Espectáculos

Comediante y galán a partes iguales

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Viernes 14 de agosto de 2026

Mauricio Garcés fue uno de los personajes más singulares del cine mexicano. Traje impecable, cabello perfectamente arreglado, voz grave, una seguridad desbordante y frases como “Las traigo muertas”, “¡Arroz!” o “Debe ser horrible tenerme y después perderme”, construyeron la imagen de un conquistador convencido de que ninguna mujer podía resistirse a sus encantos.

Sin embargo, detrás de aquel seductor presumido existía un actor que tardó varios años en encontrar el personaje que terminaría convirtiéndolo en leyenda.

Su verdadero nombre era Mauricio Férez Yásbek y nació el 16 de diciembre de 1926 en Tampico, Tamaulipas, dentro de una familia de origen libanés.

Desde joven se sintió atraído por el mundo del espectáculo y admiraba especialmente a las grandes estrellas de Hollywood.

Después de participar en La muerte enamorada en 1950 decidió utilizar profesionalmente el apellido Garcés; según investigaciones recuperadas por la UNAM, le atraía la letra “G” porque coincidía con los apellidos de tres de sus ídolos: Clark Gable, Gary Cooper y Cary Grant.

Antes de convertirse en el famoso conquistador de la pantalla, Garcés desarrolló una carrera considerable en papeles dramáticos.

Apareció en películas como El señor gobernador, Por querer a una mujer, Radio patrulla, La estrella vacía, Cuando ¡Viva Villa! es la muerte, El renegado blanco, Venganza apache y El mundo de los vampiros.

También trabajó en radio para estaciones como XEW y XEQ y participó en televisión, incluyendo Gutierritos, uno de los primeros grandes fenómenos de la telenovela mexicana.

Pero durante aquellos primeros años todavía no aparecía completamente el Mauricio Garcés que posteriormente conocería el público.

Su transformación comenzó a mediados de los sesenta, cuando descubrió que su verdadera fortaleza estaba en la comedia y, específicamente, en burlarse del estereotipo del galán.

Películas como Perdóname mi vida y el episodio que protagonizó en Cuernavaca en primavera fueron preparando el terreno para el personaje que cambiaría su carrera.

El momento definitivo llegó con Don Juan 67, dirigida por Carlos Velo y estrenada en 1967. Garcés interpretó a Mauricio Galán, un hombre elegante, adinerado, soltero y obsesionado con conquistar mujeres. Vivía rodeado de lujo, conducía autos deportivos, tenía mayordomo y se comportaba como una versión mexicana y cómica del seductor internacional al estilo de James Bond.

Investigadoras de la Universidad Autónoma del Estado de México consideran precisamente esta película el salto definitivo de su trayectoria cinematográfica.

Lo extraordinario fue que Garcés comprendió que el personaje funcionaba mejor cuanto más exagerado fuera.

Su galán era atractivo y sofisticado, pero también ridículamente vanidoso. Se miraba al espejo como si estuviera contemplando una obra de arte y hablaba de sí mismo con una seguridad tan absurda que la arrogancia terminaba convirtiéndose en comedia.

Mauricio Garcés no solamente interpretaba a un mujeriego: hacía una caricatura del hombre que está convencido de ser irresistible.

A partir de entonces llegaron algunas de sus películas más populares: El matrimonio es como el demonio, 24 horas de placer, Click, fotógrafo de modelos, El criado malcriado, Departamento de soltero, Modisto de señoras, Tápame contigo, Fray Don Juan, El sinvergüenza y El sátiro.

Compartió pantalla con actrices como Silvia Pinal, Isela Vega, Angélica María, Lorena Velázquez, Irma Lozano, Zulma Faiad, Claudia Islas y Amedée Chabot.

Una de sus películas más recordadas es Modisto de señoras, de 1969. Allí interpretó a D’Maurice, un diseñador que finge ser homosexual para ganarse la confianza de sus clientas mientras secretamente intenta conquistarlas.

Estudios académicos sobre su filmografía señalan precisamente que aquellos filmes reflejaban ideas sobre masculinidad, sexualidad y relaciones entre hombres y mujeres propias del México de los años sesenta y setenta.

