La hombrada de Kirk Gibson


Jueves 13 de agosto de 2026
Esa noche, Kirk Gibson apenas podía caminar para entrar al vestidor de los Dodgers.
Tenía ambas piernas destrozadas: una por una lesión grave en los isquiotibiales y la otra por una rodilla inflamada.
Le dijo al mánager Tommy Lasorda que ya no le quedaban energías. Pero, a pesar de todo, estaba a punto de darlo todo.
Era el 15 de octubre de 1988. El primer partido de la Serie Mundial. El Dodger Stadium rugía, pero Gibson ni siquiera estaba uniformado. Se encontraba en la sala de fisioterapia, aplicándose hielo en ambas piernas y apenas siendo capaz de trotar.
Lasorda no lo presionó; daba por hecho que su mejor bateador había terminado su participación por esa noche.
Gibson estaba sentado a solas, viendo el partido en el televisor del vestuario.
Dennis Eckersley, el mejor cerrador del béisbol, calentaba para lanzar en la novena entrada. Los Dodgers perdían por una carrera.
Entonces, Gibson escuchó la transmisión. Vin Scully comentaba que Gibson ni siquiera estaba en el banquillo y que no estaría disponible para jugar.
Aquello despertó algo en su interior. Se levantó. Agarró un bate. Le pidió al recogebates, Mitch Poole, que llamara a Lasorda.
—Dile que puedo batear.
A Lasorda le costaba creerlo. Aun así, envió a Gibson al círculo de espera.
Cada intento de swing en la jaula de bateo le provocaba una mueca de dolor. Gibson apenas podía impulsarse con la pierna delantera. No podía correr sin cojear.
Mike Davis recibió una base por bolas. Había dos outs. Gibson se enfrentó a Eckersley, el hombre que no había desperdiciado ninguna oportunidad de salvamento como aquella en todo el año.
La cuenta llegó al máximo. Gibson conectó foul tras foul, haciendo muecas de dolor cada vez que giraba la rodilla.
Entonces, Eckersley lanzó un slider que se curvó hacia la zona de strike por fuera (backdoor slider). Gibson logró conectar la pelota lo justo.
La bola superó la barda del jardín derecho. Gibson alzó el puño y recorrió las bases cojeando, como un hombre que intenta escapar de su propio cuerpo.
La narración de Scully se convirtió en leyenda: «En un año tan improbable, ha sucedido lo imposible».
Gibson no volvió a jugar ningún otro partido en esa Serie Mundial. No le hizo falta. Aquel único turno al bate fue toda su postemporada y fue suficiente.
Había hecho la hombrada…

