Religión

La última unción de la Magdalena


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Martes 31 de marzo de 2026

En la mañana del siguiente día enseñó Jesús en el patio de la casa de Lázaro: estaban presentes más de sesenta discípulos.

Por la tarde, hacia las tres, se prepararon mesas para los discípulos en el local del patio, y Jesús mismo sirvió a los discípulos, ayudado de los apóstoles.

Iba de mesa en mesa, servía y enseñaba al mismo tiempo. Judas no estaba presente: hacía compras para la comida preparada en la casa de Simón.

Magdalena también había ido a Jerusalén a comprar perfume. María Santísima, a quien Jesús había anunciado su próxima Pasión y
Muerte, estaba indeciblemente triste.

Su sobrina, María Cleofás, estaba siempre en torno de Ella para consolarla: la acompañó,
llena de aflicción, al albergue de los discípulos.


Jesús habló con sus discípulos de su próxima muerte y de sus consecuencias: uno que le debía todo y que le era familiar, le había de vender y entregar a los fariseos; no negociaría ni siquiera por el precio; preguntará: “¿Qué me queréis dar por Él?»

Cuando los fariseos compran un esclavo preguntan el precio; el traidor lo venderá por lo que le den: lo venderá peor
y a más vil precio que a un esclavo.


Los discípulos lloraban amargamente: no podían ya comer de pura aflicción y pena. Jesús, al ver esto, los invitó amablemente a comer.

Muchas veces he comprobado que los discípulos eran más sensibles y más tiernos con Jesús que los apóstoles: creo que, como no estaban tan familiarizados con Jesús, eran
más humildes y más atentos.

Con los apóstoles habló Jesús mucho esta misma mañana. Como no comprendían todo, les volvió a decir que tomaran anotaciones de sus palabras.

Cuando les mande al Espíritu Santo entenderán también las cosas anotadas. He visto que Juan y otros anotaban muchas cosas.

Jesús dijo algo de la huida de los suyos cuando a Él lo llevasen a los tribunales. Ellos no podían ni pensarlo; sin embargo, lo hicieron.

Les anunció cosas que sucederían después y les enseñó cómo debían portarse. Habló de su santísima Madre: que Ella padecería juntamente con Él todos los martirios; que Ella moriría con Él de amarguísima muerte; y que viviría con ellos aún quince años más sobre la tierra.

A los discípulos les dijo dónde debían ir después: unos a Arimatea, otros a Sichar, otros a Kedar; a los tres jóvenes, que le habían acompañado en su viaje, que no volviesen a sus casas.

Les avisó que cuando tuviesen tentaciones de desaliento no fuesen nunca a sus propias casas, pues darían escándalo y sería fácil la caída y la apostasía.

Eliud y Eremenzear fueron, creo, a Sichar. Silas quedó aquí. Así les enseñó Jesús y les aconsejaba en todas las cosas.

He visto que la misma tarde algunos ya se alejaron. Mientras enseñaba Jesús, llegó la Magdalena con sus perfumes.

Había estado con Verónica y esperó en su casa, mientras esta le compraba el perfume en la ciudad.

Había de tres clases: lo más precioso que pudo encontrar. Magdalena gastó lo que aún tenía en adquirir esos perfumes: había entre ellos esencia de nardo.

Se compraba con los envases, que eran de una sustancia brillante, algo dúctil, semejante en el brillo a la concha de mar.

Tenían forma de urnitas y estaban atornillados con un pie y enroscados con botoncitos.

Magdalena traía los cofrecitos de perfumes bajo su manto, en un bolso que le colgaba de los hombros sobre el pecho.

La madre de Juan Marcos fue con ella a Betania y la Verónica la acompañó un trecho del camino.


Cuando llegaron a Betania se encontraron en el camino con Judas, que dijo algo a Magdalena, irritado contra ella.

Magdalena había oído a Verónica que los fariseos habían resuelto apoderarse de Jesús para darle muerte; pero no ahora, por causa
de los muchos extranjeros paganos partidarios de Jesús.

