LA COMUNIÓN DE JUDAS

Miércoles 22 de julio de 2026

Por Monseñor Jaime Mercant Simó
Judas Iscariote fue elegido por el Señor, sabiendo que lo iba a traicionar. Pese a ello, dicho apóstol gozó de todas las prerrogativas de su apostolicidad: predicó en nombre de Cristo e incluso recibió el poder de obrar milagros.
Asimismo, en la última cena, recibió la plenitud del sacramento del orden y comulgó; así lo estiman muchos teólogos, como santo Tomás de Aquino.
Fue ésta la primera comunión sacrílega de la historia y la primera defección sacerdotal.
Ahora bien, es inevitable preguntarse por qué Cristo eligió al Iscariote. Dicha elección no debería causar extrañeza; también fundó la Iglesia, sabiendo que en ella convivirían, hasta la consumación de los siglos, el trigo y la cizaña, el “mysterium pietatis” y el “mysterium iniquitatis”.
Por esta razón, las “infidelidades” que vemos hoy en la Iglesia, por parte de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica, no son otra cosa que la “actualización” del pecado deicida de Judas, permitido por Cristo desde el origen de la Iglesia.
Debe quedar claro que esta “gran traición” no fue el resultado de un engaño por parte de terceros o de un momento de enajenación transitoria.
La “intención formal” de Judas fue clara y sus actos fueron fríamente calculados. Nadie lo extorsionó ni obligó; es él quien fue a buscar a los príncipes de los sacerdotes.
Esperó, además, la coyuntura oportuna para cometer la traición, la cual fue previamente “negociada” por treinta monedas de plata, equivalentes a 120 denarios, que era el precio que debía darse, según el libro del Éxodo (21,32), al propietario de un esclavo cuando éste moría a causa de la embestida de un buey.
Mientras tanto, las apariencias eran engañosas; Judas, que era además un ladrón, convivía con el resto de los apóstoles y con el Señor, en nombre del cual seguía actuando.
En fin, si queremos aplicar analógicamente dicha prevaricación a nuestros días, debemos tener en cuenta que, para que podamos decir que un miembro de la Iglesia se ha comportado como un Judas, su defección debe haberse producido a semejanza de la de Judas, esto es, atendiendo al sujeto, objeto y medio: producida por un obispo o sacerdote (sujeto); en contra de Cristo y de su Iglesia, que es su cuerpo místico (objeto); y ejecutada por medio de un “beso” (medio).
Esto último no es un detalle menor. Los Judas modernos, miembros de la “Iglesia de la publicidad” —empleando la expresión del padre Meinvielle—, habitualmente aseguran obrar por amor a Cristo, pese a negar a la vez su divina doctrina, bien sea explícita o ambiguamente; así, pues, su traición siempre se consuma con un “beso” de aparente caridad, de la cual suelen, por cierto, presumir “ad nauseam”.
