Opinión

EL DOLOR DISFRAZADO DE BURLA

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Lunes 20 de octubre de 2025

Lo niegan, no lo quieren aceptar, les cala en lo más profundo, les incomoda verlo y por más que se burlan, a los americanistas les duele —sí, les duele— ver que la afición del Cruz Azul sigue ahí, firme, inquebrantable.

Sufre, se queja, llora… pero jamás abandona.

Porque claro, ser de Cruz Azul no es para cualquiera. Es resistir derrotas inverosímiles, soportar finales dolorosas y enfrentar directivas que a veces parecen ajenas al sentir del aficionado.

Aun así, la gente celeste continúa: terca, obstinada, fiel. Siguiendo a su equipo a cualquier rincón del mundo, con el corazón en la mano y la sangre azul corriendo por las venas.

Ser de Cruz Azul no es una elección superficial ni una moda pasajera. Es un sentimiento que suele nacer desde la infancia, que se hereda o se inculca, pero nunca se impone.

Muchos intentan descalificar a los nuestros llamándolos “albañiles”, como si el trabajo honesto fuese motivo de vergüenza o símbolo de inferioridad moral.

Sí, puede que muchos de nuestros aficionados sean personas de oficio, de manos curtidas por el esfuerzo, pero precisamente ahí radica la grandeza: en el espíritu cooperativo, en los valores de solidaridad, respeto y trabajo que dieron origen a esta institución.

En la humildad de quien sabe que la gloria no se compra, se construye.

A nosotros nos mueven ideales más profundos que los trofeos. No es que no los anhelemos, pero cuando los hemos conquistado, ha sido con esfuerzo genuino, sin pedir favores, sin exigir trato preferencial, sin esperar que el peso del escudo incline la balanza.

Esa es la diferencia que muchos no entienden. Nosotros buscamos la victoria sin traicionar nuestros principios.

Y aunque por años el club fue secuestrado por intereses mezquinos, nunca justificamos ni glorificamos a quienes mancharon nuestra historia.

Reconocimos los errores, los señalamos, pero jamás los presumimos. No todos pueden decir lo mismo.

Porque muchos que visten de amarillo confunden la soberbia con grandeza y la arrogancia con poder.

Es un espejismo que intenta cubrir un vacío más profundo: el de saberse admirados, pero no amados.

Siguen a un club envuelto en la polémica constante, porque ahí encuentran la única forma de sentirse vistos, temidos o validados.

Sabemos que detrás de esa burla hay una herida abierta, una necesidad de ocultar el dolor con superioridad. Es humano. Pero también es la razón por la que jamás seremos iguales.

Nosotros elegimos el camino más arduo, pero también el más digno.

El camino de la pasión, la humildad y la lealtad inquebrantable.

Nunca hemos querido ser como ellos,
porque sabemos que elegimos el lado correcto de la historia.

¡ARRIBA LA MÁQUINA CELESTE!

La Vida Pintada de Azul

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