Eso también permite entender por qué Garcés resulta interesante como fenómeno cultural.

Su personaje pertenecía a una época de cambios: mujeres con mayor independencia, revolución sexual, nuevas costumbres juveniles y una sociedad mexicana que comenzaba a transformarse.

Su “Don Juan” intentaba conservar la imagen tradicional del conquistador masculino, pero continuamente terminaba atrapado en situaciones donde las propias mujeres lo engañaban, rechazaban o ponían en ridículo.

El chiste muchas veces consistía precisamente en descubrir que aquel hombre que presumía tenerlas “muertas” no controlaba tanto la situación como imaginaba.

Su estilo terminó siendo inconfundible. El Festival Internacional de Cine de Morelia describe la combinación visual que construyó su imagen: bigote cercano al de Clark Gable, cabello abundante y entrecano, elegancia de galán clásico y una voz rasposa que acompañaba perfectamente su personalidad.

A eso Garcés agregó una extraordinaria capacidad para hacer una pausa antes del remate, levantar una ceja, mirar directamente a una mujer y pronunciar una frase completamente absurda, con absoluta seriedad.

De ahí nacieron expresiones que sobrevivieron a las propias películas. “Las traigo muertas”, “Debe ser horrible tenerme y después perderme” y el prolongado “¡Arrooooz!” terminaron incorporándose a la cultura popular mexicana.

Décadas después de su muerte continúan utilizándose para bromear sobre hombres excesivamente seguros de su atractivo.

La Universidad de Guadalajara ha señalado precisamente que sus frases trascendieron el cine y siguieron siendo repetidas por nuevas generaciones.

Su carrera tampoco estuvo limitada al cine. Tuvo presencia importante en televisión con programas como Cita Ponds, posteriormente apareció en La hora de Mauricio Garcés y durante los años ochenta trabajó junto a Manuel “El Loco” Valdés en El show del Loco Valdés.

También desarrolló una importante actividad teatral. El Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura destaca precisamente esa combinación entre cine y televisión dentro de su trayectoria.

Curiosamente, el Mauricio Garcés de la vida real era bastante diferente del conquistador que aparecía en pantalla.

Nunca se casó y quienes lo conocieron lo describieron como un hombre mucho más reservado e incluso tímido de lo que sugería su personaje.

El público terminó fusionando al actor con aquel eterno soltero elegante, aunque buena parte de la arrogancia y el narcisismo de sus películas eran herramientas cómicas cuidadosamente construidas.

También tenía una conocida afición por el juego y las apuestas. Con el paso de los años sus problemas económicos aumentaron y su salud comenzó a deteriorarse.

Fue además un fumador constante durante gran parte de su vida y terminó padeciendo un grave enfisema pulmonar.

A ello se sumaron problemas en uno de sus ojos que requirieron cirugía y dificultades con su voz, especialmente dolorosas para un actor cuyo timbre y manera de hablar eran elementos fundamentales de su personalidad artística.

Su última película fue Mi fantasma y yo, realizada a mediados de los años ochenta. Para entonces se encontraba considerablemente alejado del personaje de Don Juan que lo había llevado a la fama.

Las apariciones públicas se hicieron cada vez menos frecuentes mientras su salud continuaba deteriorándose.

En septiembre de 1986 ocurrió uno de los momentos más emotivos de sus últimos años. Amigos como Lucha Villa, Marco Antonio Muñiz, Silvia Pinal, Ignacio López Tarso, Marga López, Manuel “El Loco” Valdés, Chabelo, Lorena Velázquez y Sergio Corona participaron en un homenaje organizado para él.

Garcés recibió la Medalla Virginia Fábregas de la ANDA y terminó llorando frente a sus compañeros.

Al agradecer, reconoció que no sabía cómo juzgarse como actor, pero que aquella noche había comprobado algo que para él parecía todavía más importante: había sabido ser amigo.

Mauricio Garcés murió el 27 de febrero de 1989 en la Ciudad de México, a los 62 años.

Su salud estaba seriamente afectada por el enfisema pulmonar y su fallecimiento estuvo asociado también con un paro cardíaco.

Fue despedido por compañeros de la Asociación Nacional de Actores y sus restos quedaron en el Panteón Francés, junto a los de su madre.

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