EL MEJOR POETA JOVEN DEL PERÚ LO DEJÓ TODO POR CAMPESINOS A LOS QUE LES TENÍAN PROHIBIDO LEER


Domingo 18 de octubre de 2026
A los 18 años, Javier Heraud tenía la vida soñada en Miraflores: primer puesto en su colegio, estudiante brillante en la Católica y ganador del premio «El Poeta Joven del Perú». Tenía todo el futuro asegurado, pero enseñando en el colegio Guadalupe conoció el dolor de un país partido en dos.
Detrás de los salones elegantes de Lima, existía un Perú feudal donde los hacendados vendían sus tierras en el periódico «con indios incluidos», como si fueran parte del ganado.
Miles de campesinos trabajaban gratis de sol a sol bajo el pongaje, dormían en el suelo y los patrones les prohibían tocar un libro para que no pudieran votar ni reclamar sus derechos.
En 1962, gracias a su talento, Javier viajó a Rusia y París, y luego llegó a Cuba con una beca para estudiar cine en La Habana.
Pero mientras estudiaba en la isla, le llegaron las noticias de cómo en el valle de La Convención, en el Cusco, estaban quemando las chozas y masacrando a balazos a los campesinos que pedían justicia. Eso le rompió el alma.
Javier sintió que escribir poemas bonitos o hacer películas no iba a detener las balas en los Andes. Tomó una decisión sin retorno: dejó las cámaras de cine en La Habana, pidió entrenamiento militar en las montañas cubanas y se unió al Ejército de Liberación Nacional bajo el nombre de «Rodrigo Machado», con una sola misión: «luchar para que el campesino sea dueño de la tierra que trabaja».
A inicios de 1963, entró en secreto por Bolivia y caminó semanas por la selva de Madre de Dios cargando una mochila de 30 kilos y con los pies llagados por la uta, buscando llegar al Cusco para unirse a los campesinos rebeldes.
Pero el 15 de mayo de 1963, tras ser descubiertos en Puerto Maldonado, Javier y seis compañeros intentaron cruzar el río Madre de Dios en una pequeña canoa de madera.
A mitad del río los rodearon desde el barranco. Ya sin armas, Javier —de solo 21 años— se quitó su polo blanco y lo agitó gritando que no dispararan.
La orden fue no dejar testigos. Lo acribillaron con balas expansivas dum-dum —prohibidas en la guerra— cumpliéndose la profecía que él mismo escribió años antes: «Yo no me río de la muerte, pero simplemente no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles».
Su propio padre tuvo que viajar en silencio a la selva para desenterrarlo de una fosa común con 19 heridas de bala. Javier dio la vida por hermanos a los que el sistema les había negado una escuela, y seis años después de su muerte, el sistema de haciendas cayó para siempre en el Perú.
