Lyn May, emperatriz del Cabaret


Viernes 7 de agosto de 2026
Las fuentes no coinciden completamente en la forma exacta de su nombre de nacimiento: ha sido identificada como Liliana, Lidia o Lilia Mendiola Mayanes.
Lo que sí está documentado es que nació en Guerrero en 1952 y que su infancia transcurrió principalmente en Acapulco, dentro de una familia de ascendencia asiática y con grandes limitaciones económicas.
Desde pequeña ayudó a su familia vendiendo collares, dulces y recuerdos a los turistas que visitaban las playas del puerto.
Durante su adolescencia comenzó a trabajar como mesera. De acuerdo con el testimonio que ella misma ha ofrecido, siendo todavía menor de edad conoció a un marino considerablemente mayor con quien terminó casándose.
La relación estuvo marcada por el maltrato y la violencia doméstica. Tuvo dos hijas siendo muy joven y, después de varios intentos, consiguió separarse definitivamente y regresar a Acapulco.
Con dos niñas que mantener y pocas oportunidades laborales, comenzó a bailar en un establecimiento llamado El Zorro.
Lyn May ha contado que al principio no tenía una preparación profesional: bailaba de manera intuitiva y se sorprendía al escuchar los aplausos del público.
Aquello que comenzó como una necesidad económica terminó revelando el talento que cambiaría su vida.
Más adelante fue contratada por el centro nocturno Tropicana de Acapulco, donde conoció a Germán Valdés “Tin Tan”, quien la incorporó a algunos números cómicos.
Su llegada a la Ciudad de México representó el verdadero comienzo de su carrera artística. Se integró al grupo de bailarinas relacionado con Siempre en Domingo, el programa encabezado por Raúl Velasco, y posteriormente pasó por el Teatro Iris y el Teatro Blanquita.

Fue en estos escenarios donde dejó de ser una bailarina anónima y comenzó a ser anunciada como Lyn May, “La Diosa del Amor”.
A diferencia de otras artistas que destacaban principalmente por el canto o la actuación, Lyn May construyó su espectáculo alrededor del movimiento corporal.
Poseía una gran flexibilidad, fuerza en las piernas y un dominio de las caderas que la hacía inmediatamente reconocible.
Aprendió bailes tropicales, hawaianos y tahitianos, además de incorporar acrobacias y coreografías que exigían una notable condición física.
Durante una entrevista realizada en 2025, recordó que en los teatros podían competir cerca de cuarenta bailarinas por la atención del público.
Para sobresalir no bastaba con ser atractiva: era necesario llenar el escenario, provocar aplausos y conseguir que los espectadores recordaran un nombre.
Lyn aseguró que fue precisamente la reacción del público la que le permitió reconocer su propia belleza y desarrollar mayor seguridad frente a los demás.
Su gran oportunidad cinematográfica llegó cuando el director Alberto Isaac la vio actuar y la seleccionó para participar en Tívoli.
La película recreaba con nostalgia y humor el ambiente de los antiguos teatros de revista de la Ciudad de México.
Aunque Lyn May no tenía experiencia frente a las cámaras, su presencia y sus números de baile la convirtieron en uno de los elementos más recordados de la cinta.

El filme la proyectó como una de las nuevas figuras eróticas del cine mexicano.
Poco después se integró al fenómeno del cine de ficheras, género que alcanzó enorme popularidad entre mediados de los años setenta y la década de 1980.
Estas películas mezclaban comedia, cabaret, desnudos, música y personajes inspirados en la vida nocturna.
Lyn May apareció en producciones como Las ficheras: Bellas de noche II, Noches de cabaret, Las cariñosas, Burlesque, Las muñecas del King Kong, Las perfumadas y Chile picante.
En la pantalla compartió créditos con Sasha Montenegro, Angélica Chain, Carmen Salinas, Rafael Inclán, Alfonso Zayas, Alberto Rojas “El Caballo”, Pedro Weber “Chatanuga” y otros representantes del cine popular de aquellos años.
El público acudía a las salas atraído por el humor de doble sentido, pero también por las vedettes, cuyos nombres y fotografías ocupaban un lugar central en la publicidad.
El cine de ficheras ha sido criticado por presentar a las mujeres como objetos sexuales y por repetir argumentos machistas.
Esa crítica es válida, pero el fenómeno también contiene una contradicción: las vedettes eran explotadas por su imagen, aunque al mismo tiempo se convirtieron en las verdaderas estrellas y en uno de los mayores atractivos comerciales de aquellas producciones.
Lyn May consiguió utilizar una industria dominada por hombres para construir un personaje sobre el cual ella misma ejercía una parte importante del control.
Paralelamente a su carrera cinematográfica, continuó encabezando espectáculos en el Teatro Blanquita y en grandes centros nocturnos como el Capri, localizado en el desaparecido Hotel Regis.

