EPISODIO MASÓNICO


Domingo 18 de octubre de 2026
En el archivo epistolar y documental de san Daniel Comboni (1831-1881), fundador de los Misioneros Combonianos y del Instituto de las Pías Madres de la Nigricia, se conserva un testimonio insólito y dramático conocido como el «Episodio masónico».
A diferencia de sus habituales crónicas sobre la evangelización en África Central, este texto relata un suceso de gran tensión vivido durante su estancia en Francia a finales de 1868.
El escrito, catalogado bajo el n.º 290 (274) de los Escritos oficiales de san Daniel Comboni y publicado en el periódico italiano La Voce Cattolica (noviembre de 1874, nn. 130-131), detalla la noche en que el misionero fue conducido a ciegas y bajo amenaza de armas hasta una mansión secreta en París para administrar los últimos sacramentos a un alto miembro de una sociedad secreta condenado a muerte por sus propios correligionarios.
El relato es el siguiente:
La noche del 22 de diciembre de 1868 me encontraba en París, donde estaba recogiendo limosnas para los negritos, y adonde había sido enviado para reponerme de salud.
Aquel día la cosecha para mis niños había resultado buena, y yo había vuelto a casa cansado pero dando gracias a Dios.
Y he aquí que cuando estaba rezando el breviario, a eso de las diez, alguien llama a la puerta de mi cuarto. Sorprendido de ser buscado a hora tan tardía, tomo una vela encendida y salgo yo mismo al encuentro del que llama, al que pregunto qué quiere de mí.
El visitante, un caballero vestido con elegancia y de distinguidas maneras, responde inclinándose:
«Perdone, señor, que le moleste a estas horas. He venido a rogarle que acuda al lado de un moribundo, que desea hablar con usted antes de morir».
«Pero —le digo, sorprendido— ¿por qué me pide asistencia espiritual a mí, un extranjero, en vez de a su párroco?»
«El moribundo ha pedido expresamente los auxilios de usted, y no los de ningún otro. Si quiere atender el último deseo de alguien que está en trance de muerte, no hay tiempo que perder».
Entonces, sin más, sigo al desconocido escaleras abajo. En la calle hay un magnífico carruaje. Con un gesto cortés, el caballero me invita a subir, y él se sienta en el pescante.
Para mi gran sorpresa, la iluminación de la calle me permite distinguir otros tres hombres en el coche, con unas caras tan sospechosas que hago ademán de saltar fuera.
Mas en ese instante uno de ellos me agarra con una mano, mientras con la otra me pone un puñal en el pecho, y los otros me apuntan con revólveres; de modo que ya no puedo pensar en huir.
Ellos me prometen que, si no opongo resistencia, no me pasará nada. Pero ¿qué puedo yo temer de esos hombres misteriosos?
Mientras me dejo vendar los ojos pienso que ha llegado mi hora, y pido al Todopoderoso que tenga piedad de mí.
Tras un recorrido de casi dos horas, nos detenemos, y me hacen bajar y entrar en una casa muy grande: escaleras por un lado y por otro, corredores, y movimiento de gente por doquier.
Finalmente me quitan la venda de los ojos, y el mismo desconocido cierra la puerta detrás de mí. Entonces me encuentro en una magnífica sala dispuesta con toda elegancia: muebles de palisandro, relojes dorados, sillones y sofás con tapizados bien mullidos… Pero en vano busco una cama con un enfermo. No sé qué decir o pensar.
Mas he aquí que en una elegante butaca veo un respetable caballero, sano y exuberante, en toda la fuerza de la edad, que con un gracioso gesto me invita a aproximarme a él.
Yo le contesto que me han llamado a la cabecera de un moribundo, pero que me doy cuenta de que se trata de una farsa, puesto que él está sanísimo, si los ojos no me engañan.
«Tiene razón, reverendo Padre, la salud de mi cuerpo no deja nada que desear; pero tengo que morir dentro de una hora y quisiera que me preparase para una muerte cristiana. En pocas palabras, le diré que soy miembro de una sociedad secreta, en la que fui promovido a uno de los más altos grados, porque era apreciada mi influencia en el estado y en la sociedad, así como mi decisión para llevar a cabo las más difíciles empresas. Audaz y voluntarioso, he cumplido durante más de veintiocho años los fines de nuestra sociedad.
»Cuando hace poco fui designado por la suerte para quitar la vida a un venerable Prelado estimado por todos, rechacé resueltamente este encargo, aunque estaba seguro de que tal negativa me costaría la vida, según nuestros rigurosos estatutos. La sentencia ha sido pronunciada: debo morir dentro de una hora.
»Cuando entré en la sociedad, no quise prestar el juramento de rechazar los auxilios espirituales en vida y en muerte, pero a pesar de ello me admitieron porque podía ser para ellos un miembro útil; por eso ahora han aceptado mi petición de que viniera un sacerdote. Y si han acudido a usted, un extranjero, ha sido por evitar toda sospecha, al tratarse de una persona poco relacionada en esta ciudad».
