EL JOVEN MÁRTIR MEXICANO OLVIDADO


Domingo 30 de agosto de 2026
Tomás de la Mora, de dieciocho años de edad, sufrió el martirio en Colima (México) en 1927, durante la persecución del gobierno contra la Iglesia.
Fue virtuoso alumno externo del Seminario Diocesano de Colima; prefecto de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Luis Gonzaga; distinguido miembro del Apostolado de la Oración; valiente afiliado a la A.C.J.M. (Asociación Católica de la Juventud Mexicana), e incorporado a la L.N.D.L.R. (Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa).
Por todas estas actividades, su vida se hallaba en continuo peligro; sin embargo, siempre estuvo decidido a darla por defender los derechos de Cristo, por lograr la libertad de la Iglesia y por conservar la pureza de su fe.
Llegó el 15 de agosto, día de la Asunción de María. Tomás asistió entonces por última vez a la santa Misa clandestina, celebrada en una casa de la población, y recibió la Sagrada Comunión.
Dos semanas más tarde, el sábado 27 de agosto de 1927, al descubrir los perseguidores que tenía relación con los cristeros del volcán de Colima, fue hecho prisionero en su propia casa, mientras jugaba con sus hermanos menores.
Sorprendido por los soldados callistas, dijo a su madre con serenidad admirable: «Mamá, me van a matar. Dame tu bendición, y si no volvemos a vernos en esta vida, nos veremos en el Cielo».
Llevado ante el general Flores, se portó con la intrepidez de los mártires de los primeros siglos durante el interrogatorio del arrogante militar:
—Tienes correspondencia con los católicos que están en armas. Aquí tienes la carta: la letra y la firma son tuyas.
—Es mía —respondió Tomás sin vacilar, al reconocer su letra.
—Eres un mocoso —le dijo el militar—. Tú no eres capaz de nada; tienes que decirnos quién es el que te aconseja.
—No diga usted que soy un chiquillo, porque sé muy bien lo que hago. Nadie me aconseja.
Tan enérgica y cristiana respuesta aumentó el odio sectario del general callista, quien ordenó entonces que se le diera «una calentadita».
Los esbirros federales se llevaron a Tomás a un cuarto donde le propinaron bofetadas y golpes. Después, bárbaramente maltratado y con el rostro amoratado, regresó ante el general, que se gozaba al verlo humillado.
Creyendo que el tormento había quebrantado su firmeza, le dijo:
—Mira, dime todo lo que sabes sobre esos cristeros y te dejaré libre.
—Es inútil, general. No diré nada. Y si me da usted la libertad, mañana me iré al volcán a unirme a los cristeros en la lucha por Cristo Rey. Acepto la muerte.
—Eres un mocoso, no sabes lo que es la muerte —dijo irritado el general—. ¡Responde lo que te pregunto!
Tomás, recobrando su carácter sereno y hasta festivo, le respondió sonriendo:
—Pues en eso, general, estamos iguales, porque usted tampoco sabe lo que es la muerte, ya que nunca se ha muerto. Yo, en cambio, moriré con gusto, porque muero por Cristo Rey.
—No pierdas tiempo, muchacho —le dijo el militar.
—No lo pierda usted, general —contestó el admirable joven—. Ya le dije que no diré nada. Estoy dispuesto a sufrir la muerte antes que ser traidor a la causa de los que luchan por Cristo.
Fueron vanas todas las tentativas, amenazas, halagos y promesas para quebrantar su voluntad. Tomás no aceptó ninguna oferta ni flaqueó su ánimo ante la presión de denunciar a sus compañeros, ni siquiera ante la amenaza de muerte.
Entonces, el general, lleno de ira, dio la orden de ahorcarlo esa misma noche.
—Está bien, general —contestó Tomás de la Mora— Solo concédame una hora para prepararme a morir y permítame escoger el lugar de mi ejecución.
Cerca de la medianoche lo sacaron del cuartel. Los soldados que lo conducían iban malhumorados, convertidos, por capricho del general Flores, de soldados en verdugos de aquel joven héroe de Cristo Rey.
Llevaban la orden de ahorcarlo donde él lo dispusiera. A las afueras de Colima se detuvieron. En una calzada arbolada, Tomás escogió un árbol histórico considerado por los liberales casi como una reliquia, pues bajo él se había sentado en una ocasión Benito Juárez, encarnación del liberalismo mexicano y uno de los más encarnizados enemigos de la Iglesia.
Cuando un soldado quiso tocarlo para echarle la soga al cuello, Tomás le dijo: «No me toque, porque me mancha».
—¿Por qué? —respondió el soldado.
—Porque ustedes son soldados del demonio y nosotros de Cristo Rey.
Luego añadió: «Deme la soga».
Y él mismo se la colocó al cuello, diciendo:
«Ustedes se han propuesto pelear contra Dios, y a Dios no lo vencerán, porque Dios es triunfador».
El soldado le había pedido antes que él mismo se pusiera la soga, y Tomás —sonriendo como san Lorenzo en la parrilla— respondió que no sabía cómo hacerlo, porque era la primera vez que lo ahorcaban.
—¿Tienes que pedir alguna gracia o arreglar algún asunto? —le preguntó el jefe de la escolta.
—Ningún negocio me queda por arreglar en esta vida. Todo lo tengo listo para la marcha. Ante Dios tengo muchos asuntos que arreglar: primero, pedirle que les quite la venda que los ciega; segundo, pedir por mis afligidos padres; y tercero, pedir por la Iglesia y por mi Patria.
El jefe, burlándose, le dijo:
—¿Y para ti no pides nada?
—Nada para mí. Cristo tiene méritos adelantados para salvar millones, y sé que Él me salva. Porque soy de los suyos y muero por Él.
Concluidas estas sublimes palabras, exclamó con voz firme: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Santísima Virgen de Guadalupe!»
El jefe ordenó a los soldados tirar de la cuerda, y el mártir glorioso voló al cielo triunfante, llevando la blanca estola de la inocencia y ostentando sobre su frente pura la corona del martirio.
Era aproximadamente la una de la mañana.


