Historia

La Torre Latinoamericana


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Martes 24 de marzo de 2026

La Torre Latinoamericana no debió existir en ese lugar.

Se inauguró el 30 de abril de 1956, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, una zona que durante siglos fue parte del lago de Texcoco.

El problema no era menor. Era un suelo blando, inestable, con hundimientos constantes y en una de las regiones sísmicas más activas del país.

En ese contexto, construir un rascacielos no era solo complicado. Era considerado imposible.

La solución no fue ignorar el problema, sino entenderlo. Para levantar la Torre se diseñó un sistema de cimentación avanzado para su época.

Se colocaron 361 pilotes de concreto a más de 30 metros de profundidad, hasta encontrar una capa más firme del subsuelo.

Encima se construyó una base estructural bajo un principio poco común entonces: la flotación compensada.

El peso del edificio se equilibró con el del terreno que se retiró, reduciendo la presión sobre el suelo.

La estructura también rompió con lo establecido. En lugar de resistir los sismos de forma rígida, fue diseñada para moverse.

Se utilizó acero, materiales más ligeros y un sistema que permite absorber y distribuir la energía sísmica.

La Torre no pelea contra el movimiento. Se adapta a él.

Con 166 metros de altura y 44 pisos, fue el edificio más alto de México y de América Latina durante décadas. Pero su importancia no está en la altura, sino en lo que demostró.

En 1957, apenas un año después de su inauguración, resistió un sismo importante sin daños estructurales.

En 1985, durante uno de los terremotos más devastadores en la historia del país, volvió a mantenerse en pie mientras decenas de edificios colapsaban a su alrededor.

En 2017, nuevamente superó otro sismo significativo. No fue suerte. Fue ingeniería.

La Torre Latinoamericana se convirtió en un referente mundial porque fue uno de los primeros rascacielos construidos con criterios modernos en una zona sísmica.

A partir de ella, cambió la forma de estudiar el suelo y de diseñar estructuras en ciudades complejas.

Hoy sigue ahí, en el mismo terreno que antes fue agua, funcionando y resistiendo.

No es solo un edificio alto. Es una prueba de que el problema no era el lugar. Era entender cómo construir en él.

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