Me dice también que se va a ejecutar su sentencia cortándole las dos venas de la garganta junto a la clavícula, con lo cual no quedará herida abierta. Y añade que ha hecho morir a muchos de este modo por faltar a su palabra o por otras razones.
«Esta sentencia —me explica— se cumplirá inexorablemente: los hilos secretos de nuestra sociedad se extienden por todo el mundo».
Luego, me ruega que le confiese enseguida, pues el tiempo es limitado. Nunca en mi vida había dicho yo con más fervor: «El Señor esté en tu corazón y en tus labios, a fin de que me declares bien tus pecados».
No ha pasado todavía una hora, cuando se abre bruscamente la puerta, y se presentan tres hombres para llevárselo. Él, angustiado, pide media hora más para acabar su confesión. Los otros se niegan y lo aferran.
Pero invocando él la promesa que se le ha hecho de dejarle la libertad de prepararse para morir, y uniéndome yo a sus ruegos, le conceden veinte minutos de gracia.
Entonces termina de decir sus pecados mostrando el mayor arrepentimiento, y, recibida la absolución, me besa agradecido la mano, en la que cae una lágrima furtiva.
No puedo administrarle la comunión, tanto porque me falta la autorización del párroco como porque esos granujas no me van a dar tiempo a ello; pero, quitándome del cuello una reliquia de la Santa Cruz metida en un relicario de plata, se la doy, diciéndole que invoque hasta el último instante a Aquel que no se avergonzó de la ignominia de la Cruz por salvarnos de nuestros pecados.
Él la toma con fervor, la besa y se la pone al cuello por debajo de la ropa.
Le pregunto si no tiene algún encargo que hacerme. Entonces me dice que desea pedir perdón a su esposa, la mujer más virtuosa del mundo, por los errores que lo han llevado a tan deplorable final, y añade que tiene una hija religiosa en el Sagrado Corazón, la cual lo quiere tan entrañablemente que será feliz de oír que ha tenido una muerte cristiana.
Yo necesito demostrarles de algún modo que realmente he tenido una entrevista con él, por lo cual le ruego que escriba en mi cuadernillo algo para ellas.
Con un lápiz traza estas líneas:
«Mi querida Clotilde: ¡En el momento de dejar este mundo, te ruego que me perdones el gran disgusto que te causo con mi muerte! Saluda a mi querida hija, y consolaos las dos con la certeza de que muero reconciliado con Dios, y espero veros allí arriba. ¡Rogad mucho por mi pobre alma!
Tu Teodoro»
Ya conozco, pues, el nombre del condenado que me suplica que le infunda ánimo y fuerza. Apenas he podido decir unas palabras, cuando la puerta se abre, y cuatro hombres entran para agarrarlo.
Yo les imploro, con todo lo que les puedo decir de más conmovedor, que perdonen la vida a un esposo y un padre tan querido.
Viendo que todas mis palabras son inútiles, me arrojo a sus pies, pidiéndoles que me den a mí la muerte en su lugar. Como sola respuesta recibo una patada.
Ya han atado a su víctima, que en el momento de salir se vuelve otra vez hacia mí y me dice:
«Dios le pague, Padre mío, todo el bien que me ha hecho. ¡Acuérdese de mí en el Santo Sacrificio!»
Después de lo cual se llevan al condenado, y yo me quedo como paralizado por el terror. Con labios temblorosos ruego a Dios que tenga con ese desdichado la misericordia que ya no encuentra entre los hombres.
Lo que yo sufrí en esa hora, sólo lo sabe Aquel que conoce todo.
Pero ¿no es esto un rumor? Sí, cada vez más próximo: son pasos de gente que se acerca. La puerta se abre, y veo ante mí los terribles verdugos. ¿Qué son esas siniestras manchas que traen en las manos?
¡Sangre fraterna! ¡Ahora —pienso— me toca a mí!
Sin que me digan nada, les presento las manos para que me las aten; pero ellos se desentienden de eso y se limitan a vendarme los ojos.
De nuevo, una serie de escaleras y de corredores, y movimiento de personas. Aquí, un olor exquisito a delicadas esencias; allí, un hedor de podredumbre que me llega hasta la médula.
Finalmente me quitan la venda, y me encuentro en una sala ricamente iluminada y amueblada con gran lujo. Sobre la mesa, cubierta con un rico mantel de damasco, hay fuentes rebosantes de pasteles, de frutas del sur y de toda clase de golosinas; sobre el calentador de alcohol un recipiente de plata deja salir, humeante, el genuino aroma del té de China; innumerables botellas de diversa forma, color y etiqueta hacen presentir allí una suntuosidad digna de Lúculo.
