Historia

El Yanal luum, y el recuerdo de la Mérida prohibida

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Martes 22 de septiembre de 2026

Por Carlos Evia Cervantes

El bar Yanalum ubicado en la Calle 63 entre 62 y 64 del Centro Histórico de la ciudad de Mérida es un sitio emblemático tanto en la memoria de la vida nocturna como en la tradición urbana y leyendas de la ciudad. Quien no recuerda su entrada característica de subterráneo, que daba la idea de estar entrando a un sitio secreto o prohibido.

​Los aspectos más destacados de este lugar son:
​El significado del nombre: Proviene del maya (yáan lu’um o yan alúm), que significa literalmente «debajo de la tierra» o «subterráneo».

Hacía referencia directa a que el establecimiento contaba con un sótano, cueva o desnivel característico que le daba esa atmósfera íntima y misteriosa.

​La leyenda de los túneles del Centro: Este local quedó fuertemente ligado al mito urbano de los pasadizos subterráneos de Mérida.

Se decía que la oquedad o túnel que se apreciaba dentro del bar formaba parte de la supuesta red subterránea secreta que comunicaba edificios históricos (como el Convento de las Monjas, la Catedral y la Ciudadela de San Benito), aunque cronistas e historiadores locales han señalado que solían ser cuevas naturales, aljibes o sótanos coloniales sin conexión probada.

En su momento funcionó como un bar y punto de reunión bohemio muy concurrido en pleno corazón del centro, recordado por clientes habituales precisamente por su arquitectura hacia el subsuelo y la plática que generaba su peculiar entorno cavernoso.

Su origen no es muy claro, sin embargo, gracias a una investigación del Dr. Jorge Victoria Ojeda se supo que la noticia más antigua de este lugar fue reportada por el arqueólogo Manuel Cirerol Sansores al escribir un artículo sobre el subterráneo en el año de 1943, cuyo propietario en ese entonces era el coronel Pablo Antonio González.

Posteriormente el predio fue adquirido por la familia Espinosa, la cual instaló un restaurante en esa especie de caverna después de hacerle algunas ampliaciones.

Quizá desde esas fechas se decoró el interior con decenas de personajes y deidades mayas.

Especialmente frecuentes son las imágenes de serpientes que están desde la entrada hasta la parte final.

La consistencia de las paredes permitió también la excavación de numerosos nichos donde se colocaron estatuas de tamaño natural o ligeramente más pequeñas.

El restaurante funcionó muy bien durante muchos años, pero por causas desconocidas se dio rentado el local a un empresario quien poco a poco le dio un nuevo giro convirtiéndolo, en la década de los setenta, en un centro nocturno.

Fue en estos tiempos cuando se presentaban cada noche dos espectáculos, uno de ellos muy interesante.

Los clientes llegaban como a las 10 de la noche y ocupaban las mesas que estaban sobre el pasillo principal o en dos pequeños salones laterales, buscando los mejores sitios para ver las funciones que se realizaban al final del citado pasillo, punto que hacía veces de escenario.

Cada viernes y sábado el centro nocturno se llenaba de visitantes, pues eran los días programados para los espectáculos.

El primer espectáculo se ofrecía a las once de la noche y se trataba de la presentación de las danzas de una sensual bailarina que realizaba sus movimientos y cadencia al estilo de la legendaria Tongolele, por supuesto, con música afroantillana.

Su escasa vestimenta y los movimientos eróticos eran seguidos por las luces de colores que salían de los reflectores.

A estas alturas, los clientes ya se habrían empujado media botella de su licor preferido y el entusiasmo había empezaba a encenderlos.

Si bien este primer espectáculo era aplaudido, no tenía la emoción del que estaba por venir.

Terminada la primera actuación, el público, casi puro hombre, seguía con su charla acompañada con un ron o un brandy. Los que llegaban más tarde, ocupaban los peores lugares para ver a la artista.

A las dos de la madrugada, la bailarina volvía a salir y realizaba la misma rutina, pero ya casi al final de su segunda actuación, la mujer empezaban a despojarse de sus prendas, que no eran muchas, y la música se aceleraba al igual que el corazón de los espectadores.

Algunos de éstos ya estarían en la segunda botella y con la euforia en el máximo grado. Todos dejaban su copa para concentrarse en la mujer quien, con una sonrisa coqueta, llegaba al punto de quitarse la última prenda que estaba al final del horizonte púbico.

Pero en el preciso momento que hacía esto, las luces se apagaban. Todos los asistentes lanzaban una exclamación o de plano un grito de frustración, seguido de carcajadas y comentarios.

Nunca falló la coordinación entre la retirada de la citada prenda y el apagón de las luces.

Pese a que los clientes ya conocían el final, en las noches de los fines de semana el Yanal Luum se volvía a llenar.

Los más asiduos clientes ya eran amigos de los meseros y del dueño, quien, dicho sea de paso, era una persona muy agradable.

Aprovechándose de la presunta amistad, algunos trataban de apartar una mesa junto al escenario, pero aquello no estaba permitido.

Había que llegar temprano y consumir. Cabe preguntarse por qué si los clientes ya sabían que nunca iban a ver a la mujer completamente desnuda volvían a cada cita y se emocionaban con el mismo final.

Quizá la respuesta sea la siguiente: se puede gastar el dinero, el licor o terminar la noche, pero el deseo insatisfecho permanecía intacto, porque la esperanza, que es intangible, no se desgasta como las cosas materiales.

Pasados unos años, la autoridad municipal consideró que aquel espectáculo transgredía la moral, aunque no sabemos exactamente de quien, y decidió cerrar el lugar.

Los clientes que llenaban cada noche el Yanal Luum, lamentaron mucho esta disposición municipal porque su lugar de reunión era muy excitante a la vez que tranquilo.

Quizá se dispersaron y migraron a otros centros nocturnos, pero ninguno bajo la tierra, excepto, “La Cascada,” que se ubicaba en el interior de un cenote en una esquina de la avenida Itzaes, en el cruce con el Circuito Colonias, que tuvo un final similar.

Éste era un lugar donde iban los hombres para bailar y las mujeres “a vender sus cuerpos” se dice en diversos artículos periodísticos.

La supuesta mala reputación del Yanal Luum, razón por la cual fue clausurado, estaba fundada en un espectáculo que no ofendía a nadie y si entretenía a muchos.

El espacio subterráneo que albergó tanta alegría y deseo sigue existiendo.

En 1999, con el permiso del propietario del inmueble, entramos al sitio acompañados del personal del Ayuntamiento de Mérida, de la Comisión Nacional del Agua, Sergio Grosjean Abimerhi y los miembros del Grupo Espeleológico Ajau para hacer una inspección general y un plano topográfico.

Entonces volví a ver el largo túnel, la ornamentación al estilo maya prehispánico y algunos otros detalles.

Mi mente reprodujo los recuerdos de aquellas prolongadas noches en las que, sentado entre el excitado público, esperaba la actuación de la bailarina.

También recordé la música de los tambores que estimulaban el deseo de verla una vez más.

Ahora sólo queda el recuerdo y esta crónica de aquellos tiempos cuando nos metíamos bajo la tierra a divertirnos.

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