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Los naturalizados en la selección


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Viernes 26 de junio de 2026

Hay una frase atribuida a Chavela Vargas que dice: “Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana.” Es una frase hermosa, provocadora y hasta necesaria para entender lo que significa ser mexicano.

Pero viendo a la Selección Nacional me surgió otra pregunta.

Hoy varios de sus jugadores no nacieron en México. Uno nació en Estados Unidos, otro en Argentina, otro en Colombia, otro en España… y seguramente vendrán más casos. Todos cumplen con las reglas de FIFA y todos tienen una historia que justifica por qué pueden vestir la camiseta verde.

Y eso me hizo pensar.

Nos quejamos de la conquista española, nos envolvemos en la bandera cada septiembre, convertimos el 5 de mayo en símbolo de resistencia contra Francia, criticamos al “imperio” estadounidense cuando mira hacia el sur. Pero, al mismo tiempo, nuestra cultura es una mezcla permanente: comida, religión, música, lenguaje, costumbres… y ahora también el futbol.

Entonces, ¿qué estamos defendiendo realmente?

¿El lugar donde alguien nació? ¿Un pasaporte? ¿Un árbol genealógico? ¿O una idea?

Quizá la Selección Nacional nos está mostrando algo mucho más profundo que un partido de futbol: que la identidad no siempre depende del acta de nacimiento, sino del relato que decidimos creer.

Porque seamos honestos.

Si mañana los once titulares hubieran nacido fuera de México, pero nos llevaran por primera vez al famoso sexto partido… probablemente gritaríamos el gol exactamente igual.

Pero no estaríamos gritando por el acta de nacimiento.

Entonces, ¿a qué se le grita?

A la pertenencia, no a la sangre.
A la representación, no al lugar de nacimiento.
A la posibilidad de vernos ganar en algo que sentimos perdido desde antes de empezar.

El problema no es que jueguen nacidos fuera. El problema es nuestra hipocresía selectiva: cuando conviene, México es linaje; cuando conviene, México es voluntad; cuando conviene, México es un pasaporte; y cuando conviene, basta con “sentir los colores”.

Si esos extranjeros nos llevaran al famoso sexto partido, probablemente los gritaríamos igual. Después vendrían las explicaciones: que uno ama los tacos, que otro escuchaba a Juan Gabriel, que otro lloró con el himno, que otro tiene una abuela de Michoacán.

Porque quizá no queremos una identidad pura.

Queremos ganar.

Y si gana vestido de verde, ya encontraremos la historia perfecta para explicar por qué, en realidad, siempre fue mexicano.

Y tal vez ahí está la respuesta.

No le gritamos al lugar donde nació quien metió el gol. Le gritamos a la necesidad de creer que la patria, a veces, no es un lugar. Es una emoción de noventa minutos.

Y quizá por eso Chavela tenía razón.

Hay mexicanos que nacen donde les da la chingada gana… y otros que nacen exactamente cuando empieza el partido.

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