Religión

EL SANTO MEXICANO DE LA MEDALLA MILAGROSA

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Domingo 30 de noviembre de 2025

​El año 1926 marcó un punto de inflexión brutal en México. La suspensión del culto público, forzada por las leyes antirreligiosas del Presidente Calles, dejó a los fieles a la intemperie.

​En Matatlán, el Padre José Isabel Flores, a pesar de los ruegos para que se escondiera, respondía con firmeza: «Si Cristo murió por mí, yo también muero gustoso.»

Su solución fue audaz: para seguir administrando sacramentos, se vestía de civil, incluso disfrazado de soldado, burlando así a la opresión. ​

La sombra de su destino se cernía sobre él en Zapotlanejo, dominado por el cacique José Rosario Orozco Murguía, un ex militar cruel y abusivo, que más tarde se convertiría en su verdugo.

​El golpe no vino de un enemigo lejano, sino de un rostro conocido: Nemesio Bermejo, juez de paz, ex compañero de seminario expulsado por alcohólico, y a quien el Padre Flores había acogido en su propia casa.

El sacerdote había reprendido al hombre por su borrachera, sin saber que sembraba el rencor. ​

En estado de embriaguez, Bermejo se convirtió en el Judas, vendiendo a su compadre. Reveló a Orozco el plan del sacerdote:

«Si quieres aprehender a Chabelo, va a pasar por tal arroyo mañana a las tres de la madrugada, porque va a celebrar misa en un ranchito en Colimilla.»

​La madrugada del 17 de junio de 1927, el Padre Flores salió, pero fue capturado, bajado del caballo y obligado a caminar hasta Zapotlanejo.

Dos días después, la noticia de su detención heló el aliento del pueblo. ​El curato antiguo de Zapotlanejo, convertido en cuartel, fue su prisión.

Su celda no era una sala; era un cuarto estrecho, maloliente y nauseabundo, que servía de excusado. Estuvo tres días atado, sucio y sin soltar.

A una de sus hermanas que lloraba, le respondió con calma sobrenatural: «Dios así quiere que esté, que se haga su voluntad.»

​La presión del pueblo fue inmensa, incluso ofreciendo pagar su peso en plata. Pero el Coronel Flores, masón y responsable del cuartel, era implacable:

«A su tío lo vamos a fusilar, yo soy masón […] y tengo ganas de matar curas.»

​José Rosario Orozco, con música de banda afuera, le ofreció la libertad si firmaba un documento aceptando la Ley Calles.

El mártir se negó: «Yo voy a oír una música más bonita al cielo.»

​Pero antes de la hora final, la Divina Misericordia se coló entre los muros. Tres mujeres, fingiendo llevar ropa a las esposas de los soldados, lograron dejarle la Sagrada Comunión.

El sacerdote pudo comulgar por última vez. Les dijo: «De mí no tengan lástima, sino de los soldados.»

​A la una de la mañana del 21 de junio de 1927, el Padre Flores dejó una nota final: «Me sacan de la cárcel […] dicen que me van a llevar al cementerio.» ​

Fue conducido al camposanto. La luna brillaba intensamente. Su martirio comenzó de inmediato: le pusieron una soga al cuello y lo subieron y bajaron unas cinco veces en un intento brutal de ahorcamiento.

​Viendo que no podían matarlo, sacaron sus pistolas. Fue entonces que el sacerdote lanzó su advertencia final: «Si alguno de ustedes recibió de mi un sacramento, no se manche las manos.»

Un soldado gritó: «¡Yo no meto las manos, el padre es mi padrino, de él recibí el bautismo!»

El jefe, ciego de ira, le disparó, y el ahijado murió junto a su padrino.

​Cuando quisieron disparar de nuevo al sacerdote, las balas no hicieron fuego. ​

El Padre Flores sacó su reloj, un último gesto de piedad, se lo entregó a un militar y le dijo: «Guárdalo como una muestra de perdón.»

Acto seguido, el soldado José Ramírez lo degolló con un machete, y se le dio el tiro de gracia. ​

Tras la muerte del Santo, la luna, que había iluminado la escena, se oscureció.

Un testigo vio cómo, cerca de la tumba, había un caminito de Medallas Milagrosas, que el mártir probablemente había dejado caer para señalar su ruta.

​Años después, se confirmaría su fervor por la Virgen de la Medalla Milagrosa.

Cuando sus restos fueron exhumados en 1935, se encontró una Medalla Milagrosa dentro de la cavidad oral de su calavera, un diálogo final y secreto con la Santísima Virgen antes de su supremo trance.

Este hallazgo se ligó al inexplicable fallo de las balas.

​La justicia terrenal, aunque tardía, alcanzó a sus verdugos: José Rosario Orozco murió apuñalado en 1932.

En 1935, un ciego llamado Miguel Ruiz, el soldado que le había dado el tiro de gracia, visitó el cuerpo exhumado en Matatlán, pidió perdón y milagrosamente recuperó la vista.

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