ENTRÓ EN UNA IGLESIA COMO OPOSITOR DEL CATOLICISMO Y SALIÓ COMPLETAMENTE TRANSFORMADO


Martes 1 de septiembre de 2026
En enero de 1842, Alfonso Ratisbonne, un joven banquero judío de 27 años, llegó a Roma durante un viaje de placer.
Se encontraba comprometido, disfrutaba de una vida acomodada y mantenía una fuerte oposición al catolicismo, especialmente después de que su hermano Théodore se convirtiera al catolicismo y llegara a ser sacerdote.
En Roma conoció al barón Théodore de Bussières, un católico devoto. Como una especie de desafío, Ratisbonne aceptó llevar consigo la Medalla Milagrosa y rezar diariamente el Memorare. No esperaba que aquello produjera ningún cambio en sus convicciones.
Pero otras personas ya estaban rezando por su conversión.
El 20 de enero de 1842, Ratisbonne entró en la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte, en Roma. Mientras esperaba al barón, afirmó haber experimentado algo extraordinario: una luz intensa llenó el lugar y vio a la Virgen María tal como aparece representada en la Medalla Milagrosa.
Según su propio testimonio, María no pronunció ninguna palabra. Sin embargo, su presencia y su gesto lo invitaron a arrodillarse.
En aquel instante, su resistencia al catolicismo desapareció. Cuando el barón regresó, encontró a Ratisbonne profundamente conmovido y llorando.
«¡La vi!», exclamó.
Once días después, el 31 de enero, recibió el bautismo en la iglesia del Gesù y tomó el nombre de María-Alfonso.
Su experiencia fue posteriormente examinada por las autoridades eclesiásticas y reconocida por la Iglesia.
Pero su conversión no terminó con el bautismo. Ratisbonne abandonó su vida anterior, renunció a su fortuna y a su compromiso matrimonial, se hizo sacerdote y dedicó el resto de su vida al servicio de Dios.
Junto con su hermano Théodore, participó además en la fundación de la Congregación de Nuestra Señora de Sion.
Más tarde desarrolló una importante labor apostólica y educativa en Tierra Santa.
La historia de Alfonso Ratisbonne permanece como un poderoso testimonio de la conversión y de la intercesión de la Virgen María.
Aquel hombre que llegó a Roma oponiéndose a la Iglesia terminó entregando su vida a Cristo.
Quizá por eso su historia también nos recuerda algo esencial: nunca debemos dejar de orar por la conversión de quienes parecen estar más alejados de Dios.
La gracia puede abrir caminos donde nosotros solamente vemos obstáculos.


