Cuando México traicionó a Iturbide


Lunes 30 de marzo de 2026
El 30 de marzo de 1823 no fue un día cualquiera en la historia de México.
Fue el momento en que el hombre que había consumado la independencia —Agustín de Iturbide— comenzó a desvanecerse como emperador ante los ojos de la misma nación que lo vio triunfar.
Apenas dos años antes, Iturbide había entrado a la Ciudad de México al frente del Ejército Trigarante, entre vítores, esperanza y la promesa de un país libre.
Había sido proclamado emperador como Agustín I en 1822, en medio de un clima de incertidumbre política, divisiones internas y un país que apenas aprendía a sostenerse por sí mismo. Pero el poder en México nacía frágil y también lo era su imperio.
El descontento creció rápidamente. Líderes militares y políticos —entre ellos Antonio López de Santa Anna y Guadalupe Victoria— comenzaron a oponerse abiertamente a su gobierno.
El Plan de Casa Mata, proclamado en febrero de 1823, no buscaba solo derribar al emperador, sino restaurar el Congreso y devolver la soberanía a la nación, léase a la masonería.
Acorralado, sin el respaldo suficiente, Iturbide abdicó el 19 de marzo de 1823. No fue una caída inmediata ni violenta, sino una rendición cargada de tensión, orgullo herido y un silencio pesado que anunciaba el final de una era.
Diez días después, el 30 de marzo, el Congreso mexicano decretó su destierro.
No hubo coronas ese día. No hubo aplausos. Solo la decisión fría de un país que, en su intento por sobrevivir, decidió apartar a su libertador.
El decreto fue claro: Agustín de Iturbide debía abandonar el territorio nacional. Se le permitió salir con su familia, pero bajo la condición de no regresar.
A cambio, se le otorgaría una pensión anual, un gesto que mezclaba reconocimiento y advertencia. Y que patentizaba que no era el monstruo, ni el villano que se decía.
El antiguo emperador, el libertador, el artífice de la independencia, partió rumbo al exilio en Europa.
Imaginar ese momento es comprender el peso de la historia: un hombre que había pasado de héroe a gobernante y de gobernante a expulsado en cuestión de meses.
No hubo batalla final ni derrota en el campo de guerra. Su caída fue política, inevitable, silenciosa.
En el puerto, mientras el barco se alejaba, no solo se iba un hombre. Se iba el primer titular de una monarquía mexicana, se iba una figura compleja, incomprendida y se abría paso a una nueva etapa: la República.
El destierro de Iturbide no fue el final de su historia —regresaría en 1824, ignorando el decreto que lo declaraba traidor si volvía, y sería fusilado en Tamaulipas—, pero aquel 30 de marzo marcó el verdadero punto de quiebre.
México, joven y herido, eligió avanzar sin emperador.
Y así, entre la gloria reciente y el olvido inmediato, Agustín de Iturbide cruzó el horizonte, dejando atrás un país que aún no sabía qué sería, pero que ya había decidido influido por los malos consejos, lo que no quería volver a ser.