Algunas señoras se me acercan a ofrecerme refrescos. Me niego a aceptarlos, alegando que tengo que decir misa por la mañana y ya es más de medianoche. Pero lo cierto es que no puedo desembarazarme de una terrible sospecha: el veneno y el puñal son hermanos.
Entonces expreso mi deseo de marcharme. Unos señores, pero no los de antes, me acompañan luego de haberme vendado los ojos. Bajamos muchas escaleras, y finalmente me meten en el coche.
Tras un recorrido de varias horas, el carruaje se detiene. Silenciosos, mis acompañantes me hacen bajar y, después de unos pasos, sentarme sobre un objeto de hierro.
¿Se tratará de una guillotina o de un instrumento de tortura? A cada momento pienso que mi cabeza va a quedar separada de mi cuerpo, o que un puñal va a hundirse en mi corazón.
Una hora transcurre en esta angustia de muerte. Al no oír a nadie trato de levantarme un poquito la venda de los ojos, y me encuentro en un huerto bien cultivado, donde flores y hortalizas duermen todavía el sueño del invierno.
Me pongo en pie para ver la forma de salir al camino. Llamo a una puerta, y me abre una mujer joven sorprendida de recibir visitas tan de madrugada.
Yo me excuso diciendo que vengo de asistir a un moribundo, porque no quiero contar nada de lo ocurrido, por temor a que esta familia esté de acuerdo con los masones.
Me dice que estoy a tres horas de camino de París, y que si quiero ir allí, como el marido tiene que ir enseguida a París para llevar flores y verduras, él podrá llevarme en el carro.
Acepto agradecido el ofrecimiento, y nos encaminamos a París.
Aquella mañana no dije misa, porque estaba demasiado nervioso. La del día siguiente, que ofrecí por la víctima de la sociedad secreta, la celebré en la iglesia del monasterio del Sagrado Corazón.
Luego tuve que hablar con la Superiora, y, al verme ella tan agitado, se empeñó en conocer la razón.
Se lo conté todo, recomendándole guardarlo en secreto. Me explicó que realmente la hija de aquel desdichado era una de sus monjas, la cual rezaba mucho por su padre, cuya pertenencia a la sociedad secreta conocía, y que se sentiría muy consolada con la noticia de su conversión.
Pero yo le prohibí expresamente decirle nada por el momento.
Dos días después, fiesta de Navidad, echando un vistazo a un periódico de París, vi que en la lista de los muertos figuraban algunos sin identificar y depositados en la «morgue».
Fui allí, pero entre los seis cadáveres que había no reconocí al infeliz que buscaba. De repente, colgada de una pared, vi la preciosa reliquia de la Vera Cruz.
Emocionado, examiné mejor el cadáver que estaba más próximo a ella: ¡Dios mío! ¡Era realmente él!
Aunque desfigurado por la muerte, sus rasgos característicos eran reconocibles. Para mayor seguridad le descubrí el cuello y los hombros. En el cuello se veían dos agujeros, y las dos venas del cuello habían sido abiertas. Ya no cabía duda: era él mismo.
Al día siguiente fui de nuevo a decir misa al Sagrado Corazón, como había prometido. Terminada ésta, vino a la puerta una monja, y me dijo entre suspiros y sollozos:
«Le suplico que en misa y en sus oraciones rece por mi pobre padre».
«¿Puedo preguntarle qué le ha pasado a su padre?»
«¡Ah —respondió ella— temo haberlo perdido en esta vida y para la eternidad!… Si él hubiese sufrido la muerte en estado de gracia, podría resignarme a su pérdida; pero morir tan pronto después de una vida lejos de Dios… ¡es terrible y doloroso! ¡Ah, si yo pudiese salvar el alma de mi padre! ¡Querría padecer todas las enfermedades y penas de esta tierra, incluso soportar los mismos tormentos del infierno, con tal de salvar su alma!».
«¡Consuélese, Madre! El Salvador tuvo también piedad del buen ladrón. Sus oraciones por su padre habrán dado fruto».
«Lo dudo, porque mi padre pertenecía a una sociedad secreta cuyos miembros rechazan a muerte toda confortación espiritual».
«¿Y si su padre hubiese recibido los auxilios de la religión?»
La monja me miró dubitativa y sin esperanza. Entonces yo saqué mi cuadernillo y le mostré la última página.
Sus ojos se transfiguraron. Llevóse a los labios en un beso aquellas palabras escritas, e hincándose de rodillas con los brazos levantados al cielo, miró hacia él entre lágrimas, y exclamó con voz conmovida:
«¡Gracias a Dios eternamente! ¡Mi padre se ha salvado!»
Reflexión
Esta impactante narración refleja la valentía apostólica y la serenidad de san Daniel Comboni al verse envuelto involuntariamente en las intrigas y ejecuciones internas de una sociedad secreta.
A pesar del peligro de muerte que, según el relato, afrontó, su prioridad pastoral fue llevar consuelo espiritual al condenado y, posteriormente, paz a su familia en medio del dolor.
