Si los católicos callan sobre los ángeles, otros responderán por ellos


Martes 27 de octubre de 2026
En una cultura que se dice desencantada pero vive fascinada por energías cósmicas, fantasmas y presencias ocultas, el teólogo Francesco Giordano pide que la Iglesia vuelva a hablar de los ángeles antes de que otros respondan por ella
El sacerdote diocesano Francesco Giordano, doctor en Teología, profesor en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum) y en la Universidad Católica de América y director de la oficina en Roma de Human Life International, publica en Catholic Culture un artículo en el que pide a los católicos que vuelvan a hablar de los ángeles.
Advierte de que, si la Iglesia calla sobre los seres espirituales, la gente no dejará de preguntarse por ellos, sino que buscará las respuestas en otra parte.
El texto nace de una experiencia docente. El verano pasado, mientras impartía escatología a seminaristas en Kuching (Malasia), se encontró dedicando a los ángeles mucho más tiempo del previsto.
No le sorprendió que aquellos jóvenes creyeran en ellos. Le sorprendieron la insistencia y la precisión de sus preguntas. ¿Dónde está un ángel? ¿Vive en el tiempo? ¿Puede desplazarse de un lugar a otro? ¿Puede un demonio leer nuestros pensamientos? ¿Puede Satanás obligar a alguien a pecar? ¿Cómo actúa sobre la materia una criatura espiritual?
Aquellas preguntas le devolvieron al tratado de los ángeles de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino, y también le hicieron pensar en la cultura actual. Solemos describir la modernidad como «desencantada», observa, y sin embargo el hombre se resiste a habitar un universo compuesto solo de lo que puede medirse. El interés por los seres espirituales no ha desaparecido, ha emigrado. A los ángeles y demonios se han sumado fantasmas, fuerzas ocultas, energías cósmicas y dimensiones paralelas.
Quienes jamás aceptarían la doctrina cristiana se muestran a menudo receptivos a hablar de presencias invisibles. Frente al rechazo materialista y a la vaguedad espiritualista, la tradición católica ofrece, a su juicio, algo intelectualmente más satisfactorio.
Un oficio, no una naturaleza
El punto de partida es una distinción de San Agustín, según la cual «ángel» designa un oficio y no una naturaleza. Por naturaleza es un espíritu, y se le llama ángel porque es mensajero.
La precisión libera de la imagen popular del ángel como un ser humano con alas. El arte cristiano necesita traducir lo invisible en formas visibles, pero el ángel no es una variedad más sutil de organismo físico.
Santo Tomás lleva más lejos la distinción. Como carece de dimensiones corporales, el ángel no ocupa el espacio como los cuerpos. Está presente en un lugar por la aplicación de su poder, es decir, está donde actúa. Eso explica también su movimiento. No necesita recorrer el espacio de un punto a otro, porque mediante un acto de voluntad aplica su poder a otro lugar.
Ese movimiento puede ser continuo, pasando por los lugares intermedios, o discontinuo, sin atravesarlos (ST I, q. 53, aa. 1-2). Nada de ello lo hace omnipresente ni lo sitúa fuera de toda sucesión. Sigue siendo una criatura finita, que puede estar aquí y después allí, pero nunca en todas partes a la vez.
Algo semejante ocurre con el tiempo. Solo Dios es eterno en sentido propio. Siguiendo a Boecio, el Aquinate define la eternidad como la posesión perfecta, tota simul (toda a la vez), de una vida interminable (ST I, q. 10, a. 1), y no como una sucesión inacabable de instantes.
El hombre, en cambio, vive sometido al cambio, porque crece, envejece, recuerda, olvida, delibera y aprende. Los ángeles no pertenecen del todo a ninguna de las dos categorías.
Su sustancia espiritual no envejece ni se corrompe, pero en sus actos puede haber un antes y un después, y por eso su existencia natural se mide por el aevum o eviternidad (ST I, q. 10, a. 5).
Criaturas reales, pero finitas
Nada de esto es ajeno a la vida cristiana corriente, sostiene el autor. La angelología obliga a afrontar una pregunta que la cultura moderna suele esquivar, la de si la materia es toda la realidad. El cristianismo responde que no. También rechaza el error opuesto, que convierte lo «espiritual» en sinónimo de irracional, difuso o mágico.
