El cristianismo, la verdadera liberación femenina

Sábado 1 de agosto de 2026

Antes del Cristianismo, las mujeres carecían por completo de poder o capacidad de autodeterminación.
El judaísmo permitía a los padres vender a sus hijas y a los esposos divorciarse de sus esposas por cualquier motivo.
El islam permitía a los padres matar a sus hijas por razones de honor, si estas no cumplían con las normas establecidas, así como casarse con tantas mujeres como pudieran mantener.
El paganismo no ofrecía un panorama mucho mejor para las mujeres: en la mayoría de los casos, no podían votar, poseer tierras ni testificar en procedimientos públicos; incluso se permitía a los padres asesinar a sus hijas recién nacidas si las consideraban una carga innecesaria para la familia (práctica conocida como «exposición», que incluso grandes filósofos como Platón y Aristóteles favorecían).
Ese era el mundo antes de Cristo: las mujeres llevan la letra escarlata de la primera Eva y, con ello, tal como dictaminó la voz divina: «desearás al hombre, mas él te dominará» (Génesis 3:16).
Pero después vino la segunda Eva, María, cuyo vientre dio a luz al Segundo Adán: la Vida encarnada, Cristo Jesús, Señor nuestro.
Y con ello, curó una creación enferma con el pecado: la vergüenza de la primera madre fue suplantada por la fidelidad de la segunda madre y la desobediencia del primer Adán fue superada por la obediencia del segundo Adán.
Y desde entonces, poco a poco—a veces imperceptiblemente, pero con certeza— todo el género humano está sanado y la mujer, que quedó relegada a una mera mercancía del hombre impío, ha venido recuperando su dignidad y completa libertad en Cristo, el hombre perfecto.
Las sociedades cristianas no son perfectas, pero son lo más cerca al cielo que tenemos. Estudia el mundo tal como era antes de que la luz de Cristo civilizara a las naciones y verás algo evidente: mujeres sin dignidad y hombres violentos dominando.
Ahora, Cristo dice al hombre bautizado:
– «Ama a tu esposa, así como Yo he amado a la Iglesia» (Efesios 5:25).
¡Qué gran norma!
En verdad, nada ha elevado —ni elevará jamás— a la raza humana, y en particular al sexo femenino, más que Cristo y su Evangelio.

