Religión

EN LA LUCHA ENTRE EL ALMA Y LA CARNE, GANARÁ A QUIEN ALIMENTES MÁS

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Sábado 10 de octubre de 2026

Dentro de cada persona existe una lucha que no siempre se ve por fuera. Podemos estar tranquilos, trabajando, caminando por la calle o sentados en la iglesia, y por dentro estar peleando entre lo que sabemos que agrada a Dios y aquello que nuestros deseos quieren hacer.

Pablo habló de esta lucha en Gálatas 5:16-17 cuando dijo: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”.

La carne quiere llevar al hombre hacia sus propios deseos. Quiere hacer lo que siente, lo que le gusta, lo que le provoca en ese momento, aunque después venga la consecuencia.

El alma, en cambio, necesita acercarse a Dios, escuchar su palabra, orar, obedecer y mantenerse limpia delante de Él. Por eso muchas veces sabemos perfectamente qué debemos hacer, pero por dentro sentimos otra inclinación empujándonos en sentido contrario.

Una persona puede decir: “Yo quiero acercarme más a Dios”, pero si durante toda la semana alimenta únicamente aquello que despierta deseos malos, será cada vez más difícil mantenerse firme. Si llena sus ojos con cosas que ensucian la mente, si escucha continuamente lo que despierta pasiones, si vive rodeado de conversaciones que lo apartan de Dios y deja la oración para después, poco a poco la carne va tomando fuerza.

Por eso esta lucha también depende de qué estamos alimentando.

Si alimentas el enojo, cada día será más fácil enojarte. Si alimentas el rencor, cada recuerdo hará crecer todavía más aquello que llevas dentro. Si alimentas deseos indebidos, llegará un momento en que aquello que antes rechazabas comenzará a parecerte normal. Si alimentas la pereza espiritual, cada vez costará más levantarte a orar, leer la palabra o congregarte.

Pero cuando comienzas a alimentar tu vida espiritual, también empieza a ocurrir algo distinto. La oración vuelve a tener lugar. La palabra de Dios empieza a corregirte por dentro. Aquello que antes tolerabas comienza a incomodarte. Empiezas a cuidar lo que miras, lo que escuchas, lo que dices y las decisiones que tomas.

Romanos 8:5 dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu”. Fíjate que Pablo habla de aquello en lo que se ocupa la mente. Lo que pensamos continuamente termina influyendo en nuestra manera de vivir.

Por eso tenemos que cuidar mucho lo que dejamos entrar.

Una persona puede querer vivir en santidad y al mismo tiempo pasar horas alimentando su mente con aquello que despierta deseos contrarios a Dios. Puede pedir paz mientras todos los días alimenta pleitos, resentimientos y discusiones. Puede querer tener fe y vivir llenándose constantemente de miedo y desesperanza. Después se pregunta por qué le cuesta tanto mantenerse firme.

La respuesta muchas veces está en lo que ha estado alimentando.

El cuerpo también funciona de esa manera. Si alguien entrena un músculo constantemente, ese músculo se fortalece. Si deja de utilizarlo durante mucho tiempo, pierde fuerza. Algo semejante sucede con nuestra vida espiritual. Lo que ejercitamos se fortalece.

Pablo entendía perfectamente esta lucha. En 1 Corintios 9:27 dijo: “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre”. Él sabía que no podía dejarse gobernar por cada deseo que apareciera. Había aprendido a poner límites, porque entendía que servir a Dios también implicaba dominar aquello que podía apartarlo.

Eso hace falta hoy. Aprender a decirle no a uno mismo. No todo lo que deseas te conviene. No todo lo que tu cuerpo pide tienes que dárselo. No todo pensamiento merece quedarse en tu mente. No toda tentación merece una segunda mirada.

A veces queremos vencer una tentación cuando ya llevamos días alimentándola. La miramos, la pensamos, regresamos a ella, la imaginamos y después, cuando ya creció por dentro, queremos tener fuerzas para detenerla. Mucho antes pudimos haber cerrado la puerta.

José lo entendió cuando la mujer de Potifar quiso hacerlo pecar. Génesis 39 cuenta que ella insistía, pero llegó un momento en que José huyó. No se quedó explicando cuánto podía resistir. Salió de ahí. Hay luchas que se vencen precisamente alejándonos de aquello que sabemos que nos debilita.

David vivió lo contrario cuando miró a Betsabé. Una mirada comenzó a alimentar un deseo, y aquel deseo terminó llevando a decisiones cada vez más graves. Ahí vemos cuánto puede crecer algo cuando encuentra espacio dentro del corazón.

Por eso Cristo enseñó a cuidar nuestro interior. Mateo 26:41 dice: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. Jesús reconoció esa debilidad y por eso mandó velar y orar.

La oración fortalece al hombre para enfrentar aquello que por sí solo puede vencerlo. La palabra de Dios le recuerda quién es, qué quiere Dios de él y hacia dónde conduce cada camino. La congregación, la enseñanza, la alabanza y una vida de obediencia alimentan aquello que queremos conservar vivo dentro de nosotros.

Y esto se vuelve todavía más importante cuando nadie nos está mirando.

Porque es fácil cuidar la conducta delante de los demás. La verdadera batalla aparece cuando estás solo, cuando nadie sabe lo que tienes frente a tus ojos, cuando podrías hacer algo sin que otra persona se enterara. Ahí se manifiesta qué has estado alimentando dentro de ti.

Romanos 8:13 dice: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. Pablo habla de una decisión diaria. La carne no desaparece porque un día oramos mucho. Sus deseos pueden volver, la tentación puede presentarse otra vez y nuestra responsabilidad sigue siendo mantenerla bajo dominio.

Por eso quien quiere permanecer con Dios necesita cuidar todos los días su vida espiritual. No esperes sentirte débil para buscar a Dios. Busca a Dios para no llegar débil a la tentación.

Alimenta tu alma con oración. Llena tu mente con su palabra. Cuida tus ojos. Cuida tus compañías. Cuida aquello que permites quedarse dentro de ti. Si descubres algo que está fortaleciendo tu carne y debilitando tu relación con Dios, córtalo mientras todavía puedes hacerlo.

La lucha seguirá apareciendo mientras vivamos en este cuerpo. Un día será una tentación, otro día será el enojo, otro la envidia, otro un deseo, otro la soberbia. Pero cada día también tendremos la oportunidad de decidir qué vamos a fortalecer.

Y al final, aquello que alimentaste durante tanto tiempo será lo que tenga más fuerza cuando llegue la batalla.

Si alimentas la carne, la carne pedirá cada vez más. Si alimentas tu vida espiritual, tendrás más fuerza para decirle no a aquello que quiere apartarte de Dios. En esa lucha diaria, terminará dominando aquello que tú decidiste fortalecer.

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