Los ángeles no son energías, ni difuntos, ni dioses menores. Son inteligencias y voluntades creadas, reales y finitas.
Este último rasgo es, a juicio de Giordano, el más importante de recuperar. Quienes se fascinan con los demonios les atribuyen con frecuencia poderes que el cristianismo nunca les ha reconocido.
Así Satanás acaba convertido en una suerte de antidiós casi omnisciente, aparentemente omnipresente y capaz de manipular cualquier pensamiento o incluso de forzar a pecar. «Nada de esto es católico», afirma.
El demonio es un ángel caído cuya inteligencia y cuyos poderes naturales pueden superar con mucho los nuestros, pero sigue siendo una criatura. No puede crear, no está en todas partes y no lo sabe todo. Tampoco conoce el corazón humano como lo conoce Dios, ni puede forzar la voluntad.
Santo Tomás resulta especialmente valioso porque, cuanto más en serio se toma la acción demoníaca, con más cuidado define sus límites.
Los ángeles pueden influir en la imaginación y en las pasiones. El demonio puede sugerir, provocar, aprovechar los hábitos y presentar bienes aparentes de forma distorsionada. Pero la voluntad permanece libre para consentir o resistir (ST I, q. 111, a. 2).
Cuando el Doctor Angélico se pregunta si el diablo puede hacer pecar al hombre por necesidad, responde que el diablo «de ningún modo puede obligar al hombre a pecar» (ST I-II, q. 80, a. 3).
La estrategia de la fragmentación
De ahí que la tentación actúe casi siempre a través de algo que parece bueno, porque el mal rara vez se presenta como tal. El placer es bueno, pero desligado del amor se vuelve destructivo. La libertad, separada de la verdad, acaba volviéndose contra quien la ejerce. La justicia sin misericordia puede degenerar en venganza, y el celo sin caridad, en crueldad.
La estrategia demoníaca consiste con frecuencia en fragmentar, en separar realidades llamadas a estar unidas. Enfrenta la imaginación a la razón, la pasión a la prudencia, la libertad a la verdad y el individuo a la comunión.
En esa lógica ve el autor la actualidad cultural de la angelología. Vivimos, escribe, en una civilización que se ha vuelto muy hábil en separar lo que debería permanecer unido, como los derechos de los deberes, la libertad de la verdad, el deseo de la naturaleza, la técnica de sus fines morales y la individualidad de la comunidad.
No se trata de atribuir cada desorden cultural a una influencia demoníaca directa. La tradición católica habla con sabiduría del mundo, el demonio y la carne, en lugar de reducirlo todo al demonio. Pero su descripción de la tentación ayuda a reconocer una lógica espiritual recurrente, en la que los bienes parciales se vuelven destructivos cuando se arrancan del orden del conjunto.
Al servicio de la Providencia
El ministerio de los ángeles buenos va en sentido contrario. Actúan dentro de la Providencia y no suprimen la libertad, sino que la ayudan a orientarse hacia el bien. No sustituyen a la conciencia, a la prudencia ni a la gracia sacramental. Su ministerio no atrae la mirada hacia sí, sino hacia Dios.
Por eso una espiritualidad obsesionada por el conocimiento secreto, las experiencias extraordinarias o la superioridad espiritual se aleja ya, advierte, del carácter propio del ministerio angélico. El ángel sirve y remite más allá de sí mismo.
Los seminaristas de Kuching creían preguntar por los ángeles, pero en realidad preguntaban por la estructura de la realidad. Querían saber si lo visible es todo, si el espíritu puede actuar sobre la materia, cuánto poder tiene el mal, qué queda de la libertad humana en medio de la tentación y dónde está Dios en relación con todo ello. No son preguntas infantiles, y la Iglesia no debería avergonzarse de ellas. Octubre, mes en que se celebra a los Santos Ángeles Custodios, es a su juicio un buen momento para recuperarlas.
El cierre del artículo vuelve sobre la tesis de fondo. Ángeles y demonios son reales, pero ninguno de ellos es un dios. Son criaturas que, por grande que parezca su inteligencia o su poder comparados con los nuestros, existen dentro de un orden que no crearon y del que no pueden escapar.
Todo ministerio angélico, toda tentación demoníaca y todo acto humano se inscriben así en una creación cuya primera y última palabra no pertenece a ninguna criatura, visible o invisible, sino a Dios.
