Sociedad

La ogro

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Martes 27 de octubre de 2026

(Tomado de las redes)

Soy profesora de matemáticas y en el colegio donde trabajo me dicen «la ogro» porque no regalo ni una décima para que un estudiante apruebe mi materia.

Si un alumno sacó 5.9 y la nota mínima para pasar es 6.0, pues perdió con 5.9. No entiendo por qué tendría que subirle la calificación solamente porque le faltó una décima.

Tengo 42 años, llevo diecisiete ejerciendo como docente y me he ganado la fama de ser una profesora cuchilla, exigente y hasta insoportable.

Los estudiantes nuevos llegan a mis clases asustados porque los de grados superiores les advierten que conmigo no funcionan las lágrimas, las excusas ni los papás que van a reclamar.

Y no me molesta esa reputación, porque yo voy al colegio a enseñar, no a regalar calificaciones para caerle bien a todo el mundo.

Hace poco tuve el caso de un estudiante de décimo grado que terminó el periodo con 5.9. El muchacho llegó a mi escritorio y me pidió que le regalara la décima que necesitaba para aprobar. Le dije que no. Entonces comenzó a decirme que era injusta, que había estudiado muchísimo y que otros profesores sí redondeaban las notas.

Le respondí que precisamente por eso teníamos evaluaciones, trabajos y actividades de recuperación, para que demostraran lo que habían aprendido durante el periodo. Él había tenido varias oportunidades de mejorar su promedio y no las aprovechó. Su mamá fue al colegio al día siguiente y me dijo que no podía creer que yo fuera capaz de hacer perder a su hijo por una miserable décima. Le expliqué que la nota no era un castigo que yo le hubiera impuesto, sino el resultado de sus calificaciones. La señora terminó diciéndome que personas como yo eran las responsables de que los jóvenes perdieran el interés por estudiar.

También recuerdo el caso de una estudiante de último grado que necesitaba aprobar matemáticas para graduarse.

Durante todo el año había entregado trabajos incompletos, faltaba a las evaluaciones y siempre tenía alguna excusa para no entrar a mi clase.

Cuando llegó el momento de las recuperaciones, presentó un examen prácticamente en blanco. Sus padres solicitaron una reunión conmigo y me pidieron que tuviera consideración porque ya habían pagado la fiesta de graduación, el vestido y hasta un viaje familiar.

El papá me dijo que yo no podía arruinarle un momento tan importante a su hija por unos números. Le respondí que la fiesta y el vestido no tenían nada que ver con el aprendizaje de matemáticas.

Yo ya había ofrecido las oportunidades de recuperación establecidas por el colegio. No iba a inventarme una nota solamente porque la familia había gastado dinero en una celebración.

Mis compañeros dicen que debería ser un poco más flexible y que a veces una décima no cambia nada, pero precisamente eso es lo que no comparto.

Si le regalo una décima a un estudiante porque me dio lástima, después tendría que hacer lo mismo con todos los que estén en una situación parecida.

Yo explico los temas las veces que sea necesario, atiendo dudas durante los descansos, preparo talleres adicionales y hasta me quedo después de clases ayudando a quienes realmente quieren aprender.

Lo que no hago es subir calificaciones porque un estudiante me llore o porque sus padres vengan a presionarme. Tampoco tengo problema en poner un 10 cuando alguien se lo gana.

Hace unos días escuché a varios estudiantes diciendo que ojalá me trasladaran a otro colegio porque estaban cansados de tenerle miedo a matemáticas. Uno de ellos comentó que yo parecía disfrutar viendo perder a los alumnos.

Me dio bastante rabia escucharlo porque paso muchas horas preparando mis clases y buscando maneras de que comprendan los temas. Pero tampoco voy a cambiar mi manera de calificar para quitarme el apodo de «la ogro». Si un estudiante merece aprobar, aprueba, y si no alcanzó la nota, tendrá que recuperarla como corresponde.

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