Sus temporadas podían extenderse durante años. Había orquestas, bailarines, comediantes, escenografías, cambios de vestuario y elaborados tocados.
La vedette debía sostener el interés del público durante toda la noche, algo muy diferente a realizar una breve aparición televisiva.
Lyn ha dicho que su permanencia en aquellos escenarios le enseñó disciplina y constancia.
Su fama fue tan grande que Dámaso Pérez Prado, conocido como el Rey del Mambo, llegó a interpretar un número relacionado con ella.
Lyn May representaba la sensualidad tropical de una época en la que la vida nocturna de la Ciudad de México era una poderosa industria cultural.
No era únicamente una bailarina: era una celebridad capaz de aparecer en cine, teatro, televisión, revistas y espectáculos itinerantes.
Con el paso de los años, el cine de ficheras perdió fuerza. Las crisis económicas, la desaparición de numerosos cabarets y los cambios en la televisión transformaron el mundo al que pertenecían las vedettes.
Como muchas de sus compañeras, Lyn May tuvo que enfrentarse a una industria que admiraba la juventud, pero que ofrecía pocas oportunidades a las mujeres cuando comenzaban a envejecer.
Después de un periodo de menor actividad, reapareció ante una nueva generación en 1998, al participar en el video musical de “Mr. P-Mosh”, de Plastilina Mosh.
Su presencia encajó perfectamente con la estética irreverente y deliberadamente extravagante del grupo.
La aparición convirtió a Lyn May en una figura de culto para jóvenes que no habían conocido sus películas ni sus espectáculos de cabaret.
Otro episodio doloroso de su vida fue el procedimiento estético que alteró permanentemente su rostro.
Lyn May ha relatado que una persona le ofreció supuestas inyecciones de colágeno, pero en realidad le aplicó sustancias aceitosas.
Con el tiempo aparecieron inflamaciones, deformaciones y problemas que requirieron varias intervenciones médicas.
Su rostro se convirtió injustamente en motivo de burlas, ignorando que había sido víctima de una práctica clandestina y peligrosa.
Este hecho terminó eclipsando parte de su trayectoria. Para muchas personas jóvenes, Lyn May dejó de ser reconocida por su capacidad para bailar y fue reducida a comentarios sobre su apariencia.
Sin embargo, las fotografías, películas y grabaciones de sus presentaciones muestran a una artista con un extraordinario dominio corporal, capaz de controlar grandes escenarios sin necesitar largos diálogos.
En 2016 participó en el documental Bellas de noche, dirigido por María José Cuevas. La película reunió a Lyn May, Olga Breeskin, Rossy Mendoza, Wanda Seux y la Princesa Yamal para reflexionar sobre la fama, la sexualidad, la vejez, la pérdida de los escenarios y la desaparición del mundo de las vedettes.
El documental permitió observarlas no como objetos nostálgicos, sino como mujeres conscientes de sus triunfos, heridas y contradicciones.
Lyn May nunca desapareció completamente. Continuó realizando presentaciones, participando en televisión, grabando canciones y utilizando las redes sociales para comunicarse con nuevas audiencias.
También regresó a la actuación en el cortometraje Levantamuertos, una producción mexicana de 2025 seleccionada para el Festival Internacional de Cine de Róterdam.
El director José Eduardo Castilla destacó su accesibilidad, espontaneidad y disposición para improvisar frente a la cámara.
Su presencia mediática también ha estado acompañada por declaraciones extravagantes, romances discutidos públicamente y anuncios que en ocasiones parecían diseñados para provocar titulares.
Lyn May comprendió antes que muchas celebridades actuales que la polémica podía ser una forma de mantenerse en la conversación pública.
Detrás de esa aparente excentricidad existe una mujer que aprendió a convertir su propia imagen en una herramienta de trabajo.