Se lo contaron a las otras mujeres. Estas fueron a la casa de Simón y ayudaron a preparar la comida.

Judas había hecho compras: había abierto su bolsa y pensaba que por la noche la tendría
de nuevo llena. De un hombre de Betania compró hierbas, ensalada, dos corderos, fruta, pescados, miel, etc.

La sala de Simón no era la misma donde habían comido después de la entrada
triunfal en Jerusalén. Hoy era un local abierto y adornado, detrás de la casa que miraba al patio.

Tenía una claraboya en el techo en forma de cúpula. De ambos lados de esta cúpula
colgaban pirámides verdes y varias colgaduras de ramas con pequeñas hojas.

Estas pirámides se juntaban abajo y me parece
que las mantenían siempre verdes. Debajo de estos adornos estaba el asiento de Jesús.

Una parte de la mesa de donde se traían los alimentos estaba desocupada. Simón, que ahora servía, solía sentarse en ese lugar.

De ese lado había, debajo de la mesa, tres recipientes de agua. Los comensales estaban esta vez sobre asientos bajos con un brazo delante para apoyarse.

Los bancos eran tan anchos que podían estar de dos a dos enfrente. Sólo Jesús se apoyaba en el medio en un asiento. Las mujeres
comían a la izquierda, en un salón abierto, y podían ver las mesas de los hombres.


Cuando estuvo todo preparado fue Simón con su criado a buscar a Jesús, a los apóstoles y a Lázaro. Llevaban vestidos de fiesta. Simón llevaba un vestido largo, una faja con figuras y
letras y en el brazo un manípulo largo con borlas. El siervo llevaba un vestido superior sin mangas.

Simón acompañó a Jesús; el siervo a los apóstoles. No fueron por la calle, sino a través
del jardín a la sala de la casa. Había mucha gente en Betania, y debido a que muchos forasteros deseaban ver a Lázaro, hubo
bastante alboroto.

Llamó la atención de la gente que Simón
hubiera hecho tantas compras en la ciudad y que su casa, habitualmente abierta, ahora se mantenía cerrada.

Había inquietud mezclada de curiosidad: ésta era tanta que la gente subió hasta por las paredes para ver. No recuerdo haber visto antes de la comida un lavatorio de los pies: sólo unos lavados en la puerta de entrada.

En la mesa había varios vasos grandes, y siempre dos más pequeños al lado con tres clases de bebidas: una verdosa, otra
amarilla y otra colorada.

Creo que una era jugo de frutas. Primero trajeron un cordero: estaba extendido con la cabeza entre las patas anteriores sobre una fuente larga, redondeada; y lo
pusieron con la cabeza en dirección de Jesús.

Él tomó un cuchillo blanco de hueso o de piedra y cortó el cordero extendido así en varias partes en forma de cruz. Dio de lo que había cortado una parte a Juan, otra a Pedro y la tercera para Si mismo.

Luego Simón hizo otras porciones a ambos lados dando su parte a cada uno, según el orden, a los apóstoles y a Lázaro.

Las santas mujeres estaban en su mesa. La Magdalena, siempre llorosa, estaba frente a María. Eran siete o nueve. Tenían un cordero,
algo menor y estaba en la fuente con la cabeza hacia María, que lo cortó en partes para las demás.

Después del cordero trajeron tres pescados grandes y otros más pequeños. Los pescados
grandes estaban colocados, como si nadaran, en una gran fuente con una salsa espesa.

Luego trajeron una torta, panecillos o confituras en forma de peces, de corderitos, de aves con alas tendidas; miel, ensalada con jugo y peras.

En el medio había una gran fruta y a los lados otras más pequeñas con los tallos metidos en la grande. Las fuentes eran blancas, amarillas por dentro, playas y hondas, según la clase de alimentos.

Jesús enseñó durante toda la comida: hacia el fin he visto que los apóstoles estaban literalmente con la boca abierta escuchando su palabra.

Hasta Simón, que estaba sirviendo, quedó
parado y suspenso, escuchando. Magdalena, entre tanto, silenciosamente se había levantado de su asiento entre las mujeres.

