Religión

EL RESENTIMIENTO DE JUDAS

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Jueves 23 de julio de 2026

Por Monseñor Jaime Mercant Simó

Cuando Jesús llamó a Judas Iscariote para ser apóstol, éste era bueno y gozaba de grandes cualidades. Sin embargo, paulatinamente, fue envileciéndose.

¿Qué causó la podredumbre de su alma noble y truncó su vocación sincera?

Judas era muy codicioso, hasta el punto de convertirse en el ladrón de su Maestro pobre, pero no creo que éste fuese su principal vicio.

Sus actitudes demuestran que era envidioso. ¿Envidiaba al Señor? No lo sabemos, pero probablemente sí que envidió a los que Él tenía como predilectos: Juan, Pedro y Santiago el Mayor.

Ahora bien, tampoco creo que la envidia fuese el “veneno” que deformó su espíritu.

A mi modo de ver, Judas fue víctima de su propio resentimiento, el peor de los pecados, como creían Unamuno, Gregorio Marañón y el padre Castellani.

Cuando aquí digo el “peor de los pecados”, estoy hablando metafóricamente, en el sentido de que dicho vicio no permite crecer el alma y provoca que ésta se ahogue en el resto de sus perversiones.

Muchas veces el resentido no tiene una sola causa de su resentimiento, sino que éste existe en general y de forma indeterminada.

Es una especie de actitud vital viciosa que un sujeto tiene en contra de un mundo que no lo valora lo suficiente.

El “odio radical” del resentimiento, frecuentemente disfrazado de falsa resignación y humildad, desemboca al final en venganza, porque el resentido siempre se siente injuriado por la vida y los seres que lo rodean, a pesar de no existir materia objetiva para ello.

Así, pues, Judas fue un gran resentido. El hecho de ser el único de los apóstoles que no era originario de Galilea, sino de Judea, no ayudó a mitigar su resentimiento, pues el resentido siempre se siente despreciado en su marginalidad, aunque ésta sea imaginaria y no real.

Por otro lado, pensemos que Judas no sólo fue testigo de los milagros de Cristo, sino que él también recibió, como el resto de los apóstoles, el poder de obrarlos, expulsando demonios y curando enfermos (Mt 10,1-4).

No obstante, este hecho no atemperó su resentimiento. Cuando el resentido recibe un privilegio, una dignidad, un premio, un cargo importante o una potestad, su resentimiento no disminuye, sino que aumenta, puesto que, para él, ésta es una confirmación de que los años pasados de amargo resentimiento estaban justificados.

Sin embargo, creo que hubo un hecho concreto que debió ser la gota que colmó el vaso. Recuerden que, en Betania, Jesús llegó a defender públicamente a María ante la hipócrita crítica de Judas (Jn 12,1-8).

Éste sentenció que el costoso perfume que ella vertía sobre la cabeza y los pies del Señor era un desperdicio, pues, si se vendía dicho perfume, se podría utilizar el dinero para ayudar a los pobres.

Entonces, cuando Cristo justificó el gesto de María, una sencilla y servicial mujer, ante el altivo Judas, éste se debió sentir profundamente humillado tanto en su dignidad como en su orgullo, y puede que también en su masculinidad; el resentido nunca perdona, nunca olvida.

Creo que este episodio, acontecido pocos días antes de la pasión, fue psicológicamente determinante para el alma resentida del Iscariote (Mt 26,14-16).

Sólo los espíritus magnánimos, generosos y elevados pueden librarse del “cáncer” del resentimiento. En Judas no se dio dicha liberación, sino que, de día en día, fue intensificando su “curvatura moral”.

En efecto, Judas fue un hombre “incurvatus in se”, o sea, un corazón replegado sobre sí mismo, incapaz de mirar más allá de su miserable existencia, ahogada ésta por un resentimiento que fue el “radikal Böse” (mal radical) que lo condujo a traicionar al Hijo del Hombre mediante el infame ósculo que cambió la historia de la humanidad.

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