Meryl Streep y la cocina

Martes 28 de julio de 2026

Cuando Margo Martindale se sentó a comer en casa de Meryl Streep, descubrió que una de las actrices más premiadas de la historia no solo sabía interpretar a una gran cocinera: también podía alimentar personalmente a una mesa llena.
Durante el rodaje de Agosto, Martindale y sus compañeros fueron invitados varias veces por Streep para ensayar y compartir comidas.
La actriz preparaba chuletas de cordero, pollo relleno y ensaladas que sus invitados recordarían años después.
Martindale contó que, cuando la numerosa familia de Meryl se reunía, podía haber unas doce personas alrededor de la mesa. Ella misma preparaba el desayuno para todos.
La escena contrastaba con la imagen que el público podía tener de una estrella con tres premios Óscar, décadas de éxito y acceso a todas las comodidades imaginables.
Pero Streep nunca ha presentado la vida doméstica como una demostración de perfección.
En una entrevista reconoció que había noches en las que comenzaba a cocinar, se cansaba, arrojaba lo preparado al fregadero y anunciaba que pedirían pizza.
Cuando sus cuatro hijos eran pequeños y ella trabajaba, contó con ayuda en la cocina; años después explicó que ya no tenía cocinero y volvía a preparar personalmente las comidas.
Su origen tampoco fue el de una niña criada en la pobreza. Su padre trabajaba como ejecutivo de una compañía farmacéutica y su madre era artista comercial.
La sencillez que se le atribuye no nació de haber carecido de todo, sino de conservar ciertas costumbres después de alcanzar una fama extraordinaria.
En 1981, cuando ya tenía un Óscar en casa, fue fotografiada viajando en el metro de Nueva York como cualquier otra pasajera.
Eso no significa que su vida fuera común. Pocas personas han alcanzado su prestigio, sus oportunidades o su seguridad económica.
Lo llamativo es que nunca pareció creer que el éxito debía separarla por completo de las tareas cotidianas.
En la pantalla podía convertirse en una primera ministra, una editora temida o una cantante excéntrica.
En casa seguía siendo la mujer que reunía a su familia, encendía la cocina y preguntaba cuántos iban a desayunar.
Quizá la verdadera sencillez no consiste en fingir que la fama y el dinero no existen.
Consiste en no permitir que hagan desaparecer por completo a la persona que eres antes de recibir los aplausos.

