendarse a Jesús y María.

Un sacristán calvinista, movido por la compasión, le suplicó que se escondiera, pero Fidel respondió con calma: «No te preocupes por mí, buen amigo. Ya no temo por mi vida, pues se la he encomendado a Dios» .

Fidel salió de la iglesia con la esperanza de encontrar a los soldados. Pero apenas avanzó, fue rodeado por veinte campesinos armados que se lanzaron sobre él «como perros rabiosos», colmándolo de insultos y maldiciones.

Le exigieron que abjurara de su fe, a lo que él respondió: «Vine a extirpar la herejía, no a abrazarla».

Un hombre le asestó un sablazo en la parte posterior de la cabeza. Fidel cayó desmayado gritando: «¡Jesús, María! ¡Ten piedad de mí, oh Dios!».

Al recobrar el sentido, se puso de rodillas y, con sus últimas fuerzas, oró en voz alta pidiendo a Dios el perdón para sus asesinos.

La respuesta de la turba fue una crueldad extrema: todos empezaron a apuñalarlo y golpearlo. Uno de ellos, usando un mazo de guerra, le destrozó el lado izquierdo del cráneo con tal violencia que los restos apenas pudieron ser unidos después.

Recibió más de veinte estocadas en el pecho y sus costillas quedaron destrozadas. Su hábito y la tierra se tiñeron por completo con su sangre inocente. Era el 24 de abril de 1622, a las 10 de la mañana.

Incluso en medio del horror de su ejecución, la serenidad del mártir obró un último milagro: Un pastor protestante que presenció el brutal ataque quedó tan conmovido por la inquebrantable firmeza y la mansedumbre de Fidel ante sus asesinos que no pudo contenerse y exclamó:
«La fe que enseña a morir de este modo, debe ser sin duda la fe verdadera».

Tras ser testigo de aquel testimonio de sangre, el pastor renunció inmediatamente a sus creencias previas y se convirtió a la religión católica.

Deja una respuesta