EL PADRE CELEDONIO DOMECO DE JARAUTA, UN HÉROE OLVIDADO DE MÉXICO


Lunes 14 de septiembre de 2026
En 1844 llegó a Veracruz un sacerdote español que habría de convertirse en uno de los más temidos guerrilleros de la invasión estadounidense.
Su nombre era Celedonio Domeco de Jarauta, nacido en Malón, Aragón, en 1813. Había estudiado humanidades y filosofía en Zaragoza e ingresado a la Orden de los Frailes Menores, pero los acontecimientos políticos de España lo llevaron por un camino turbulento.
Antes de recibir el sacerdocio se había unido a las fuerzas carlistas de Ramón Cabrera durante la Primera Guerra Carlista. Tras la derrota, marchó al exilio y terminó en La Habana, donde recibió las órdenes sagradas. En 1844 llegó a México y se estableció en Veracruz.
En el puerto se hizo conocido como confesor y predicador. Pero cuando la guerra llegó a Veracruz, aquel sacerdote no permaneció indiferente.
Al día siguiente de la ocupación, varios soldados estadounidenses entraron en la iglesia parroquial, burlándose de las imágenes y objetos del culto. Jarauta acudió al templo y, al encontrarse con la resistencia de los soldados, tomó un palo y los expulsó a golpes.
Aquella escena marcó el comienzo de una nueva etapa de su vida. Poco después abandonó Veracruz y se internó en el campo para continuar la lucha.
Con unos cuantos hombres comenzó a hostigar a las fuerzas invasoras. Su táctica era rápida y brutal: atacar convoyes, cortar comunicaciones, sorprender destacamentos y desaparecer antes de que el enemigo pudiera reaccionar.
Se unió a otras guerrillas de la región y llegó a convertirse en uno de los principales jefes de la resistencia en Veracruz, extendiendo después sus operaciones hacia Puebla, los llanos de Apam y las inmediaciones de Pachuca.
Vestido con sus hábitos y llevando en ocasiones un crucifijo, el padre Jarauta se convirtió en una figura temida por los invasores y admirada por numerosos mexicanos.
Su nombre comenzó a recorrer los caminos de la República al mismo tiempo que las tropas estadounidenses multiplicaban sus esfuerzos para detenerlo.
Cuando la capital se encontraba en plena conmoción por la entrada de las tropas estadounidenses, Jarauta apareció en la Ciudad de México a caballo y con el pabellón mexicano en las manos.
Allí hizo circular un encendido llamamiento a la resistencia: «¡Viva la República Mexicana, viva su Religión Católica, viva Cristo Rey, viva el Santo Papa!» Y añadía que, para salvar a la patria y a la religión, el pueblo debía levantarse «aunque sea con sus puras manos».
El manifiesto terminaba con una declaración todavía más desafiante: «Primero moriremos matando norteamericanos y gente norteamericanizada, que rendirnos a sus poderosas armas», denunciando además lo que llamaba «falsos dioses como el dinero y el “progreso”».
Jarauta regresó después al campo. Continuó atacando las comunicaciones y guarniciones estadounidenses y llegó a convertirse en uno de los principales jefes guerrilleros de la resistencia.
En Huamantla participó en la acción en la que murió Sam H. Walker, célebre jefe de los Texas Rangers, aumentando todavía más la persecución contra él.
Pero la guerra llegaría finalmente a su término. El 2 de febrero de 1848 se firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual México perdió enormes extensiones de su territorio. Jarauta no aceptó aquella paz. Para él, la lucha no podía terminar con la firma de un tratado que consideraba una humillación para México.
Meses después, unido a Mariano Paredes y otros opositores al gobierno, volvió a tomar las armas. El movimiento fue derrotado y Jarauta terminó siendo capturado en las inmediaciones de Mellado y La Valenciana, en Guanajuato.
Condenado a muerte, se le preguntó cuál era su último deseo. Él respondió: «Quiero un confesor».
Entonces Jarauta se preparó para morir. Hizo confesión general y recibió la Sagrada Eucaristía y los santos óleos.
Después de recibir los últimos auxilios de la Iglesia, quedó listo para enfrentarse al pelotón. Lo condujeron al lugar de la ejecución y, frente a los soldados, le ofrecieron vendarle los ojos. Él rechazó la venda, permaneció de pie y comenzó a rezar en voz alta el Credo.
Continuó pronunciando la profesión de fe mientras esperaba la descarga y, cuando llegó a las palabras «…subió a los cielos…», sonó el fuego del pelotón.
El padre Celedonio Domeco de Jarauta cayó muerto en La Valenciana, el 18 de julio de 1848, fusilado por tropas mexicanas bajo las órdenes del general Anastasio Bustamante.