Llevaba un manto azul celeste muy fino, que me recordó el de los Reyes Magos. Tenía los largos cabellos sueltos y ocultos bajo el velo.

Con el ungüento bajo el manto se encaminó hacia el sitio de Jesús, se echo a sus pies, llorando, inclinando el rostro sobre los pies de Jesús, que estaba recostado a la mesa.

Magdalena le quitó las sandalias y le ungió los pies con sus perfumes. Luego tomó sus sueltos cabellos con ambas manos y los
pasó sobre los pies de Jesús, calzándole de nuevo las sandalias.

Hubo una interrupción en la palabra de Jesús. Él había visto la venida de la Magdalena: a los otros les sorprendió grandemente. Jesús dijo: “No os escandalicéis en esta mujer». Luego
le habló a ella en voz más baja. Magdalena se puso detrás de Jesús y le derramó sobre su cabeza el precioso perfume, que se
esparció sobre el vestido, y pasó su mano sobre la sagrada cabeza, ungiéndola toda, mientras el agradable aroma llenaba
toda la sala.

Los apóstoles cuchicheaban o murmuraban; el mismo Pedro estaba contrariado por este contratiempo. Magdalena
se alejó, llorosa, cubierta con su velo.

Como pasara junto a Judas extendió éste la mano a su paso, de modo que Magdalena
se detuvo. Judas habló, irritado, de aquella prodigalidad, y de que eso se hubiera podido dar a los pobres.

Magdalena no habló, sino que lloró más amargamente. Jesús intervino, diciendo que
la dejasen en paz, que lo había ungido para su muerte y que más tarde ya no lo podría hacer.

“En todas partes donde se predique este Evangelio -añadió- se contará este hecho suyo
y la murmuración de los otros”.

Magdalena se retiró triste y llorosa. En el resto de la comida el tema fue las murmuraciones de unos y la reprensión que Jesús les dio.

Después se dirigieron todos a la casa de Lázaro. Judas, lleno de irritación y de avaricia, pensó para si mismo: “Esto es intolerable y no puede seguir así”.

Disimuló, dejó su vestido de fiesta y mostró como que tenía que ir a la sala del banquete para repartir a los pobres el resto de la comida; pero en realidad corrió desalado derechamente a Jerusalén.

He visto junto a él al demonio en forma de un ser colorado, puntiagudo y enjuto: estaba a veces delante, a veces detrás de él,
como haciéndole luz en el camino.

De este modo Judas caminaba apresuradamente en la oscuridad, sin tropiezos.

Lo vi entrar en la casa donde Jesús fue burlado en Jerusalén. Los fariseos estaban aún reunidos con el Sumo Sacerdote. El no fue introducido en la sala de la reunión.

Salieron dos de ellos y hablaron con él abajo, en el patio. Cuando dijo que quería entregar a
Jesús y preguntó qué le darían por ello, demostraron mucha alegría y fueron a avisarlo a los demás.

Vino entonces uno y ofreció treinta monedas de plata. Judas quería que se las diesen
en seguida, pero ellos no quisieron. Dijeron que ya habia estado una vez aquí y después no apareció más: que cumpliera primero
su palabra y después le pagarían.

He visto que sellaron el contrato con un apretón de manos y rompieron algo del vestido de ambos. Querían que se detuviese aún y les dijese el cómo y el
cuándo.

Judas contestó que tenía que partir para no despertar sospechas. Dijo que tenía que estudiar la situación y que sería posible mañana mismo, sin llamar la atención.

He visto siempre al diablo junto a él. Corrió de nuevo a Betania, se puso el traje de fiesta y estuvo entre los demás como si nada hubiera sucedido.

Jesús permaneció en la casa de Lázaro mientras los demás se retiraban al albergue que tenían los discípulos.

La misma noche llegó todavía Nicodemo, y Lázaro lo acompañó de vuelta a Jerusalén un trecho de camino.

Anna Catalina Emmerick

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